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Las crisis rara vez aparecen de la nada. Y cuando demasiados actores obtienen beneficios políticos de un mismo incendio, lo mínimo que merece la pena hacer es preguntarse quién sostiene un fósforo.

Las imágenes de Ceuta han dado la vuelta al mundo en cuestión de horas. Miles de personas cruzando la frontera, una presión migratoria extraordinaria sobre España y una Unión Europea que, una vez más, parece reaccionar siempre unos pasos por detrás de los acontecimientos.

Pero reducir lo ocurrido a un simple episodio migratorio sería un error.

Esto va de geopolítica.

Marruecos lleva años demostrando que el control de los flujos migratorios es una de sus herramientas de presión diplomática más eficaces. Cuando Rabat decide endurecer los controles, la frontera se contiene. Cuando los relaja, Europa entera mira hacia Ceuta y Melilla. No es una teoría extravagante; es un patrón que se ha repetido en distintos momentos de las últimas décadas.

Lo llamativo es lo que ocurre después.

Donald Trump aprovecha inmediatamente las imágenes para alimentar su discurso electoral en Estados Unidos. Ya no habla de Ceuta como un problema europeo, sino como un anuncio de lo que, según él, sucedería en su país si gobiernan sus adversarios. El sufrimiento humano convertido en propaganda política.

Mientras tanto, Marruecos vuelve a consolidarse como un socio estratégico para Washington. La relación entre Donald Trump y Mohamed VI dio un salto decisivo cuando Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental durante el primer mandato del presidente republicano. Desde entonces, esa alianza ha seguido teniendo un enorme peso geopolítico.

A esa ecuación se suma Israel. Los Acuerdos de Abraham impulsaron una estrecha cooperación entre Rabat y Tel Aviv, reforzando un eje de intereses en el que Estados Unidos desempeña un papel central.

¿Significa eso que existe una conspiración perfectamente diseñada entre Trump, Mohamed VI y Netanyahu?

No hay pruebas públicas que permitan afirmarlo.

Lo que sí existe es una evidente convergencia de intereses. Marruecos aumenta su capacidad de presión sobre Europa. Trump encuentra imágenes perfectas para su campaña. Israel mantiene una alianza estratégica reforzada con Rabat y Washington. Y quien aparece debilitada ante la opinión pública internacional es España.

Cada cual que saque sus conclusiones.

Mientras tanto, algunos líderes europeos parecen más preocupados por competir en quién pronuncia el discurso más duro que por resolver el problema.

Ahí aparece Giorgia Meloni, convertida para algunos en referente de una política migratoria de mano dura. Conviene recordar, sin embargo, que el espacio Schengen no funciona a golpe de ocurrencias ni de ruedas de prensa. El Derecho de la Unión Europea permite restablecer controles fronterizos temporales en determinadas circunstancias, pero ningún Estado puede decidir unilateralmente expulsar de Schengen a otro socio o suspender de forma permanente el funcionamiento del sistema porque le resulte políticamente rentable decirlo.

La política seria tiene normas.

La propaganda, no.

España tampoco puede seguir instalada en la ingenuidad. Defender las fronteras exteriores de la Unión Europea no es incompatible con respetar los derechos humanos. Lo que resulta incompatible es mirar hacia otro lado cada vez que Marruecos utiliza la inmigración como elemento de presión diplomática.

Y Europa debería preguntarse otra cosa.

Si Ceuta es frontera europea, ¿por qué tantas veces parece que solo la defiende España?

Quizá el verdadero problema no sea únicamente Marruecos.

Quizá también lo sea una Unión Europea que reacciona tarde, una extrema derecha que convierte cada tragedia humana en combustible electoral y una política internacional donde los intereses estratégicos pesan mucho más que los principios que tanto se invocan en los discursos oficiales.

Porque cuando miles de personas desesperadas se convierten en fichas de un tablero geopolítico, nadie gana.

Salvo quienes llevan demasiado tiempo utilizando el miedo como herramienta de poder.

Y esa, desgraciadamente, sí que no parece una casualidad.

 

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