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A lo largo de la historia el miedo se ha usado como una herramienta política. También hay momentos en los que una sociedad, con una preocupación real por un problema, puede dejar de pensar en él y solo reaccionar. La concentración organizada para el próximo 2 de septiembre en apoyo a Ceuta merece, justo por ese motivo, una reflexión. 

Que Ceuta necesita apoyo es indiscutible. Sus ciudadanos tienen derecho a exigir seguridad, recursos y una política migratoria eficaz. Lo mismo pasa con los habitantes de El Hierro, Lampedusa, Gran Canaria, Lanzarote, o cualquier otro lugar que haya sufrido, o pueda volver a sufrir, una presión migratoria extraordinaria. Pero pedir soluciones es una cosa. Hacer que la inmigración parezca el enemigo es otra muy diferente. Aquí vale la pena recordar una frase dicha hace noventa años, en uno de los momentos más duros de nuestra historia. El 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno se enfrentó verbalmente al general Millán-Astray empleando una frase que ha quedado para la historia: «Venceréis, pero no convenceréis». Una frase que representa la defensa de la inteligencia y de la palabra frente al grito, la fuerza y la intimidación. Quizá eso es justo lo que necesitamos hoy. Pensar antes de gritar. 

Porque la historia muestra que el miedo puede volverse fácilmente un producto político. En esa España de 1936, la violencia en las calles, las provocaciones y la propaganda hicieron crecer el enfrentamiento. Hubo atentados, tiroteos, incendios y asesinatos. La prensa de cada bando usó los hechos para crear relatos políticos opuestos. En ciertos relatos y testimonios sobre aquel Madrid, también se ha contado que algunos grupos acomodados hacían disparos al aire por la noche. Querían crear una sensación de inseguridad que luego la prensa conservadora pudiera usar como prueba de que el Gobierno ya no controlaba las calles. Aunque conviene ser prudentes con esta afirmación —pues no existe base suficiente para presentarla como una práctica generalizada de «los ricos de Madrid»— sí es importante recordar algo más amplio y bien documentado: la violencia podía usarse con fines políticos y el relato periodístico de aquellos sucesos ayudaba a aumentar la sensación de caos y desgobierno. 

La lección está clara. Cuando una sociedad deja de mirar los hechos y empieza a reaccionar solo ante el relato de ellos, corre un peligro enorme y eso nos lleva directamente a la inmigración. Porque las migraciones no empezaron en Ceuta, ni comenzaron ayer, ni terminarán mañana. La historia de la humanidad es también la historia de las migraciones. El hombre ha cambiado de territorio desde que existen sociedades humanas: ha huido de guerras, persecuciones, hambre, sequías y epidemias. Ha buscado trabajo, seguridad, libertad y oportunidades. España lo sabe muy bien. Durante siglos, hemos sido un país de personas que se van al extranjero. Millones de españoles dejaron sus pueblos y ciudades para buscar una vida mejor. Muchos se fueron a América, otros viajaron a Europa. Canarias conoce bien esa historia, muchos de nuestros abuelos y bisabuelos también cruzaron mares y fronteras. En muchos casos, los recibieron como extranjeros, en algunos lugares los trataron con desprecio, en otros, vieron una oportunidad. Y nadie debe olvidar que mucha de la historia reciente de España ha sido escrita por personas que tuvieron que irse porque no podían vivir con dignidad en su país. 

Por eso llama la atención que hoy algunos quieran mostrar la inmigración como si fuera algo extraño en la historia. No lo es. Es algo inherente a la humanidad, a la propia evolución humana. Eso no quiere decir que ignoremos los problemas que supone. Sería absurdo. 

La llegada de muchas personas a un espacio, espacialmente reducido, supone una gran presión que puede saturar los servicios públicos, causar problemas de alojamiento, exigir recursos extra y presentar grandes desafíos para la seguridad, la integración y la convivencia. Ceuta necesita medios. Canarias necesita medios. España necesita medios. Y Europa necesita aceptar su responsabilidad. Pero justo porque el problema es real, necesita soluciones reales. No consignas. No simplificaciones. No demonización. 

Pero hay algo más: también debemos proteger la dignidad de quienes llegan. Porque defender las fronteras no significa tratar sin humanidad a quienes las cruzan. Se puede apoyar una política migratoria estricta y rechazar el racismo. Se puede exigir control en las fronteras y al mismo tiempo proteger los derechos humanos. Se puede exigir seguridad sin culpar al extranjero solo por ser extranjero. Uno puede estar preocupado y seguir pensando.

Cuando la política logra convencernos de que todos nuestros problemas tienen un solo culpable, suele ser a través de una explicación demasiado simple para una realidad demasiado compleja. Detrás de cada patera, de cada artefacto flotante hay una historia. Detrás de cada número hay una persona. Pero detrás de cada movimiento migratorio hay también causas económicas, políticas, sociales y geopolíticas. Estas no desaparecen solo porque levantemos una pancarta, gritemos e insultemos al Gobierno. África no va a dejar de existir. La desigualdad económica no va a desaparecer, tampoco las guerras, ni el cambio climático. Y, por lo tanto, las migraciones tampoco. 

La pregunta, pues, no es si vamos a tener migraciones sino cómo vamos a manejarlas. Y ahí es donde necesitamos inteligencia. No miedo. No odio. No propaganda. Inteligencia. 

Ya sabemos lo que pasa en una sociedad donde cada grupo crea su propia realidad. Cada uno elige los hechos que le convienen y ve al otro como una amenaza. En 1936, esa dinámica llevó a España a una tragedia. No deberíamos necesitar otra para recordar la lección. Por eso es buen momento para volver a Unamuno: «Venceréis, pero no convenceréis». No tenemos que ganarle a nadie. Necesitamos convencer. Convencer a los ciudadanos de Ceuta de que no están solos. Convencer a los ciudadanos de El Hierro, Lampedusa, Gran Canaria, Lanzarote… de que tampoco. Convencer a quienes llegan de que España es un país donde se respetan las leyes, con derechos y deberes. Convencer a Europa de que las fronteras de España son también fronteras de Europa. Y convencernos a nosotros mismos de que podemos enfrentar un fenómeno tan antiguo como la humanidad sin dejar de lado nuestra propia humanidad. Porque tal vez el verdadero peligro no es que las personas migren —eso ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo— el verdadero peligro sería que dejáramos de pensar. Que cambiáramos la razón por el miedo, la política por las consignas, la solidaridad por la sospecha, y la historia por la memoria selectiva. 

Ceuta necesita ayuda. Canarias también la ha necesitado. Y España necesita una política migratoria seria, eficaz, europea y humana. Pero ninguna de esas cosas se construye alzando la voz. Se construye pensando. Porque, al final, podemos ganar con el ruido. Pero solo vamos a convencer con la razón.

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