El derecho a la ternura: resistir al invierno social

12 de junio de 2026 (15:23 WEST)

"El rostro del otro me interpela, me exige y me hace responsable de su vida" (Emmanuel Levinas)

Ocupamos una paradoja técnica: la conectividad total convive con un aislamiento gélido. Los canales de comunicación inmediata no han acortado distancias, sino que han optimizado la separación. 

En la era del rendimiento, las interacciones humanas se han vuelto líquidas, utilitarias y mercantiles. Nos relacionamos bajo la constante exigencia de invulnerabilidad, exhibiendo una autonomía ficticia que camufla nuestra precariedad. En este escenario de desolación afectiva, la reivindicación de la ternura deja de ser un refugio privado para convertirse en una premura colectiva.

Históricamente, la ternura ha sido desterrada al espacio doméstico, infantilizada y menospreciada como un síntoma de debilidad o una falta de carácter. Esta marginación no es casual. Un sistema socioeconómico que premia la indiferencia, la dureza y la competencia feroz necesita cuerpos insensibles para sostener su maquinaria. 

Por eso, en un mundo que cotiza la hostilidad, la ternura es el verdadero acto reaccionario. No es un impulso ingenuo. Exige el coraje de deponer las armaduras que la cultura del éxito nos impone para dejarnos interpelar por el dolor y la fragilidad del otro.

Ejercer la ternura es una postura ética, no un sentimentalismo insulso. Significa restituir la dignidad humana allí donde la inercia del mercado pretende desdibujarla, transformando a la persona en un igual que sufre y busca sentido.

Esta resistencia no se articula en las grandes esferas, sino en la pericia cotidiana, en la voluntad de tejer redes de apoyo mutuo que nos protejan de esta intemperie social.

Frente a un invierno contemporáneo que espesa la empatía y privatiza el malestar, la ternura es un elemento indispensable para la cohesión. Reclamarla es la condición primaria para evitar que la productividad disuelva definitivamente nuestra humanidad. 

 

Es en las grietas del día a día donde este sustento social se despliega, recordándonos que nuestra mayor fortaleza radica, precisamente, en nuestra capacidad de ser vulnerables juntos.

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