El 27 de agosto de 1998, Lanzarote continuaba con su ritmo habitual de finales de verano. Nadie podía imaginar que, a pocas millas de la costa, el mar estaba a punto de convertirse en escenario de una tragedia que todavía hoy forma parte de la historia reciente de la isla.
Hay tardes que parecen destinadas a no dejar huella. El verano avanza, las calles mantienen su actividad, los turistas disfrutan de la isla y el aeropuerto continúa con su habitual movimiento de llegadas y salidas.
Pero aquella tarde del 27 de agosto de 1998, algo cambió.
Una pequeña avioneta que había salido del aeropuerto de Lanzarote para realizar un vuelo turístico sobre la isla no regresaría a tierra.
A bordo viajaban cuatro personas.
Las cuatro murieron.
Han pasado 28 años, pero aquel accidente continúa siendo una de las páginas más dolorosas de la historia reciente de Lanzarote. El propio Plan de Emergencias Insular lo identifica como el siniestro aéreo más grave ocurrido en la isla.
Un vuelo sobre Lanzarote
La aeronave era una Cessna FR 172 J, matrícula EC-CYG. La investigación oficial la identificó con el expediente A-42/98.
Había partido para realizar un vuelo turístico por Lanzarote.
A bordo se encontraban el piloto, José Antonio Roca-Rey Ruiz Tapiador, de 40 años, y tres pasajeros: Azucena Ruiz Mancebo, María Ángeles López García y José Javier Viana López.
Habían sobrevolado la isla y, después de contemplar desde el aire algunos de sus paisajes volcánicos, emprendieron el regreso al aeropuerto.
Era el final de un vuelo turístico.
Pero no sería el final que nadie esperaba.
Las últimas comunicaciones
La documentación judicial permite reconstruir los últimos momentos.
A las 19.11 horas, el piloto contactó con la torre de control de Lanzarote para solicitar instrucciones para incorporarse al circuito de tránsito y aterrizar.
La aeronave recibió instrucciones para incorporarse al tramo correspondiente de la pista. En aquel momento existía tráfico aéreo en las proximidades del aeropuerto.
La avioneta debía mantener la separación correspondiente y ajustar su aproximación.
Después llegó el silencio.
La comunicación con la Cessna se perdió y la aeronave terminó precipitándose al mar durante su aproximación al aeropuerto de Guacimeta.
El accidente quedó registrado oficialmente como un siniestro con cuatro víctimas mortales.
El mar como escenario de la tragedia
Para quienes se encontraban en tierra, comenzó entonces una carrera contra el tiempo. Equipos de emergencia y rescate se movilizaron para localizar a los ocupantes.
El entorno de El Varadero, en Puerto del Carmen, se convirtió en uno de los puntos desde los que se desarrollaron las operaciones.
Una fotografía conservada actualmente por Memoria de Lanzarote permite regresar visualmente a aquel momento. La imagen muestra a la Guardia Civil acordonando la zona de El Varadero mientras los equipos de rescate trasladaban a tierra el cuerpo de uno de los fallecidos. La fotografía fue realizada por Jesús Porteros y pertenece al archivo de La Voz de Lanzarote.
Es difícil contemplarla casi tres décadas después sin imaginar el desconcierto de quienes aquella tarde se acercaron al lugar intentando comprender qué había sucedido.
El mar, que tantas veces representa para Lanzarote una fuente de vida, de trabajo y de identidad, se había convertido aquella tarde en el escenario de una tragedia.
Cuatro nombres
Con el paso del tiempo, las noticias suelen reducir los accidentes a cifras.
Cuatro fallecidos.
Una avioneta destruida.
Una investigación.
Un expediente.
Pero detrás de aquel número había cuatro personas.
José Antonio Roca-Rey Ruiz Tapiador.
Azucena Ruiz Mancebo.
María Ángeles López García.
José Javier Viana López.
Cuatro nombres que quedaron unidos para siempre a Lanzarote aquel 27 de agosto.
Y detrás de ellos quedaron también familias que tuvieron que enfrentarse a una pérdida inesperada y a preguntas que tardarían años en encontrar —o no encontrar— respuesta.
Una investigación llena de preguntas
Desde los primeros momentos surgió una cuestión fundamental:
¿Qué había provocado el accidente?
La investigación técnica y posteriormente la vía judicial analizaron diferentes posibilidades.
Entre ellas estuvo la influencia que pudiera haber tenido la estela turbulenta de un Boeing 757 que se encontraba en las proximidades durante las operaciones de aproximación.
También se examinó la actuación del controlador aéreo y la separación entre las aeronaves.
