La política actual adolece con frecuencia de un exceso de cálculo y falta de memoria. En Lanzarote, un territorio cuya fragilidad geográfica corre pareja a su codicia desarrollista, la nostalgia suele ser un refugio cómodo para evitar tomar decisiones incómodas. Sin embargo, cuando se invoca la figura de Enrique Pérez Parrilla, no se hace desde el recuerdo melancólico del pasado, sino desde una urgente necesidad de presente. Reivindicar su legado hoy no es un ejercicio de arqueología política. Es la constatación de que echar de menos la audacia institucional.
Quienes compartieron trinchera con Pérez Parrilla, o quienes recogen su testigo ideológico en la defensa de la sostenibilidad, coinciden en un diagnóstico claro: la valentía para poner límites se ha diluido en el discurso políticamente correcto.
Durante sus años al frente del Cabildo y del Ayuntamiento de Arrecife, el histórico dirigente socialista demostró que gobernar un espacio tan singular como esta isla implicaba asumir costes personales y políticos. No le tembló el pulso a la hora de enfrentarse a gigantes del ladrillo ni de decretar la contención del crecimiento hotelero cuando la inercia económica empujaba en sentido contrario.
Aquella fue una época de moratorias, de batallas judiciales por la legalidad urbanística y de una visión nítida de lo que debía ser el futuro insular.
La realidad de Lanzarote hoy dista mucho de aquel horizonte de equilibrio. La isla se encuentra atrapada en una crisis habitacional, social y de infraestructuras, provocada por una inercia que confunde el éxito turístico con el volumen de camas.
El auge descontrolado de la vivienda vacacional está expulsando a la población local de sus barrios, mientras la presión sobre los servicios públicos del agua, la energía y la gestión de residuos roza el desastre.
Los debates actuales sobre la masificación y la capacidad de carga insular no hacen más que dar la razón, con décadas de retraso, a las tesis que Pérez Parrilla defendió en su momento.
El problema no es la falta de análisis y estudios. La ciudadanía y los colectivos sociales llevan tiempo señalando las costuras rotas del modelo. Lo que escasea es la determinación ejecutiva.
El verdadero espíritu de Enrique Pérez consiste precisamente en romper con el inmovilismo y entender que el territorio tiene límites físicos que no admiten más prórrogas. Para ordenar el futuro de la isla, no bastan los foros de debate ni los planes estratégicos que terminan aprisionados en un cajón. Se necesita la firmeza regulatoria que caracterizó al expresidente. El homenaje más honesto que se le puede rendir a su memoria no se encuentra en los bustos conmemorativos, sino en la acción legislativa y municipal diaria.
Lanzarote necesita líderes dispuestos a asumir la erosión de decir no al desarrollismo insostenible y apostar por la calidad de vida de sus residentes. El futuro del modelo insular depende de recuperar esa valentía política que un día demostró que era posible gobernar a favor de la tierra y en contra de los intereses de unos pocos.
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