Durante demasiado tiempo, hablar como hablamos los canarios fue motivo de burla. Nuestro acento se calificó de tosco, nuestras palabras se confundieron con errores y, para muchos, sonar canario era sinónimo de poca formación. No era raro que actores, periodistas o presentadores nacidos en las islas sintieran la necesidad de neutralizar su forma de hablar para ser tomados en serio. Como si dejar parte de su identidad fuera el precio que había que pagar por una oportunidad.
Por suerte, los tiempos cambian.
En los últimos años hemos visto cómo la música urbana ha contribuido a derribar muchos de esos prejuicios. Miles de jóvenes de toda España cantan expresiones canarias con total naturalidad, mientras artistas de nuestras islas hablan sin esconder su acento. Lo que antes era motivo de complejos, hoy empieza a ser motivo de orgullo.
Por eso la aprobación unánime de una moción para promover el habla canaria llega en un momento importante. Porque no se trata solo de proteger un puñado de palabras o expresiones. Se trata de reconocer que nuestra forma de hablar también cuenta nuestra historia. En cada "guagua", en cada "fisco", en cada "enyesque" o "machango" hay siglos de influencias, de mestizaje y de una manera única de entender el mundo.
Quizá el mayor logro no sea que en la Península se escuche cada vez más el habla canaria. Quizá el verdadero logro sea que los propios canarios hayamos dejado de sentir la necesidad de esconderla. Porque una lengua, o un dialecto, no solo sirve para comunicarnos. También nos recuerda quiénes somos.
Y cuando un pueblo deja de avergonzarse de su forma de hablar, empieza también a sentirse orgulloso de su historia.
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