Durante décadas, conseguir agua en Lanzarote exigió esfuerzo, dinero y una adaptación constante a la escasez. Por eso, la noticia publicada el 15 de octubre de 1952 sobre las galerías de Famara despertó tantas expectativas: las captaciones subterráneas comenzaban a ofrecer resultados y la llegada del agua a Arrecife parecía cada vez más cercana. Las cifras difundidas alimentaban la esperanza de un cambio profundo en una isla donde cada litro tenía un valor que iba mucho más allá de su precio.
La crónica, firmada por Guillermo Topham Guito y publicada en la sección «Falange en Lanzarote» del periódico Falange, recogía los avances de una obra llamada a transformar el abastecimiento de la capital. Para comprender su importancia hay que volver a una realidad en la que el agua condicionaba la alimentación, la agricultura, la actividad económica y la vida doméstica. Conseguirla podía exigir desplazamientos, animales de carga y jornadas enteras de esfuerzo.
Una isla que medía la vida en litros
La escasez era anterior a las galerías y a las primeras redes de abastecimiento. Durante siglos, las maretas, los aljibes, los pozos y los nacientes permitieron aprovechar un recurso irregular, dependiente de unas precipitaciones que no siempre llegaban cuando más se necesitaban. Almacenar la lluvia era una necesidad básica: de ello dependía disponer de agua durante los meses secos.
A mediados del siglo XX, la situación alcanzó una dimensión especialmente grave. La investigación de Francisca María Perera Betancort, recogida en Historia del agua en Lanzarote, señala que Arrecife disponía de una dotación aproximada de cinco litros por habitante y día. El agua alcanzaba precios elevados: el metro cúbico costaba normalmente 25 pesetas y, durante las sequías extremas, podía llegar a 80.
La dificultad no afectaba únicamente a la capital. En distintos pueblos, las familias debían desplazarse hasta los lugares donde quedaba agua y regresar con la cantidad que podían transportar. Camellos, burros y otros animales de carga formaban parte de aquella economía cotidiana, mientras muchas personas recorrían caminos con recipientes sobre los hombros o la cabeza. La falta de forraje debilitaba a los animales y encarecía aún más el transporte.
Las consecuencias se extendían a la agricultura y la ganadería. Sin agua suficiente, las cosechas quedaban expuestas a las sequías, el ganado necesitaba recursos cada vez más escasos y las industrias encontraban dificultades para mantener su actividad. El problema no se reducía al consumo doméstico: comprometía buena parte de la economía insular y agravaba las condiciones de vida de una población para la que la emigración constituía, en ocasiones, una salida.
En aquel contexto, aprovechar de manera regular el agua del macizo de Famara significaba intentar modificar unas condiciones materiales que habían condicionado durante generaciones el desarrollo de Lanzarote.
Un proyecto que tardó años en hacerse realidad
La idea de aprovechar las aguas de Famara no nació en 1952. El macizo ya proporcionaba agua mediante fuentes y captaciones, pero el reto consistía en obtener un caudal suficiente y transportarlo hasta Arrecife mediante una infraestructura capaz de sostener el abastecimiento.
El 6 de enero de 1946, el Ayuntamiento de Teguise acordó por unanimidad impulsar el suministro de agua procedente de Famara para la capital. En febrero visitó Lanzarote el ministro de Obras Públicas, José María Fernández-Ladreda, y en agosto de aquel año se concedió la aprobación definitiva al proyecto de abastecimiento, con un presupuesto inicial de 1,8 millones de pesetas.
La ejecución no avanzó sin dificultades. En enero de 1947 se publicó la orden para subastar las obras y, en abril, el Consejo de Ministros autorizó su realización. Los problemas iniciales para adjudicarlas retrasaron una intervención que exigía perforar la montaña, instalar equipos de bombeo y construir una conducción hasta la capital.
