Esas verdades a medias

No existe mentira más maliciosa que una verdad a medias. Al vestirse con los ropajes de lo irreprochable, se vuelve incontestable. Desgraciadamente, esta máxima se ha transformado en la hoja de ruta de la gestión pública actual.                                                 

Vivimos en una isla anestesiada por titulares grandilocuentes y triunfalismos de despacho que estallan en mil pedazos al contrastarse con la realidad de la calle. Nos saturan con propaganda institucional mientras el día a día de los residentes se resquebraja entre la desidia y el colapso.                                             

Las comparecencias oficiales se llenan de orgullo al exhibir cifras récord de visitantes, incrementos del gasto en destino y balances históricos en los Centros de Arte, Cultura y Turismo.        Esa es su verdad calculada, su estadística de escaparate. La otra mitad, la que se silencia con un descaro insultante, es que ese caudal de millones pasa de largo por los barrios de Arrecife y los pueblos de la isla, dejando a su paso el desgaste ecológico, social e infraestructural.                                                         

La verdad integral es que sufrimos una crisis habitacional salvaje, con alquileres prohibitivos que expulsan a las nuevas generaciones, una cesta de la compra asfixiante y una red de carreteras permanentemente saturada.                   

Sostener que la isla progresa simplemente porque está llena representa una burla al ciudadano, que asiste a un retroceso flagrante de su calidad de vida mientras los beneficios se concentran en unas pocas manos.                                                                       

Esta política de la distracción roza lo impúdico al abordar el verdadero drama insular: el agua. Las ruedas de prensa que anuncian inversiones millonarias se suceden con el único fin de capturar la foto del apretón de manos. Pero las notas oficiales no mitigan la sed. La realidad es testaruda: las interrupciones en el suministro doméstico no responden a averías puntuales, sino a una rutina inadmisible para una sociedad que se pretende moderna.                                         

Resulta indignante que la inacción institucional pretenda escudarse en el laberinto burocrático, utilizando los plazos administrativos como parapeto para camuflar la falta de previsión.          Lanzarote cotiza a la baja en decencia política. Se gobierna a golpe de titular efectista y se ejerce la oposición mediante comunicados incendiarios, arrastrando el debate público a un lodazal estéril donde la pretensión de desacreditar ha sustituido por completo a la gestión.                                             

No queda mucho de aquella isla modelo que abanderaba el equilibrio territorial hacia un territorio desbocado, tutelado por políticos cortoplacistas que confunden el desarrollo con la masificación y el progreso con la mera recaudación fiscal.                           

Una sociedad madura no puede seguir comulgando con ruedas de molino ni tolerar que se maquillen las carencias con notas de prensa precocinadas.

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