Cuando la música venció al horror de la guerra

La historia de Wladyslaw Szpilman, superviviente del gueto de Varsovia, sigue enseñándonos que una sola decisión humana puede cambiar el destino de alguien y que la educación en valores es hoy tan urgente como cualquier otra asignatura.

Hay libros que se leen y se olvidan y hay libros que permanecen para siempre en la memoria. Uno de los que yo no consigo olvidar es El pianista, de Wladyslaw Szpilman, un relato basado en su propia vida y en cuanto sufrió durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando visité Varsovia, me impresionó ver las paredes aún agujereadas por los impactos de bala, como si la ciudad se negara a dejar de contarnos lo ocurrido.

El pianista nos traslada a la Varsovia tomada por el ejército nazi, una ciudad devastada por las bombas, en la que el protagonista intenta sobrevivir sin apenas familia, enfermo y con el miedo constante a ser descubierto. Buscando comida en una casa abandonada, fue hallado por Wilm Hosenfeld, un oficial alemán que le preguntó a qué se dedicaba.

—Soy pianista —respondió Szpilman.

En aquella habitación había un piano. El oficial le pidió que tocara algo. Las manos le temblaban, estaba débil y cansado, pero cuando rozaron las teclas interpretó una composición de Chopin en un piano desafinado. Durante unos minutos, la guerra se detuvo. Ya no había un hombre perseguido y un oficial: había dos seres humanos compartiendo la belleza de una melodía.

Hosenfeld decidió no detenerlo. Le llevó comida y ropa, y Szpilman pudo sobrevivir. El libro demuestra que, en medio del horror, también hubo espacio para la solidaridad, la compasión y la posibilidad de tender puentes entre personas a las que la Historia había colocado en bandos opuestos.

Una lectura para las aulas

Es una obra que deberían conocer todos los adolescentes. No para asustarlos con los horrores del pasado, sino para enseñarles el valor de la paz y para que comprendan que nadie debería ser rechazado por su origen, su cultura o sus creencias. Las guerras, nos recuerda Szpilman, comienzan justo en el momento en que dejamos de ver a los demás como personas.

Ese es, para mí, el mayor mensaje ético del libro: una sola decisión bondadosa puede cambiar el destino de alguien. El oficial pudo obedecer a la crueldad de la guerra, pero decidió escuchar a su conciencia. Y esa conciencia, cultivada en algún lugar y en algún momento de su vida, salvó a un hombre y, con él, una parte de la música del mundo.

Por eso pienso que, además de enseñar matemáticas, lengua y las demás materias, tenemos la obligación de enseñar a nuestros niños y niñas a ponerse en el lugar del vulnerable. No basta con transmitir conocimientos: hay que formar seres humanos que piensen por sí mismos, que sepan mirar al otro y que no confundan obediencia con virtud.

La música que no se apaga

Szpilman sobrevivió, regresó a la Radio Polaca y volvió a tocar el piano. Su cuerpo había padecido hambre y soledad, pero su amor por la música lo mantuvo vivo. Esta obra me recuerda que se pueden destruir edificios y silenciar los instrumentos durante un tiempo, pero nadie puede apagar del todo la esperanza de una persona.

Esa enseñanza podemos transmitirla a los niños y educar así a adultos capaces de sentir que, incluso en la oscuridad, siempre hay una luz que encontrar y compartir. Cuando el mundo pierde su humanidad, una sola persona que hace caso a su conciencia puede cambiar el final de muchas historias.

Leer El pianista no es solo asomarse a una tragedia: es aprender que la ética se juega en los gestos pequeños y en los momentos en los que nadie nos obliga a ser buenos.

 

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