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Este 25 de agosto, mientras Arrecife vuelve a mirar al cielo para celebrar San Ginés, conviene recordar que la tradición tiene raíces mucho más profundas de lo que imaginamos. Hace casi cuatro siglos, en 1634, las autoridades ya tuvieron que intervenir para poner límites a los cohetes de las fiestas. Entre aquel pequeño puerto y la ciudad de hoy median generaciones, cambios y ausencias, pero permanece algo esencial: la capacidad de Arrecife para celebrar, recordar y reconocerse a sí misma. 

Hay fechas que pasan por el calendario. Y hay fechas que permanecen en la memoria. El 25 de agosto es una de ellas para Arrecife. 

Hoy volverán a sonar las campanas de San Ginés, las calles se llenarán de gente y el mar volverá a ser testigo de una ciudad que celebra a su patrón. Pero quizá pocos recuerden que, cuando Arrecife todavía era apenas un pequeño núcleo marinero, ya existía una celebración en torno a San Ginés. 

Hay un documento que nos permite viajar casi cuatro siglos atrás. Está fechado el 24 de agosto de 1634, víspera de San Ginés. Aquel día las autoridades hicieron pregonar en la Plaza del Silencio una prohibición: nadie debía lanzar cohetes ni otras «invenciones de fuego» durante la noche, bajo una severa amenaza. 

Resulta casi imposible no sonreír ante la escena. 

En aquel Arrecife pequeño, de calles sin el bullicio de hoy, alguien decidió que había que poner orden en los festejos. Y, cuatro siglos después, seguimos haciendo prácticamente lo contrario: encender el cielo de la ciudad para celebrar San Ginés. 

Han cambiado los cohetes. Han cambiado las calles. Ha cambiado Arrecife. Pero no ha cambiado esa necesidad profundamente humana de celebrar juntos. 

Porque detrás de una fiesta siempre hay algo más que música, pólvora o procesiones. Hay memoria. Hay personas. Hay ausencias. Hay recuerdos que regresan cada año cuando llega agosto. 

Quizá por eso San Ginés no pertenece solamente a quienes creen. Pertenece también a quienes recuerdan. 

A quienes alguna vez caminaron por aquellas calles de otro Arrecife. 

A quienes esperaron los fuegos junto al mar cogidos de la mano de sus padres. A quienes llevaron a sus hijos a las fiestas y hoy ya no pueden hacerlo. 

A quienes regresan cada agosto a la isla y descubren que, aunque hayan pasado los años, hay sonidos que continúan llamándolos a casa. 

El Arrecife de 1634 no se parece al de 2026. Entonces ni siquiera podía imaginarse la ciudad que llegaría a ser. En el siglo XIX, con el crecimiento del puerto, las fiestas fueron adquiriendo mayor dimensión. Hay referencias a celebraciones con banderolas, fuegos artificiales y paseos por el puerto ya desde comienzos de ese siglo.

Y Arrecife siguió creciendo. 

Llegaron nuevas generaciones. Cambiaron las embarcaciones, las casas, las plazas, los comercios y las costumbres. El antiguo puerto se convirtió en capital. El pequeño núcleo marinero se transformó en una ciudad que hoy concentra buena parte de la vida de Lanzarote. 

Pero el 25 de agosto continuó siendo una especie de puente entre generaciones. Quizá esa sea la verdadera grandeza de una fiesta. 

No que consiga reunir a miles de personas durante unas horas, sino que consiga reunir, aunque sea en nuestra memoria, a quienes estuvieron antes y a quienes estamos ahora. 

Por eso esta noche, cuando el cielo de Arrecife vuelva a iluminarse, sería bueno mirar los fuegos de otra manera. 

Pensar que hace casi 392 años, otros lanzaroteños también esperaban la noche de San Ginés. No tenían móviles para grabarla. 

No tenían redes sociales para compartirla. 

No tenían grandes escenarios ni miles de vatios de sonido. 

Tenían el puerto, las calles, sus familias y una fiesta que ya formaba parte de sus vidas. 

Y quizá tenían algo que nosotros hemos ido perdiendo: el tiempo para mirar a los ojos de quien tenían al lado. 

Por eso me gusta imaginar aquella noche de 1634. 

Imaginar el silencio de la pequeña población cuando alguien hizo sonar su voz para anunciar la prohibición de los cohetes. 

Imaginar las casas iluminadas tenuemente. 

Imaginar el mar oscuro. 

Imaginar a alguien preguntándose qué sería de aquel pequeño Arrecife dentro de cien, doscientos o cuatrocientos años. 

No podía saberlo. 

Nosotros sí sabemos algo. 

Sabemos que Arrecife sobrevivió a sequías, crisis, guerras, emigraciones, transformaciones económicas y sociales. Sabemos que miles de personas nacieron, vivieron y murieron contemplando ese mismo mar. Sabemos que algunos se fueron buscando un futuro y regresaron con la nostalgia pegada a la piel. 

Y sabemos que, casi cuatro siglos después, San Ginés sigue ahí. 

Quizá esa sea la mejor manera de entender una ciudad: no por sus edificios, ni por sus carreteras, ni siquiera por sus grandes acontecimientos, sino por aquello que sus habitantes se niegan a dejar morir. 

Esta noche, cuando los fuegos artificiales rompan la oscuridad, durante unos minutos el cielo de Arrecife será el mismo cielo que contemplaron nuestros abuelos, nuestros bisabuelos y aquellos lanzaroteños que, en 1634, ya celebraban San Ginés.

Y entonces quizá comprendamos que no estamos simplemente celebrando una fiesta. Estamos encendiendo la memoria. 

Estamos diciéndoles a quienes estuvieron antes que nosotros que todavía los recordamos. 

Y estamos diciéndoles a quienes vendrán después que, mientras exista alguien dispuesto a recordar, Arrecife seguirá teniendo una historia que contar. 

Porque las ciudades cambian. 

Las personas nos vamos. 

Los edificios desaparecen. 

El tiempo borra muchas cosas. 

Pero hay noches que regresan. 

Y el 25 de agosto es una de ellas. 

Hoy, casi cuatro siglos después, Arrecife volverá a mirar al cielo. 

Y quizá, entre cada explosión de luz, podamos escuchar también el eco lejano de aquel pequeño puerto que un día fue. 

Feliz San Ginés.

 

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