Un adiós a las ventanas verdes

El café sale de la moka. El día comienza como cualquier otro: un par de galletas, una lectura rápida de la actualidad y, después, cinco minutos mirando a la ventana de enfrente desde la cocina. 

Pero hoy, sin embargo, es extraño. Hay una despedida. No es directa, no hay palabras ni abrazos, pero hoy algo cambia. Las ventanas de madera que vieron mis primeros pasos hoy se van. 

Aquellas por las que vi mis primeros aviones despegar; aquellos aviones de combate que, de niño, tanto me asustaban y que, a la vez, tanto me llamaban la atención. Fueron testigos de mis primeros amoríos, de risas y amistades. Las mismas que vieron mi asombro al descubrir que en esta casa nací y que, ese mismo día, fueron testigos del montaje de aquella mecedora de Ikea con mi padre. 

Hasta hoy nunca me había planteado que una ventana pudiera almacenar tanto: tantas vivencias, tantas anécdotas. Siempre pensamos que sirven para ver lo que hay afuera, pero quizá también sirven para guardar lo que ocurre dentro. 

Una ventana no recuerda, al menos no como lo hacemos nosotros. No sabe quién fuimos ni qué ocurrió detrás de ella. Y, sin embargo, permanece. Está ahí durante años, viendo cómo una casa cambia, cómo quienes viven en ella crecen, se van y vuelven. 

Quizá por eso resulta extraño despedirse de una ventana. No porque sea especial por sí misma, sino porque nosotros hemos dejado parte de nuestra historia en ella. 

Creo que para quienes nos hemos criado aquí, el ruido de los aviones simplemente forma parte del paisaje. Te acostumbras. Al principio los escuchas, pero con el tiempo dejan de llamar tu atención. El avión pasa y tú sigues con lo que estabas haciendo. 

Para mí siempre ha sido así. Nunca he sentido que el ruido de los aviones fuese algo de lo que necesitara protegerme. Quizá porque, cuando algo te acompaña desde pequeño, deja de parecer extraño. Se convierte en parte de lo cotidiano, casi como el viento, el sonido de la calle o cualquier otro ruido que forma parte de nuestras vidas. 

Pero acostumbrarse a algo no significa que no moleste. Hay vecinos para quienes ese ruido sí supone un problema, y si estas nuevas ventanas pueden hacer sus casas más habitables, entonces el cambio tiene todo el sentido. 

Nacen de la voluntad de proteger a las personas, y de eso no hay duda. Son ventanas pensadas para que el ruido de los aviones quede fuera y el silencio pueda quedarse dentro. Pero mientras unas cosas se protegen, otras desaparecen. 

El verde se convierte en blanco. La madera, en aluminio. Y una pequeña parte de aquello que hacía reconocibles nuestras casas se marcha con ellas. 

Quizá lo que más me sorprende no sea que una ventana desaparezca, sino pensar que los lugares que llamamos hogar también cambian con nosotros. Y no lo hacen de golpe. La identidad de un lugar se transforma poco a poco: una ventana que se sustituye, una fachada que se pinta, una puerta que desaparece, un árbol que se tala. Pequeños cambios que, vistos por separado, apenas significan nada, pero que, con los años, terminan construyendo un paisaje completamente distinto. 

Quizá dentro de unos años nadie recuerde aquellas ventanas verdes. Para quien llegue entonces serán simplemente las ventanas que había antes. Pero quienes las vimos durante décadas sabremos que allí hubo algo más. Que detrás de aquel cristal alguien creció, alguien se enamoró, alguien escuchó por primera vez un avión y alguien, una mañana cualquiera, se quedó cinco minutos mirando hacia fuera sin saber que estaba despidiéndose. 

Porque quizá eso sea también lo que significa vivir en un lugar: no solo habitar sus calles y sus casas, sino ir dejando pequeños pedazos de nosotros en ellas.

No es una tragedia. No es siquiera algo que podamos considerar necesariamente malo. Es, simplemente, una transformación. 

Y quizá ahí esté el verdadero precio del progreso: que mientras mejora nuestra forma de vivir, también puede ir borrando, poco a poco, aquello que hacía único el lugar donde vivimos.

 

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