Hay titulares que nacen en un teléfono móvil y terminan planteando preguntas que una isla lleva años intentando responder. Uno de ellos acaba de llegar desde Reino Unido: un creador de contenido británico, Max Jeffery, sostiene que sus compatriotas han “arruinado y destruido por completo” determinados destinos españoles y coloca a Lanzarote en segundo lugar, asegurando que quien llega a la Isla puede encontrarse con una auténtica “oleada” de británicos bebiendo y completamente borrachos.
La frase es contundente, quizá demasiado para dejarla pasar como una simple ocurrencia de TikTok, pero también demasiado contundente para aceptarla como diagnóstico de una isla de 846 kilómetros cuadrados y más de 166.000 residentes. La pregunta, por tanto, no debería ser si nos gusta o nos molesta lo que dice Jeffery, sino qué parte de su afirmación puede sostenerse cuando se enfrenta con los datos de Lanzarote. Y aquí empieza la contradicción.
Sí: hay muchísimos británicos en Lanzarote
En una cosa el influencer no exagera: el visitante británico es omnipresente en Lanzarote. En 2025 llegaron a la Isla 1.759.291 turistas procedentes del Reino Unido, sobre un total de 3.455.201 visitantes, lo que significa que aproximadamente uno de cada dos turistas llegó desde Inglaterra, Escocia, Gales o Irlanda del Norte. El mercado británico representó el 50,8% del turismo de Lanzarote y alcanzó un máximo histórico.
Los datos de 2026 mantienen esa extraordinaria presencia. Entre enero y julio llegaron a Lanzarote y La Graciosa más de 1,04 millones de viajeros procedentes del Reino Unido, más del 52% de las entradas contabilizadas durante ese periodo.
Por tanto, cuando Jeffery dice que hay británicos “por absolutamente todos lados”, existe una parte objetiva detrás de su percepción: el mercado británico no es una pequeña parte del turismo lanzaroteño, sino, con enorme diferencia, el principal mercado emisor. Pero una cosa es estar en todas partes porque se representa a más de la mitad de los visitantes y otra muy distinta es que todos esos visitantes respondan al comportamiento que describe el influencer. Ahí los datos empiezan a separarse de TikTok.
No: los datos no dicen que Lanzarote haya sido “destruida”
Si Lanzarote estuviera “destruida” por el turismo británico, habría que encontrar algún indicador capaz de demostrarlo, pero no existe, al menos entre las estadísticas oficiales disponibles, un indicador que permita afirmar que los británicos han destruido la Isla.
Tampoco existe una estadística oficial que permita determinar qué porcentaje de las infracciones, residuos, problemas de convivencia, deterioro ambiental o conflictos turísticos corresponde a turistas británicos. Esta ausencia es importante porque no se puede convertir una impresión personal en una estadística y después utilizar esa estadística inexistente para explicar una realidad insular compleja.
Lo que sí sabemos es que Lanzarote recibió en 2025 una cifra récord de 3,45 millones de turistas y que la presión humana media alcanzó unas 249.095 personas, de las que 166.878 eran residentes y 82.217 turistas presentes diariamente, según la estimación del Centro de Datos de Lanzarote. La presión existe, el debate sobre el modelo turístico existe y los problemas de vivienda, movilidad, residuos, agua y territorio también existen, pero de ahí no se desprende que el responsable sea “el británico”.
Hay un dato que resulta especialmente incómodo para la teoría
Existe una estadística que difícilmente encaja con la idea de que el visitante británico, en conjunto, haya dejado de valorar Lanzarote. En 2024, los turistas británicos que visitaron Lanzarote otorgaron a su experiencia una valoración media de 8,96 sobre 10, mientras que el 41,7% afirmó que su experiencia había sido mejor o mucho mejor de lo esperado y solamente el 1,8% señaló que había sido peor o mucho peor.
Pero hay un dato todavía más significativo: el 83,1% de los turistas británicos que visitaron Lanzarote eran repetidores y el 29,8% podía considerarse dentro del grupo que había visitado Canarias al menos diez veces. Eso no demuestra que todos los británicos sean turistas ejemplares, pero sí dificulta seriamente sostener que la relación entre el visitante británico y Lanzarote pueda resumirse en alcohol, borracheras y destrucción. Una isla no consigue que ocho de cada diez visitantes británicos regresen si la totalidad de su experiencia está asociada a un destino supuestamente arruinado.
Entonces, ¿está equivocado Max Jeffery?
No necesariamente en todo. Puede estar describiendo algo que ha visto personalmente y puede haber zonas y momentos de Lanzarote donde determinados grupos de turistas británicos mantengan comportamientos incívicos. Puede existir consumo excesivo de alcohol, turismo de fiesta y establecimientos, calles y núcleos turísticos donde la imagen de Lanzarote que recibe un visitante sea radicalmente distinta de la que percibe quien vive en Haría, Tinajo, San Bartolomé o cualquier otro lugar alejado de esos espacios.
