Abandonados a su suerte

Iban buscando un pequeño paraíso, un lugar donde aislarse del mundo por unos días, en medio de la paz y la tranquilidad de La Graciosa, pero no imaginaban hasta qué punto iban a conseguirlo. Porque su aislamiento terminó ...

15 de diciembre de 2006 (05:08 CET)

Iban buscando un pequeño paraíso, un lugar donde aislarse del mundo por unos días, en medio de la paz y la tranquilidad de La Graciosa, pero no imaginaban hasta qué punto iban a conseguirlo. Porque su aislamiento terminó ...

Iban buscando un pequeño paraíso, un lugar donde aislarse del mundo por unos días, en medio de la paz y la tranquilidad de La Graciosa, pero no imaginaban hasta qué punto iban a conseguirlo. Porque su aislamiento terminó siendo obligado y, cuando llegó la hora de coger el barco de regreso, se encontraron con que las condiciones del mar lo impedían. Ni el domingo ni el lunes pudo salir un solo barco de la isla y, aunque el martes por fin salió el primero, de nuevo hubo que suspender los trayectos. Y podemos culpar al mal tiempo y pensar que son cosas que pasan, pero a lo que no hay derecho es a que a estas alturas, y en una sociedad moderna y del primer mundo, aún no se hayan puesto los medios para hacer frente a este tipo de inclemencias climáticas, que en definitiva tampoco fueron para tanto.

Y es que una vez más, el principal problema del trayecto no era salir de La Graciosa ni realizar la travesía, sino atracar en el viejo muelle de Órzola. Un muelle de cuya ampliación se viene hablando desde hace años, pero sólo eso, hablando. Mientras tanto, ni los pescadores, ni los turistas ni los vecinos de La Graciosa han visto cumplida esta vieja aspiración.

Puede que incluso con la ampliación, el tiempo impida en un momento dado que se realice esta conexión marítima con la octava isla pero, aún así, lo que está de la mano del hombre, o más concretamente de las instituciones, sí es obligado resolverlo. Primero por los gracioseros, que una vez más se volvieron a sentir abandonados y relegados a un tercer o cuarto plano. Y es que por más que resulte pintoresco ese viaje en el tiempo que supone cruzar hasta esa isla, lo que no es de recibo es que las inversiones mínimas para que sus habitantes tengan una vida digna sigan sin llegar. Pero también es obligado resolverlo por los turistas, porque si duda, Lanzarote no pudo dar una peor imagen a las personas que visitaban La Graciosa y que vieron cómo de pronto se quedaban atrapadas allí, haciendo frente a nuevos gastos, perdiendo las noches y las comidas que tenían programadas en hoteles de Lanzarote e incluso en algunos casos, teniendo que pagar un altísimo recargo para poder cambiar de fecha los billetes de avión de vuelta a sus destinos, porque no podrían regresar cuando tenían previsto.

Quizá algunas de las reinvidicaciones que en esos dos días de incertidumbre se plantearon en La Graciosa, como la de reclamar que se pusiera a su disposición un helicóptero para poder ir evacuando a la gente, o incluso un barco de mayor envergadura que les acercara hasta otro puerto, como el de Arrecife, fueran un poco excesivas, e incluso en el caso del helicóptero, que sólo tiene capacidad para seis pasajeros, hubiera sido hasta motivo de conflicto porque eran más de cien personas las que querían salir, pero lo cierto es que no se hizo ni eso, ni nada. Ni siquiera informar. Y por eso, los turistas se sintieron como muchas veces dicen sentirse los gracioseros: abandonados. Porque tristemente, se sigue pensando que es normal que los habitantes de esta isla se queden aislados cada vez que se tuerce el tiempo.

Por eso, ni desde el Cabildo, ni desde el Ayuntamiento de Teguise ni, lo que es peor, desde la Dirección Insular de la Administración General del Estado en Lanzarote, que sí tenía medios como para dar solución al problema, hubo un triste pronunciamiento sobre los hechos. Ni siquiera para explicar que la situación no revestía gravedad y que por tanto lo único que se podía hacer era esperar. Y por supuesto, tampoco ha explicado nadie qué se hubiera hecho si la situación se extendía durante más días, ni qué mecanismos hay previstos en caso de que en un futuro la situación llegue a ser peor y más prolongada.

Algo que las instituciones ya se tendrían que estar planteando, igual que tendrían que plantearse cómo mejorar de una vez por todas la imagen que la isla ofrece, especialmente, a los turistas que llegan por mar. Porque si los que quedaron atrapados en La Graciosa se llevaron una mala imagen, los que llegan en crucero hasta el muelle de Arrecife no se enfrentan a un panorama mucho mejor. Y aunque este también es un debate que se arrastra desde hace años, las soluciones tampoco llegan y, de momento, sólo se han visto nuevas reuniones entre las instituciones de la isla y la Autoridad Portuaria de Las Palmas, como la que tuvo lugar esta misma semana, en la que toda la conclusión es que hay que mejorar la organización. Pero mientras tanto, de los miles de cruceristas que llegan a la isla, convirtiéndose en un potencial enorme para Lanzarote, muchos optan por no bajar siquiera del barco al ver el panorama. Al menos, a los atrapados de La Graciosa, cuando se les pase el enfado, les quedará el recuerdo de una experiencia singular, en una isla más singular aún. A los cruceristas, ni siquiera eso.

LO MAS LEÍDO