Ir al contenido principal

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00

El día 10, va al Congreso la aprobación de una ley que devuelve la españolidad a unos españoles que nunca debieron perderla. Y a sus hijos.

Yo estuve en el Sahara y cosas de la vida ahora que tanta bandera española revolotea en el ambiente, a mí me toco portar la bandera de todos los ejércitos que de Canarias se habían trasladado a Villa Cisneros a custodiar aquellos territorios. En ese momento provincia española. 

Me tocó aprender a manejar y dirigir un grupito que llevamos un jeep con un cañón antitanques, por aquellos desiertos plenos de espejismos.

Me tocó ser parte de un pequeño equipo que fue duramente entrenado como avanzadillas, exploradores. Suicidas dado el caso.

Me tocó junto a otro compañero ser seleccionado como francotirador. Nos entrenaron mucho, él siempre fue mejor que yo. De haber sido necesario él habría sido el elegido. 

Me tocó estar al cargo de todos los depósitos de combustible, al cargo digo en ellos en la noche, cuando se supo que Franco había muerto.

Me tocó una vez sabido por el gobierno que la marcha verde estaba dentro de la provincia española y así mismo, ejércitos marroquíes al otro lado del rio, marcharnos de allí. Huir.

Y me tocó subir al Plus Ultra con un humano agarrado arrastrándose a mi pierna llorando que no los abandonáramos y no había prensa. No buscaba la foto.

Desde aquel día lloro con frecuencia con todo aquello, yo aprendí a amar el Sahara y a aquel pueblo, esa fue mi debacle. Tal vez y solo tal vez, si esa ley se aprueba pueda volver a sentir algo eso de ser español y mirar esa bandera con la que desfilé codo a codo y a sus pasos con los legionarios y su cabra festejando que el traidor Borbón visitaba el Sahara. No tenían ni idea de a lo que venía.

Años después lo tuve delante en La Graciosa le llamé tú y se lió la de dios si le llego a llamar lo que tenía en la cabeza me fusilan. No la ley. los españoles de sentimiento español.

Años después volví al Sahara justo cuando llegaban las gentes de la MINURSO, un día rulando por allí visitamos una Jaima solitaria nos recibió una señora que no mas saber que éramos canarios comenzó a gimotear porque nos habíamos ido y las habíamos abandonado, allí solas. Ante aquellos.

Estoy escribiendo algo así como un libro le robo hoy un pequeño tramo:

Dice:

Escúchame tu. Yo tenía 18 años.
Y el mundo entero era un huracán de arena, mentiras y traiciones que se arremolinaba a mi alrededor.
Pero yo estaba en el ojo del huracán.
Un punto de calma forzada, de silencio tenso, mientras el desierto se desgarraba.
A mi izquierda, la Marcha Verde: miles de civiles de una recién creada nación, tan joven que tenia mi edad 18 años y ya mataba, avanzando como una marea, empujados por Hassan II, que entretenía como un mago a todos de sus propias miserias internas, mientras España negociaba por detrás. Con él. Atento, no eran izquierdas esos negociadores. 
A mi derecha, el Polisario: hombres jóvenes como yo, pero con sed en las manos y una rabia que ya olía a guerra. Con un derecho en sus corazones AUTODETERMINACION.
Un país propio. 
Detrás, Madrid: políticos con traje firmando acuerdos a escondidas en Agadir, vendiendo un pueblo y a sus propios soldados.
Delante, el océano: la misma masa azul que bañaba mi isla, pero que aquí solo era una frontera sin salida.
Con las riendas, cómo no, los americanos.
Y en el centro de todo eso, Yo.
Un muchacho de Canarias con un uniforme que ya no significaba nada, vigilando unos depósitos de gasolina que pronto serían de otros.
Obedeciendo órdenes de un país que se desmoronaba.
Escuchando cómo los legionarios —esos hombres duros que no temían a nada— maldecían a los mismos generales que los habían enviado allí. Y temían si, la pérdida de todos sus privilegios, casi de casta. Los que decían no temer a la muerte, comenzaron a temer a la vida.
Era el testigo.
El que veía cómo se bajaba y se subía una bandera sin sentido.
El que sentía el vacilar del poder cuando Franco murió y nadie supo qué hacer, ante la presión yanki, los espurios intereses en juego y el borbón buscándose el hueco.
El que miraba a los saharauis a los ojos y veía el exacto instante en que la confianza se convertía en desprecio.
No era un héroe.
Era un muchacho pegado a la arena, en el lugar exacto donde la Historia decidió romperse.
Donde un imperio moría con un ultimo suspiro y un nuevo conflicto nacía entre bombardeos de napalm y huidas en la noche.
Escucha tú:
El huracán pasó de largo.
Se llevó por delante lealtades, promesas y banderas.
Pero a mi me dejó allí plantado, en el ojo quieto de la tormenta, con una verdad grabada a fuego:
que a veces la guerra no son solo balas;
es el silencio cómplice de los que se rinden sin disparar.
Y que la traición huele a gasolina,
a marisma,
y a frío del Sáhara.
Yo no luché en una guerra.
Presencié cómo la paz se vendía.
Y eso, marca más que cualquier batalla.
Hasta Heráclito se hubiera estremecido de la inacción.
Basta de banderitas superfluas tik tok querrás

Añadir La Voz de Lanzarote como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora