La mayoría de los pueblos está rodeada de fronteras.
Canarias, en cambio, está rodeada de horizontes.
Quizá por ello, su identidad no está construida desde la disputa, sino desde la distancia. Desde el mar y el cielo. Y desde la línea que los separa. Desde esa costumbre antigua de divisar lejos y no distinguir entre barrera y oportunidad.
Los canarios aprenden desde pequeños que vivir sobre un territorio desmenuzado no significa división. Las islas no se tocan, es verdad, pero sí se acarician. Cada una conserva su acento, sus silencios y su modo de nombrar la tierra. Y, sin embargo, existe algo común que atraviesa el archipiélago de noreste a suroeste: una forma de estar en el mundo.
Ser canario es vivir entre la permanencia y la partida. Entre la partida y el regreso. Entre el regreso y la espera. Entre la memoria de quienes tuvieron que marcharse y la incertidumbre de quienes sienten que quedarse empieza a convertirse en un lujo.
Los canarios comprenden pronto que la lejanía no es un obstáculo. Ni la proximidad, una ventaja ocasional. Acostumbrados a diferenciar entre lo urgente y lo importante, les otorgan a ambas su justa medida. Como al agua, al viento y a la sombra.
Quizá por ello, sangran cuando las islas se convierten en mercancía o decorado. Cuando empiezan a parecerse demasiado a aquello que nunca fueron, se pierde no solo el paisaje, sino también el significado.
En Canarias, permanecer también es una forma de avanzar. Y conservar, de crecer. Por eso, el horizonte tiene aquí un significado distinto: representa lo que falta por alcanzar y lo que merece ser protegido.
Porque los horizontes no se poseen. Se contemplan. Y las islas están rodeadas de ellos.
Feliz Día de Canarias.
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