En uno de los julios más calurosos del último siglo, en España permanecimos en vilo por los diferentes incendios que azotan la Península Ibérica. Escasas horas más tarde de que nuestras autoridades y voluntarios controlasen las llamas en Madrid, Toledo y León, España vuelve a arder.
El 30 de julio, asistimos a otro episodio duro de asimilar con el cruce de la frontera ceutí por miles de jóvenes marroquíes. Las imágenes de los flotadores en la orilla, de los niños en brazos de sus padres o de los cánticos de alegría no eclipsan el goteo incesante de fallecidos. Y en las redes sociales, en los chats o en las conversaciones ya olvidamos el telón de fondo. Hablar de incendios sin hablar de cambio climático es como hablar de estos jóvenes sin hablar de políticas migratorias. Detrás de cada episodio hay un telón de fondo.
El aumento sostenido de las temperaturas y la mayor frecuencia de olas de calor están reduciendo la humedad del suelo y de la vegetación de forma estructural. Cada verano ofrece más jornadas con condiciones meteorológicas favorables para grandes incendios. De la misma manera, los acuerdos con terceros países para la gestión del flujo migratorio solo generan rutas más clandestinas, violencia y vulneración de derechos humanos. Lo vemos en Canarias, en la valla de Melilla y hoy en la frontera de Ceuta con Fnideq, donde casi 40 mil personas nadan a la desesperada para llegar a tierra firme.
En el juego de la externalización de fronteras a terceros países, ¿qué pasa cuando uno de estos Estados decide que este dinero ya no es suficiente? El Gobierno de Marruecos ha utilizado en numerosas ocasiones a sus vulnerables jóvenes. Son ellos y sus familias los que se han manifestado por la falta de oportunidades, los que sufren la represión de sus dirigentes, las consecuencias del cambio climático en sus costas y también los que deben asumir la responsabilidad económica de sus familias. Hoy llegan a nuestras costas o fronteras en busca de oportunidades.
Europa y España no pueden ser cómplices de estas llamas. Sabemos que el control y la persecución no son la solución. Sabemos que no hay crisis migratoria sino crisis política. Libia, Marruecos o Turquía seguirán abriendo fronteras cuando haya un interés mayor y con ello seguirán muriendo personas que son víctimas de un fenómeno estructural.
Y mientras eso pasa, nuestro país se rompe y las llamas se abren paso en la opinión pública. Se incrementa el odio, se deshumaniza e incluso se persigue a personas que llegan exhaustas a nuestras costas. Qué doloroso es ver un país en llamas, y qué doloroso que lo hagan tan deprisa.
Samuel Núñez González, sociólogo e investigador en la Ruta Canaria.
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