La fontanería del poder

A las puertas de un nuevo ciclo electoral, las sedes de los partidos políticos vuelven a activar una de sus maquinarias más complejas y, paradójicamente, menos transparentes: la confección de las candidaturas. Sobre el papel, este proceso debería ser el gran escaparate de la democracia, el momento en el que las formaciones políticas compiten por presentar a los mejores perfiles, profesionales brillantes y referentes sociales capaces de transformar la comunidad. La realidad, sin embargo, discurre por un camino radicalmente opuesto. Asistimos, comicios tras comicios, a una preocupante incapacidad de los partidos para atraer a ciudadanos legitimados por su experiencia, conocimiento y honestidad.

La pregunta es obligada: ¿por qué la gente verdaderamente formada y con una trayectoria intachable no muestra el más mínimo interés por entrar en la política institucional?. El problema no es la apatía de los ciudadanos, sino las reglas ocultas de los partidos. Para un profesional que ha trabajado años por su prestigio, meterse en la política actual es una trampa llena de riesgos. Implica someterse a una exposición pública despiadada, donde el debate de ideas ha sido sustituido por el ataque personal y la polarización extrema. Pero, por encima de todo, el verdadero freno es organizativo. Los partidos no buscan mentes críticas, buscan soldados de filas.

Aquí es donde se activa el mecanismo de control de las cúpulas partidistas. Las listas electorales no se diseñan bajo criterios de meritocracia o representatividad social, sino de estricta supervivencia interna. El sistema de listas cerradas y bloqueadas funciona como un blindaje perfecto. Permite a los secretarios de organización y a los comités de listas premiar la fidelidad ciega sobre la competencia. Quien disiente, quien aporta una visión técnica independiente o quien cuestiona el dogma de la dirección, es relegado o directamente expulsado de los puestos de salida. Para mantener el control del aparato y garantizar la disciplina de voto posterior, las direcciones prefieren rodearse de perfiles grises, fontaneros de partido cuya única experiencia laboral conocida es la propia estructura de la organización.

Este ecosistema genera un evidente efecto de filtro inverso o selección adversa. El talento huye porque sabe que en la política actual la mediocridad cotiza al alza si va acompañada de sumisión. 

Las consecuencias de esta endogamia son demoledoras para la calidad democrática. Al desconectarse de la realidad profesional y civil, los partidos políticos sufren una alarmante crisis de legitimidad. Las instituciones se vacían de solvencia técnica justo cuando los retos globales y locales exigen una mayor finura legislativa y de gestión.

Es justo reconocer que, de manera residual, existen excepciones que confirman la regla. En ocasiones, la necesidad imperiosa de ganar centralidad o de recuperar un feudo electoral clave obliga a las direcciones de los partidos a incorporar perfiles independientes o profesionales de prestigio incuestionable. Sin embargo, estas excepciones suelen responder más a una estrategia de marketing electoral (la necesidad de un "fichaje estrella" para lavar la imagen de la sigla) que a un deseo real de renovación interna. Estos perfiles periféricos pronto descubren las costuras del sistema: o se adaptan a la inercia del aparato sacrificando su criterio propio, o terminan por abandonar la política institucional frustrados por la asfixia burocrática y el arrinconamiento al que los someten las dinámicas de partido. 

El margen de maniobra de un verso suelto es ínfimo en un engranaje diseñado exclusivamente para la homogeneidad. Si los partidos políticos continúan comportándose como agencias de colocación de sus propios cuadros en lugar de como canales de transmisión del talento ciudadano, la brecha entre gobernantes y gobernados seguirá ensanchándose. 

Se cumple así la vieja advertencia de Platón: cuando la gente honesta y capaz se aparta de la política, el gobierno cae en manos de la mediocridad.

 

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