El presupuesto ascendió posteriormente a 3,5 millones de pesetas, con una financiación prevista del 75 % por parte del Ministerio de Obras Públicas y del 25 % por el Cabildo de Lanzarote. La inversión refleja la envergadura de una actuación que no se limitaba a encontrar agua: había que extraerla, elevarla desde el Risco y conducirla hasta los depósitos de Arrecife.
La infraestructura debía superar el desnivel del macizo mediante sistemas de bombeo y resolver después el transporte y el almacenamiento. Cada fase resultaba imprescindible para convertir el agua disponible en la montaña en un recurso accesible para la población.
El trabajo dentro de la montaña
Detrás de las cifras presupuestarias hubo un trabajo físico que merece ocupar un lugar central en esta historia. Perera Betancort describe cuadrillas de obreros, muchos de ellos procedentes del municipio de Teguise, que perforaban la roca con explosivos y maquinaria en condiciones especialmente duras.
La dureza de la piedra obligaba a recurrir a cargas de dinamita para abrir paso. A medida que avanzaban las galerías, la ventilación se complicaba y los gases de las explosiones tardaban más en salir. La historiadora recoge testimonios sobre trabajadores que sufrían mareos y llegaban a perder el conocimiento, mientras sus compañeros tenían que sacarlos al exterior para que pudieran respirar aire fresco.
Aquella perforación subhorizontal, realizada con los medios disponibles en la época, representó un esfuerzo que no puede resumirse en los presupuestos ni en los metros excavados. El agua que posteriormente llegó a Arrecife fue también resultado del trabajo de quienes se adentraron en la montaña y afrontaron los riesgos de una obra de gran dificultad.
La historia de Famara no se entiende únicamente a través de las decisiones administrativas y las inversiones públicas. También debe reconocer a los trabajadores que hicieron posible la captación y la conducción del agua en unas condiciones que los testimonios históricos describen como especialmente exigentes.
La noticia que anunció 35 litros por habitante
El 15 de octubre de 1952, el periódico Falange publicó el titular «Trescientas toneladas diarias están produciendo las nuevas galerías de Famara». La crónica de Guillermo Topham Guito anunciaba que el agua llegaría a Arrecife en la primavera de 1953 y planteaba una dotación de 35 litros diarios por habitante.
La cifra contrastaba con los cinco litros que se estimaban disponibles por persona y día en la capital. La expectativa era considerable: multiplicar por siete aquella dotación suponía imaginar una mejora sustancial en la higiene doméstica, la preparación de alimentos y las necesidades cotidianas.
Conviene distinguir entre la producción anunciada, la dotación prevista y el suministro que realmente podía recibir cada vecino. Las 300 toneladas diarias correspondían a la cifra difundida por la prensa en octubre de 1952; los 35 litros constituían una previsión, no una garantía de que cada hogar fuera a disponer efectivamente de esa cantidad.
La conducción y los depósitos debían completar su función, y la distribución requería una organización propia. La obra avanzaba hacia su objetivo, pero todavía quedaba por resolver cómo hacer llegar el agua hasta la población y en qué condiciones se prestaría el servicio.
El primer chorro llegó a Arrecife
El 19 de junio de 1953, a las 13.45 horas, el primer caudal procedente de las galerías de Famara llegó a las Maretas del Estado, según la cronología de Memoria Digital de Lanzarote, que remite a la información publicada por Antena el 23 de junio de aquel año.
El acontecimiento tuvo una dimensión colectiva. El 27 de junio se celebró la Fiesta del Agua, con diversos actos y la bendición de una fuente en el Muelle Chico. La llegada del caudal representaba un avance importante para Arrecife, que comenzaba a disponer de una nueva fuente de abastecimiento conducida desde el macizo.
Pero la inauguración no significó que el agua llegara inmediatamente a los grifos de las viviendas. El reparto público comenzó el 30 de julio, con puntos de suministro en el Muelle Chico y en La Vega. La cronología documental confirma que el agua se entregaba en latas y recipientes, y que también se utilizaban carros y camiones para transportarla.
