A ciertos señores Canarias les viene estupendamente para las vacaciones y bastante peor para escuchar a quienes vivimos aquí. Aterrizan, disfrutan del clima, elogian el paisaje y regresan a Madrid encantados. Después deciden nuestro futuro desde un despacho. Conocer nuestra realidad ya les parece un esfuerzo excesivo; para la tumbona sí encontraron tiempo.
Luego alguno despliega su idea de España y decide cómo debemos vivir a unos dos mil kilómetros de distancia. Sin conocer nuestras islas, nuestras dificultades ni lo que supone depender de un avión para desplazarse a determinados tratamientos médicos. Pero decide. Con una seguridad admirable. La ignorancia, cuando lleva corbata, tiene una autoestima estupenda.
Por eso defiendo un voto nacionalista canario progresista. Quiero que las decisiones que afectan a esta tierra cuenten con una voz propia, fuerte y capaz de plantarse. Ante la posibilidad de tiempos más oscuros y centralistas, me parece una temeridad entregar nuestra capacidad de influencia y confiar en que alguien se acuerde de nosotros entre una reunión y el almuerzo.
Canarias tiene derecho al autogobierno. Nuestro Estatuto reconoce nuestra condición de nacionalidad y recoge la lejanía, la insularidad y la ultraperiferia como circunstancias que deben tenerse en cuenta en las políticas públicas. Está escrito. Aunque algunos solo encuentren tiempo para leer el Estatuto cuando necesitan averiguar hasta dónde pueden recortarlo.
La distancia se paga. En el transporte, en la cesta de la compra, en las oportunidades y en las dificultades de quienes necesitan salir de su isla para estudiar o recibir atención especializada. Aplicar una misma receta a realidades distintas puede resultar muy cómodo para quien firma el documento. Para quien sufre sus consecuencias, bastante menos.
No tengo ningún problema con Madrid. Tengo un problema con quien cree que vivir en Madrid le concede un conocimiento automático de todo lo que ocurre fuera. También con quien confunde la igualdad de derechos con la obligación de que todos los territorios encajen en el mismo molde. Si el molde nos aprieta, tendremos que cambiarlo. No amputarnos una parte para que el señor quede satisfecho.
Ahora bien, llevar la palabra Canarias en las siglas tampoco convierte a nadie en su defensor por obra del Espíritu Santo. A estas alturas conviene pedir resultados, porque el folclore político nos está saliendo carísimo.
A mí una bandera me emociona. Pero quiero poder vivir debajo de ella. Quiero que quien trabaja aquí pueda pagar una casa aquí. Que nuestros jóvenes tengan posibilidades de quedarse. Que una persona dependiente reciba atención y que nuestros mayores vivan con dignidad. Y quiero que el territorio se proteja, porque el suelo de una isla no se estira por mucho entusiasmo que le ponga el promotor.
Cuando alguien presume de defender Canarias, le pregunto qué Canarias está defendiendo. La de quien limpia habitaciones y no consigue alquilar una, o la de quien contempla el archipiélago como una cartera de inversiones con vistas al mar. Ambas aparecen en la misma fotografía, pero solo una suele salir sonriendo.
Ahí sitúo el valor del nacionalismo progresista que representa Nueva Canarias–Bloque Canarista: en unir la defensa de esta tierra con los derechos de quienes la habitan. Su apuesta por reforzar el espacio progresista canario y coordinarse con otras fuerzas territoriales incluye la vivienda, los servicios públicos, la protección del territorio y mayores niveles de autogobierno. Esa es una dirección política que considero necesaria.
Y también exigente. Ser de Nueva Canarias no me obliga a aplaudir por turnos. Le exige a mi organización estar a la altura de lo que defiende. Tener propuestas, pisar la calle, escuchar el malestar y conseguir que esa voz canaria se traduzca en decisiones. Para repartir palmaditas ya tenemos bastantes actos institucionales.
Necesitamos fuerza en nuestras instituciones y representación en las Cortes. Representantes capaces de negociar, condicionar acuerdos y reclamar lo que corresponde sin esperar instrucciones de una dirección estatal. La disciplina de partido será muy respetable, pero si siempre obliga a Canarias a esperar, tendremos que preguntarnos a quién está sirviendo.
Se nos habla mucho del voto útil. Pues bien: quiero saber útil para quién. Para completar la mayoría de un candidato que después descubrirá nuestras singularidades durante la campaña siguiente, o para dar a Canarias capacidad real de intervenir. El escaño tendrá el mismo tamaño. La obediencia puede ser muy distinta.
Ante un posible avance de la derecha y la extrema derecha, esa capacidad adquiere aún más importancia. Me preocupa el discurso que presenta la diversidad territorial como una molestia y la autonomía como algo que sobra. Me preocupa quien promete arreglarlo todo concentrando el poder, como si el problema de Canarias fuera que aquí podemos decidir demasiado.
Un señor que desconoce nuestras islas no debería poder despachar nuestras necesidades con una ocurrencia y una firma. Las decisiones estatales que nos afectan deben contar con nuestra participación y respetar nuestras competencias. Somos ciudadanos con derechos, instituciones y criterio propio. Ya está bien de tratarnos como el destino turístico que queda al final del mapa.
Si llegan intentos de recentralización, quiero que encuentren enfrente un nacionalismo canario progresista organizado y firme. Con argumentos, respaldo ciudadano y fuerza institucional. La indignación es comprensible; para frenar una decisión hacen falta además votos y capacidad de negociación.
También necesitamos entendernos dentro del espacio progresista canario. Algunas diferencias merecen debate y algunos egos merecen vacaciones. Bastante tiene la gente con llegar a fin de mes para soportar que quienes comparten objetivos sean incapaces de sentarse a una mesa. La unidad debe servir para ofrecer una alternativa solvente, con compromisos que la ciudadanía pueda exigir después.
Defender el autogobierno obliga, además, a rendir cuentas aquí. No aceptaré que un gobernante canario utilice Madrid como excusa para sus propios incumplimientos. Si reclamamos más capacidad de decisión, debemos demostrar para qué la queremos y responder por cómo la ejercemos. Canarias merece respeto fuera y buen gobierno dentro.
Yo quiero una tierra capaz de discutir su futuro con voz propia. Solidaria con otros pueblos, abierta al mundo y consciente de sus necesidades. Una tierra donde la identidad no se saque únicamente para la fiesta y donde el progreso se note en la vida de la gente.
Por eso considero necesario fortalecer el voto nacionalista canario progresista. Para que nuestra voz tenga peso cuando se negocien recursos, se discutan derechos o alguien pretenda reducir el autogobierno. Para que Canarias pueda exigir, proponer y decidir sobre su futuro.
Estamos a unos dos mil kilómetros de Madrid. Precisamente por eso resulta absurdo que alguien que apenas conoce Canarias pretenda decidir por nosotros sin escucharnos.
Para venir a disfrutar de estas islas basta con comprar un billete. Para decidir sobre nuestra vida hace falta bastante más que reservar un hotel.
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