En España se legalizó el Partido Comunista (PCE) el 9 de abril de 1977, pero mucha gente adulta de hoy parece no saberlo.
Los comunistas no tienen cuernos ni rabo, no van por ahí comiéndose a los niños ni dejan tras de sí un reguero de desaparecidos en fosas comunes. El PCE no pone en duda el sistema político del Estado, porque para ser legalizados tuvieron que aceptar la monarquía parlamentaria y reconocer como bandera la impuesta por Franco, como se sigue haciendo en España. Sin embargo, la ultraderecha insulta o desprecia a partidos que aceptan la Constitución, renegando de la propia Carta Magna, y no pasa nada.
Lo más grave no es que algunos medios o portavoces de la derecha sigan demonizando el comunismo, sino que todavía haya quien lo escuche sin preguntarse qué le están contando.
Quienes reciben estos mensajes son testigos de las brutalidades y genocidios de la derecha capitalista internacional, que parece ser el origen del mensaje anticomunista, y no pasan de hacer algún triste comentario. Al mismo tiempo, cuando ven que la izquierda se moviliza contra esa derecha internacional y sus asesinatos, se levantan y la señalan como «comunista», llenándose la boca de la palabra, como si fuese una descalificación, sin miedo a que un diccionario de la Real Academia Española se les aparezca por las noches.
La derecha tampoco pierde la sonrisa cuando amenaza con acabar con las pensiones, las ayudas sociales o la Seguridad Social, un sistema que llevó al Estado a tener una de las esperanzas de vida más altas del mundo. Para ellos se deben pasar por alto los fallecidos durante la pandemia por su política neoliberal o capitalista, que reduce la Seguridad Social a cenizas poco a poco, como ocurrió con las 7.291 personas de residencias a las que se negó atención médica en el Madrid de Ayuso. El mismo Madrid que asesinó a Maricarmen Abascal y a no se sabe cuántas personas anónimas más con su política liberal.
Conocer la Constitución o respetar la diversidad tampoco entrará en nuevas pruebas para medir el analfabetismo; eso son cosas de rojos o estudiantes de nivel oposición. El resto no debe esforzarse tanto.
Además, saber demasiado hace peligrar el voto de los trabajadores a los ricos que representa la derecha. La misma derecha que atenta contra los derechos o posibles beneficios de los más débiles de la sociedad cada vez que abre la boca.
Las próximas elecciones no son solo un duelo de partidos; también se enfrentan la ignorancia y el sentido común.
Personalmente, desde mi ignorancia, tengo esperanza de que se imponga el sentido común.
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