El cáncer y el punto cero

Isabel Lusarreta


Dicen las estadísticas que en unos años, una de cada tres personas padecerá cáncer. También dicen las estadísticas que esa enfermedad, en España, es la segunda causa de muerte, después las afecciones de corazón. Otras estadísticas, bastante más optimistas, señalan que hoy día, mucha gente sobrevive al cáncer. Consigue ganar la batalla y seguir adelante. Pero para eso hace falta tener buenos médicos, buenos medios y, sobre todo, muchas ganas, coraje y apoyo.

Decía una mujer, una de esas mujeres del campo que a veces parecen iluminadas por una sabiduría superior, que en ocasiones la vida se convierte en esa línea que muestran los libros de matemáticas. Ésa línea que sitúa el cero en el centro, y a derecha e izquierda, los números avanzando en positivo y en negativo, hasta el infinito. Y el cero, según ella, era casi tanto como la resignación. No estar hundido ni deprimido, pero tampoco con el coraje suficiente para luchar. Decía que no hay que tener miedo a crearse falsas esperanzas, ni a sufrir decepciones. Que si avanzas hasta la casilla del más diez, o del más cien, por más que caigas, siempre seguirás en el lado de los números positivos. Sin embargo, si estás en el cero, por más cómodo y seguro que pueda parecer, cualquier leve caída te hundirá en el lado negativo de la tabla.

El reto es complicado, sobre todo cuando alguien afronta una enfermedad como el cáncer, pero precisamente en esa circunstancia se hace más necesario que nunca aplicar esta teoría. Sobre todo porque hay un gran componente de lucha contra lo desconocido, ya que es mucho lo que aún se ignora sobre esta enfermedad, y hay estudios que apuntan a que el estado anímico, la ilusión y las ganas juegan un papel esencial. Y para conseguir eso, vale todo.

Vale que los pacientes de cáncer tengan cerca a los seres queridos. Vale un fármaco que alivie determinados dolores y les permita llevar mejor el día a día. Vale que el día en el que deben acudir a la revisión médica (en muchos casos semanal), no tengan que estar una o dos horas a las puertas de la consulta. Vale que la sala en la que se les aplicará la quimioterapia sea agradable (una experiencia que por cierto ya se ha puesto en práctica con buenos resultados en algunos hospitales, que detectaron que buscar alternativas al blanco de las paredes y poner algunos cuadros ayudaba a los pacientes). Y por supuesto, vale que no tengan que coger un avión para acudir a una sesión de radioterapia. Vale que puedan ir acompañados, y que cuando inmediatamente regresen a casa, les espere su cama, su comida y el resto de su familia. Vale todo lo que haga que la vida les resulte más fácil y más agradable.

Lo que no vale es que su médico, el único oncólogo que hay en Lanzarote, atienda a varios cientos de pacientes. Lo que no vale es que tengan que desplazarse hasta Gran Canaria cada vez que hay que aplicar determinados tratamientos, porque en su isla no se han invertido recursos como para poder hacerlo aquí. Lo que no vale es que en algunos casos hasta sientan asfixia económica, porque el dinero que otorga el Gobierno de Canarias es más que insuficiente para cubrir los gastos de desplazamiento y estancia del paciente y de algún familiar. Lo que no vale es que la Administración, en lugar de ayudarles con todos sus recursos para que la adversidad no sea tan adversa, les complique aún más la vida.

Y menos aún valen las promesas y las excusas, porque ni unas ni otras deberían existir cuando hablamos de la salud y de la vida de la gente. Ni se debió decir hace meses que se iba a habilitar de forma inminente la Casa del Marino en Las Palmas para albergar a los pacientes y familiares que tuvieran que desplazarse allí, cuando aún no ha podido cumplirse, ni se debe seguir afirmando que todos los problemas de la sanidad en Lanzarote pasan por la falta de especialistas en toda España.

Es cierto que el número de médicos es escaso, pero también es cierto que se siguen abriendo clínicas privadas en este país (incluso especializadas en oncología), y que médicos españoles salen a otros países en busca de mejores condiciones laborales. Y también es cierto que no sólo son médicos lo que falta. Por ejemplo, y sólo citando el caso de la oncología, para instalar una unidad de radioterapia en Lanzarote haría falta sobre todo dinero, porque la gran inversión es la maquinaria, y para su funcionamiento bastaría con tener ATS.

La enfermedad es dura, sí, pero es infinitamente más dura en Lanzarote. En una isla donde no es que haya un único oncólogo, sino que además, durante varios meses no hubo ninguno, porque el anterior renunció a su puesto, y desde la Consejería de Sanidad aseguraban que no encontraban reemplazo.

Con este panorama, y salvo que el dinero y las circunstancias personales permitan ir a buscar atención a otro lado, mantenerse por encima del punto cero es aún más complicado.

La batalla contra la muerte no podemos ganarla, pero al cáncer sí se le puede ganar. Se le puede ganar del todo, y muchos lo consiguen, o al menos se le puede vencer demostrándole que nosotros somos más fuertes. Demostrándole que no puede arrebatar ni la ilusión, ni las ganas, ni la fuerza. Pero para eso, ni el que lo sufre ni los que lo sufren con él pueden abandonar el lado positivo de la línea, ni la Administración nos puede dejar en el punto cero.

 

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