La investigación judicial llegó a atribuir inicialmente al controlador una posible imprudencia en el tráfico aéreo. La Fiscalía solicitó la apertura de juicio oral y el caso generó una importante controversia.
Pero la historia no terminó ahí.
El controlador fue finalmente absuelto y aquella absolución fue confirmada posteriormente por el Tribunal Supremo.
Por eso, cuando hoy se recuerda aquel accidente, es importante distinguir entre las hipótesis investigadas y las causas que pudieron acreditarse judicialmente.
La tragedia ocurrió.
Las cuatro personas murieron.
La avioneta cayó al mar.
Pero la causa exacta del accidente no quedó establecida con la certeza necesaria para atribuir responsabilidad penal al controlador.
Una historia que tardó años en cerrarse
El accidente no terminó el 27 de agosto.
La investigación continuó.
Las familias siguieron buscando respuestas.
La documentación del caso tardó en completarse. En 1999, un juzgado llegó a requerir al Ministerio de Fomento el informe de la comisión investigadora, mientras continuaban las diligencias para esclarecer lo ocurrido.
En 2001, tres años después de la tragedia, el caso seguía vivo en los tribunales.
La insistencia de la familia del piloto mantuvo abierta la búsqueda de responsabilidades y el proceso judicial continuó avanzando.
Y todavía años después hubo nuevas decisiones judiciales relacionadas con las reclamaciones de la familia.
En 2010, el Tribunal Supremo rechazó la reclamación de indemnización formulada contra la Administración por la familia del piloto, al considerar que no había quedado acreditada la responsabilidad patrimonial de esta en el accidente.
Habían transcurrido doce años desde aquella tarde.
El valor de conservar la memoria
Quizá hoy, para muchos lanzaroteños, aquel accidente sea apenas una referencia perdida en alguna hemeroteca.
Los años han pasado.
El aeropuerto ha cambiado.
La isla ha cambiado.
El volumen de pasajeros y de operaciones aéreas es muy diferente al de 1998. También han cambiado las personas.
Quienes entonces eran niños hoy son adultos. Quienes tenían veinte o treinta años hoy contemplan aquella época desde la distancia que imponen casi tres décadas.
Y precisamente por eso resulta importante conservar la memoria.
Porque una sociedad no recuerda solamente sus grandes celebraciones.
También recuerda sus tragedias.
Las fotografías de La Voz de Lanzarote conservadas en Memoria de Lanzarote, los documentos oficiales, las crónicas periodísticas y los expedientes judiciales permiten reconstruir hoy aquella tarde desde diferentes perspectivas.
Son piezas de una memoria colectiva que, de otro modo, terminaría desapareciendo.
27 de agosto
Quizá lo más conmovedor de recordar este aniversario no sea hablar de aviones, de control aéreo, de investigaciones o de tribunales.
Quizá sea detenernos un momento en los cuatro nombres.
Porque las estadísticas dicen que fueron cuatro víctimas.
La historia dice que fueron cuatro personas.
Tenían proyectos, familias, recuerdos, conversaciones pendientes y un futuro que aquella tarde quedó interrumpido sobre el océano.
El vuelo había comenzado como tantos otros vuelos turísticos.
Una manera de contemplar Lanzarote desde arriba.
De ver sus volcanes, sus tierras negras, sus costas y ese paisaje que desde el aire adquiere otra dimensión.
Y terminó de la manera más inesperada.
Veintiocho años después
El 27 de agosto de 2026 se cumplen 28 años de aquella tragedia.
Quizá no haya una placa visible para quienes hoy pasean por Puerto del Carmen.
Quizá muchos de los que contemplan el mar desde El Varadero desconozcan que allí quedaron vinculados algunos de los recuerdos más dolorosos de aquella tarde.
Pero la memoria no necesita siempre monumentos.
A veces necesita solamente que alguien vuelva a contar una historia.
Que vuelva a pronunciar unos nombres.
Que recuerde que detrás de un accidente hubo personas.
Por eso hoy merece la pena detenerse ante aquella fecha.
No para reabrir una herida.
No para señalar culpables que los tribunales no consideraron responsables. No para convertir la tragedia en espectáculo.
Sino para recordar.
Para decir que el 27 de agosto de 1998, cuatro personas salieron a contemplar Lanzarote desde el cielo y nunca regresaron.
Y que, 28 años después, sus nombres todavía pueden formar parte de la memoria de esta isla. José Antonio Roca-Rey Ruiz Tapiador.
Azucena Ruiz Mancebo.
María Ángeles López García.
José Javier Viana López.
Cuatro nombres.
Una tarde de agosto.
Una avioneta.
El mar.
Y una historia que Lanzarote no debería olvidar.
Añadir La Voz de Lanzarote como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
