Opinión

El Evangelio que algunos prefieren no leer

«Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano».

La frase del papa León XIV tiene algo fascinante: no contiene ninguna novedad. No es revolucionaria. No es radical. Es, sencillamente, cristianismo básico.

Sin embargo, ha bastado una sola frase para provocar incomodidad en determinados sectores políticos que llevan años presentándose como los únicos defensores legítimos de los valores cristianos.

Porque cuando el Papa recuerda que la fe no puede separarse de la dignidad humana, algunos reaccionan como si les hubieran cambiado las reglas del juego a mitad de la partida.

Jesús no dedicó su vida a proteger privilegios. Jesús no puso a los ricos como ejemplo moral. Jesús no señaló a los extranjeros como enemigos. Todo lo contrario.

Se acercó a quienes nadie quería cerca. Defendió a quienes nadie defendía. Y cuestionó a quienes utilizaban la religión para sentirse superiores al resto.

Por eso resulta tan llamativo observar cómo parte de la derecha actual invoca constantemente las raíces cristianas mientras parece sentirse profundamente incómoda con el contenido de los Evangelios.

Porque el problema no es el cristianismo. El problema es Cristo.

Cristo habla demasiado de pobres, de compasión, de solidaridad y de compartir. Y ahí aparece una de las frases más devastadoras de toda la tradición cristiana:

“Pasará antes un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos”.

No lo dijo un líder sindical. No lo dijo un activista de izquierdas. Lo dijo Jesucristo.

Cada vez tengo más la sensación de que algunos dirigentes políticos han sustituido los Evangelios por los telepredicadores. Mucho ruido. Mucha bandera. Mucha indignación. Y muy poca misericordia.

En Canarias hemos tenido ejemplos de sobra de cómo el miedo se utiliza como herramienta política. Lo vimos durante la polémica del crucero afectado por hantavirus, donde algunos responsables parecían más interesados en alimentar la alarma que en transmitir serenidad y responsabilidad.

Por eso las palabras de León XIV son tan incómodas. Porque obligan a preguntarse algo muy sencillo:

Si Jesús apareciera hoy caminando por nuestras calles, defendiendo a los pobres, compartiendo mesa con inmigrantes, denunciando abusos de poder y recordando que la riqueza no mide el valor humano, ¿quién estaría realmente a su lado?

La fe no se demuestra golpeándose el pecho ni envolviéndose en una bandera. Se demuestra en la forma en que tratamos al pobre, al trabajador, al enfermo, al extranjero y al hermano.

Y cuando el Papa dice que nadie puede arrodillarse ante el Señor mientras desprecia al hermano, no está lanzando una consigna progresista.

Está recordando el Evangelio.

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