Y sería un error negar esa realidad simplemente porque resulte incómoda. Pero también sería un error convertir “hay comportamientos incívicos de determinados turistas” en “los británicos han destruido Lanzarote”, porque son dos afirmaciones completamente diferentes.
Porque el verdadero problema no tiene nacionalidad
Aquí es donde quizá conviene darle la vuelta a la polémica. Lanzarote tiene un problema de presión turística y los propios datos insulares lo muestran.
En 2025 se generaron 95.582,5 toneladas de residuos domésticos, por encima de las 93.322 toneladas de 2024, y los principales volúmenes se concentraron precisamente en municipios donde existe una fuerte actividad turística, como Yaiza y Tías.
La Isla también afronta una fuerte presión residencial. El precio de la vivienda alcanzó en 2025 los 2.894 euros por metro cuadrado, según el balance de Lanzarote en Cifras.
Y el fenómeno de las viviendas vacacionales tampoco puede explicarse hablando exclusivamente de turistas británicos: en mayo de 2025 Lanzarote contaba con 7.925 viviendas vacacionales registradas, un 67% más que cuatro años antes, aunque posteriormente el número se redujo hasta 7.313 al cierre de 2025.
¿Son responsables de todo eso los británicos? No. Son parte de la demanda turística, pero la decisión de cuánto turismo recibe Lanzarote, dónde se aloja, cómo se ordena el territorio, cuántas viviendas se destinan al alquiler turístico, cómo se gestionan los residuos, qué transporte se ofrece y qué controles existen no la toman los turistas. La toman las administraciones, las empresas, los propietarios y, en último término, una sociedad que durante décadas ha construido su economía alrededor del turismo.
Y aquí aparece una paradoja
El mismo turista británico que Jeffery presenta como parte del problema es también uno de los pilares económicos del destino. Lanzarote cerró 2025 con el mayor gasto turístico medio por persona y día de Canarias: 184 euros.
El mercado británico sostiene hoteles, apartamentos, restaurantes, comercios, excursiones, alquiler de vehículos, ocio y una enorme cantidad de empleos directos e indirectos, pero eso no convierte al turista británico en imprescindible ni significa que haya que aceptar cualquier comportamiento.
Significa algo mucho más sencillo: Lanzarote ha elegido durante décadas un modelo turístico en el que el visitante británico ocupa un lugar central y no parece razonable invitar a millones de personas, construir una economía alrededor de ellas y después descubrir que algunas de sus conductas no nos gustan.
El debate que realmente debería abrir el vídeo
Quizá la pregunta no sea si los británicos han destruido Lanzarote, sino qué tipo de turista queremos, qué tipo de turismo estamos dispuestos a soportar y qué límites estamos preparados para establecer.
Porque si un visitante se emborracha, ensucia una calle, molesta a los residentes o comete una infracción, debe responder por su comportamiento, sea británico, español, irlandés, alemán, italiano o lanzaroteño. La nacionalidad no debería convertirse en una categoría de comportamiento.
Y tampoco deberíamos caer en el extremo contrario: negar que determinados comportamientos existen porque una parte fundamental de la economía insular dependa de quienes los protagonizan.
Lanzarote no está destruida. Pero tampoco está intacta.
Probablemente esa sea la conclusión más incómoda. Max Jeffery utiliza una expresión diseñada para las redes sociales: “han destruido Lanzarote por completo”, pero los datos no permiten llegar tan lejos.
Tampoco permiten responder que todo funciona perfectamente. Lanzarote ha alcanzado cifras turísticas históricas, la presión humana es elevada, la vivienda soporta una fuerte tensión, los residuos han aumentado y el territorio, el agua y las infraestructuras soportan una demanda extraordinaria.
Todo eso es real. Lo que no está demostrado es que esa presión tenga nacionalidad británica.
Y quizá esa sea precisamente la parte más interesante de esta polémica, porque resulta muy sencillo señalar al turista que llega con una cerveza en la mano y bastante más difícil mirar al espejo y preguntarse quién decidió que Lanzarote podía recibir 3,45 millones de turistas al año, quién diseñó las infraestructuras para soportarlos, quién permitió determinados usos turísticos del territorio y quién tiene ahora que decidir hasta dónde puede crecer la Isla.
El británico de vacaciones puede ser parte del problema cuando se comporta de forma incívica, pero no es el autor del modelo turístico de Lanzarote.
Ese modelo lo hemos construido nosotros.
Y si realmente creemos que hay algo que corregir, quizá haya llegado el momento de discutirlo con algo más sólido que un ranking de TikTok: con datos, con límites y con responsabilidad.
Porque Lanzarote no necesita decidir si quiere a los británicos. Necesita decidir qué turismo quiere para sí misma.
Fuentes principales
La Voz de Lanzarote: información original sobre las declaraciones de Max Jeffery.
Centro de Datos de Lanzarote / Cabildo de Lanzarote: cifras de turistas, mercados emisores, presión humana, residuos, vivienda y gasto turístico.
PROMOTUR / Gobierno de Canarias: perfil, satisfacción y fidelidad del turista británico en Lanzarote.
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