Hoy he muerto. O tal vez ayer. En realidad, no sé cuánto tiempo llevo fallecido. Solo sé que hace tiempo que la vida se siente pesada, dolorosa. En ocasiones escucho llantos. Otras veces escucho a personas pensar que soy egoísta. Y así, un sinfín de cosas más.
Pero, en realidad, ya había muerto antes.
No fue una muerte repentina. No hubo una llamada, una ambulancia ni una esquela. Nadie tuvo que reconocer mi cuerpo.
Simplemente fui desapareciendo.
Primero dejé de tener ganas de algunas cosas. Después dejé de hablar de otras. Aprendí a responder «estoy bien» incluso cuando no lo estaba. Aprendí a sonreír para que nadie hiciera demasiadas preguntas.
Y quizá ese sea uno de los problemas: que algunas personas aprendemos demasiado bien a parecer vivas.
Por fuera seguimos trabajando, estudiando, saliendo con nuestros amigos, haciendo bromas, subiendo fotografías a las redes sociales.
Por dentro, sin embargo, llevamos tiempo despidiéndonos.
Y nadie se da cuenta.
Porque no siempre existe una señal evidente. No siempre hay una persona llorando en una esquina o diciendo que no quiere continuar. A veces la señal es alguien que deja de contestar mensajes. Alguien que empieza a aislarse. Alguien que abandona aquello que antes le hacía feliz. Alguien que repite constantemente que molesta, que sobra, que los demás estarían mejor sin él.
Y otras veces la señal somos nosotros mismos diciendo:
«No quiero preocupar a nadie».
«Ya se me pasará».
«Hay gente que está peor».
«No tengo motivos para sentirme así».
Como si para pedir ayuda necesitáramos demostrar que nuestro dolor merece existir. Pero el dolor no funciona así.
No hace falta tener una vida terrible para estar sufriendo.
Y tampoco hace falta estar a punto de morir para merecer ayuda.
Quizá uno de los mayores errores que cometemos cuando hablamos de suicidio es hablar únicamente del final.
De la persona que ya no está.
De la familia que se queda preguntándose qué pudo haber hecho.
De ese «si lo hubiera sabido» que llega demasiado tarde.
Pero la prevención ocurre antes.
O debería ocurrir antes.
Ocurre cuando preguntamos de verdad cómo está alguien y no aceptamos automáticamente un «bien» como respuesta.
Ocurre cuando dejamos de considerar exagerada a una persona que lleva demasiado tiempo diciendo que no puede más.
Ocurre cuando entendemos que preguntar directamente si alguien está pensando en suicidarse no «mete ideas en la cabeza». A veces simplemente abre una puerta que esa persona llevaba mucho tiempo buscando.
Y ocurre también cuando dejamos de juzgar.
Porque quizá una persona no quiera realmente morir.
Quizá quiera que termine aquello que le está haciendo sufrir.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
No significa que debamos minimizar el riesgo. Al contrario. Significa que debemos escuchar antes de que el sufrimiento se convierta en una despedida.
A veces salvar una vida no parece algo extraordinario.
Puede ser sentarse al lado de alguien.
Contestar una llamada.
Preguntar dos veces.
Acompañarlo a pedir ayuda.
Decir «no tienes que pasar por esto tú solo».
O simplemente quedarse.
Yo escribo esto desde la metáfora de alguien que ya ha muerto porque creo que hay demasiadas personas caminando por ahí sintiéndose exactamente así.
Muertas por dentro.
Agotadas.
Convencidas de que ya no tienen nada que aportar.
Y, sin embargo, siguen aquí.
Quizá esa sea la parte que más olvidamos.
Que mientras una persona siga aquí, la historia todavía no ha terminado. No estoy diciendo que todo se arregle hablando.
No estoy diciendo que una conversación cure una depresión, una ruptura, un trauma o años de sufrimiento.
Ojalá fuera tan sencillo.
Lo que digo es que una conversación puede ser el principio.
Pedir ayuda puede ser el principio.
Que alguien te escuche sin juzgar puede ser el principio.
Y quizá vivir no consista siempre en tener ganas de vivir.
A veces vivir consiste simplemente en aguantar hoy.
Y mañana volver a intentarlo.
Una vez más.
Y otra.
Hasta que aquello que parecía imposible empieza a ser un poco menos imposible. Por eso hoy he muerto.
O tal vez ayer.
Pero hay un pequeño problema con mi muerte: sigo aquí.
Todavía puedo escribir estas palabras.
Todavía puedo tachar una frase y escribir otra.
Todavía puedo cambiar el final.
Y mientras pueda cambiar el final, quizá no esté muerto.
Quizá solo necesitaba que alguien me recordara que todavía quedaban páginas.
Si tú estás pasando por algo parecido, no esperes a estar al límite para pedir ayuda. Hablar con alguien de confianza, acudir a un profesional o contactar con los servicios de ayuda puede ser ese primer paso.
En España, el 024 ofrece atención a personas con pensamientos o riesgo de conducta suicida y a sus familiares y allegados. Si existe un peligro inmediato, llama al 112.
Porque quizá prevenir el suicidio empiece por algo tan sencillo —y tan difícil— como aprender a mirar a alguien a los ojos y preguntarle:
«¿De verdad estás bien?»
Y quedarse para escuchar la respuesta.
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