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Hay distancias que no se acortan con un avión. A veces se llega antes a una capital que a lo que ocurre en ella. Entonces queda el mapa: basta con doblarlo para que desaparezcan los mares, las fronteras y hasta los accidentes. El papel tiene sus propias formas de justicia: todo lo espera, todo lo soporta, nada crea. 

Desde las islas, España queda a una hora de conversación. Lo bastante cerca para discutir sobre ella, lo bastante lejos para que parezca que se habla de otro sitio. De ahí que haya días en que uno se reconoce en su palabra y otros, en el paisaje, ambos separados por el horizonte. Donde termina el día y empiezan las opiniones. Muchas se heredan de lejos y algunas necesitan demasiados mensajeros; pocas implican decisiones y otras, rumores. Entre todas transcurre una parte considerable de la vida. Para hacer tiempo. Hasta hacer sitio. 

La distancia entre ellas no se mide en kilómetros, sino en estaciones, en llamadas perdidas, en meriendas trasnochadas, en cajas prefabricadas. Hasta que el encuentro se vuelve natural, que es la única forma de que deje de parecerlo. Como el mar, que no tiene demasiada opinión sobre las orillas mientras se separan y se reúnen con idéntica indiferencia. Uno podría pasar horas tratando de averiguar qué las hace diferentes, hasta descubrir que la pregunta está mal formulada. 

Nadie ha movido las orillas.

 

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