Los vecinos debían adaptarse a los horarios y a los lugares habilitados para recogerla. La llegada del caudal a las Maretas del Estado había resuelto una parte fundamental del problema, pero el abastecimiento doméstico exigía todavía nuevas infraestructuras.
En septiembre de 1953, el Cabildo encargó la redacción de un proyecto para conducir el agua hasta los aljibes del casco urbano. En octubre se firmó el proyecto de distribución domiciliaria, con un presupuesto de 373.472,34 pesetas. La llegada del agua a la capital y su disponibilidad dentro de las viviendas fueron, por tanto, etapas distintas de una transformación que requería tiempo e inversión.
La sequía volvió a poner a prueba la solución
Las galerías de Famara cambiaron la historia del abastecimiento de Arrecife, pero no eliminaron la vulnerabilidad hidráulica de Lanzarote. La producción estaba limitada por la capacidad de las captaciones y la demanda incluía a la población, la ganadería, los puertos y las actividades industriales.
La prueba más clara llegó en 1957. La falta de lluvias obligó a reducir el suministro y a solicitar nuevamente el transporte de agua en buques cisterna. La investigación histórica recoge una demanda insular estimada en unas 435 toneladas diarias y señala que el caudal de las galerías aumentó hasta alrededor de 170 toneladas diarias en abril. La diferencia seguía siendo considerable.
En abril, el racionamiento llegó a reducirse a cinco litros por persona y día. Los buques de la Marina y los barcos correos contribuyeron al abastecimiento, pero la escasez continuó afectando a la población, la agricultura y la ganadería.
La crisis de 1957 permite comprender los límites de la promesa anunciada cinco años antes. Las galerías habían abierto una vía nueva para obtener agua, pero no podían garantizar por sí solas un suministro suficiente y permanente en una isla expuesta a sequías prolongadas.
La memoria de una promesa
La noticia de octubre de 1952 documenta un momento en el que una obra largamente esperada parecía anunciar una transformación de la vida cotidiana. La previsión de 35 litros por habitante resumía la aspiración de dejar atrás una realidad en la que conseguir agua podía exigir horas de esfuerzo y un gasto considerable para las familias.
La llegada del primer caudal convirtió aquella expectativa en una realidad tangible. Hubo celebración, se habilitaron puntos públicos de reparto y comenzó una nueva etapa para Arrecife. Sin embargo, la crisis posterior demostró que encontrar agua y garantizar el abastecimiento eran problemas diferentes.
La historia de Famara reúne el esfuerzo de una población acostumbrada a convivir con la escasez, el trabajo de quienes perforaron el Risco y la construcción de una infraestructura que supuso un avance decisivo sin resolver de forma definitiva el problema.
Famara no acabó con la sed de Lanzarote, pero cambió la historia de su abastecimiento. La noticia publicada aquel octubre permite recuperar el momento en que la esperanza comenzó a tomar forma y recordar cuánto esfuerzo exigió llevar el agua desde la montaña hasta la capital.
Fuentes documentales
• Perera Betancort, Francisca María. «Historia del agua en Lanzarote», en La cultura del agua en Lanzarote. Gobierno de Canarias y Cabildo de Lanzarote, La Laguna, 2006.
• Memoria Digital de Lanzarote. Catálogo documental «Agua»: noticia del 15 de octubre de 1952 sobre la producción de las galerías de Famara.
• Memoria Digital de Lanzarote. Cronología del 19 de junio de 1953 (llegada del agua a las Maretas del Estado), 27 de junio de 1953 (Fiesta del Agua) y 30 de julio de 1953 (inicio del reparto público).
• Antena, 14 de mayo de 1957, «Nuestro problema del agua», citado por Perera Betancort.
• Boletín Oficial del Estado, enero y abril de 1947, disposiciones sobre la subasta y autorización de las obras de abastecimiento de agua de Arrecife.
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