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En los últimos años hemos avanzado mucho cuando hablamos de accesibilidad y discapacidad. Cada vez vemos más espacios que incorporan rampas, pictogramas, zonas reservadas, intérpretes de lengua de signos, reducción de estímulos o determinadas adaptaciones para facilitar que las personas con discapacidad puedan acceder a actividades, eventos y servicios.

Y claro que todo esto es importante. Muy importante. Durante demasiado tiempo ni siquiera se tuvo en cuenta que había personas que directamente no podían entrar, entender lo que estaba ocurriendo o disfrutar de determinados espacios. Que hoy hablemos de accesibilidad y que las administraciones empiecen a incorporarla de manera habitual es un avance que debemos reconocer.

Pero creo que también ha llegado el momento de hacernos otra pregunta: ¿es suficiente?

Porque a veces tengo la sensación de que hemos empezado a confundir accesibilidad con inclusión y, aunque están relacionadas, no son exactamente lo mismo. Podemos poner una rampa y conseguir que una persona con movilidad reducida entre en un espacio, pero después tendremos que preguntarnos si puede utilizar el baño, desplazarse por las instalaciones o participar en las actividades que se desarrollan dentro.

Podemos colocar pictogramas para facilitar la comprensión de una actividad, pero habrá personas que, además de esa información visual, necesiten apoyo para comunicarse, anticipar lo que va a suceder o desenvolverse en ese entorno. Podemos incorporar un intérprete de lengua de signos en un acto y estaremos eliminando una barrera importantísima, pero también tendremos que pensar si el resto de la actividad está diseñada para que esa persona pueda participar en igualdad de condiciones. Y podemos establecer unas horas sin música alta, luces intensas u otros estímulos en una fiesta, algo que me parece un avance enorme, pero habrá personas para las que esa medida sea suficiente y otras que necesiten algo más.

Ahí es donde creo que todavía tenemos camino por recorrer.

Las personas con discapacidad no forman un grupo homogéneo. Ni siquiera dos personas con la misma discapacidad tienen necesariamente las mismas necesidades. Una persona puede necesitar asistencia personal, otra apoyo a la comunicación, otra acompañamiento, otra una adaptación física y otra puede no necesitar ningún apoyo. Por eso no creo que podamos medir la inclusión simplemente contando cuántas medidas de accesibilidad hemos incorporado. Quizás deberíamos empezar a medirla preguntándonos cuántas personas pueden participar realmente después de haberlas puesto. Y hay otra cuestión sobre la que creo que hablamos bastante menos: ¿quién proporciona los apoyos cuando hacen falta?

Porque demasiadas veces damos por hecho que una persona con discapacidad puede acudir “acompañada”. Y normalmente sabemos lo que significa esa palabra. Una madre, un padre, un hermano, una pareja o alguna persona cercana que vuelve a asumir la responsabilidad de hacer posible esa participación. Las familias llevan años haciendo precisamente eso. Anticipando, acompañando, adaptando, explicando, regulando situaciones y buscando soluciones para que sus familiares puedan estar donde también tienen derecho a estar. Pero si queremos hablar de autonomía, también tendremos que hablar de la posibilidad de participar sin depender siempre de que una madre, un padre o cualquier familiar pueda acompañar. No se trata de llenar todos los espacios de profesionales ni de asumir que todas las personas con discapacidad necesitan ayuda. Eso también sería equivocarnos. Se trata de entender que cada persona necesita cosas diferentes y que una verdadera inclusión debería ser capaz de contemplar esas diferencias.

Por eso creo que el debate ya no puede quedarse únicamente en si cumplimos o no con determinadas medidas de accesibilidad. Cumplir la norma es necesario. Eliminar barreras es imprescindible. Pero después tenemos que mirar qué ocurre con las personas.

¿Pueden entrar? Sí. Pero ¿pueden decidir qué quieren hacer? ¿Pueden comunicarse? ¿Pueden participar en la actividad? ¿Pueden disfrutarla? ¿Pueden hacerlo sin depender necesariamente de su familia? Porque quizás ahí esté la diferencia entre poder estar en un sitio y formar realmente parte de él. Durante mucho tiempo hemos luchado para que las personas con discapacidad pudieran estar. Ahora tenemos que conseguir que también puedan participar.

La accesibilidad permite estar. Los apoyos permiten participar.

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