El día en que la tierra cambió de dirección
El 1 de septiembre de 1730 Lanzarote comenzó a cambiar para siempre. La tierra se abrió en las proximidades de Chimanfaya y durante semanas las erupciones fueron transformando el centro de la isla en un paisaje irreconocible.
El relato atribuido al sacerdote de Yaiza Andrés Lorenzo Curbelo permite seguir aquella catástrofe casi jornada a jornada. Y el 7 de septiembre aparece como una fecha especialmente dramática: una enorme roca surgió violentamente del interior de la tierra y la corriente de lava modificó su trayectoria, avanzando hacia el noroeste y el oeste-noroeste.
En ese avance quedaron Maretas y Santa Catalina.
Santa Catalina existía antes de que llegara el volcán
Conviene detenerse aquí, porque el nombre puede llevar a engaño. La Santa Catalina de 1730 no era el actual núcleo de Los Valles de Santa Catalina, en Teguise. Era unaantigua poblado situado mucho más al sur, en el territorio que hoy asociamos al paisaje volcánico de Tinajo.
La investigación de Agustín Pallarés permite aproximar su emplazamiento al entorno de la actual Montaña de Santa Catalina, en la antigua Vega de Santa Catalina, junto al área de la Caldera de la Rilla. Esta última se encuentra aproximadamente a tres kilómetros y medio al oeste-suroeste de Tinguatón. No hablamos, por tanto, de un pueblo perdido en una leyenda, sino de un lugar cuya posición puede reconstruirse a partir de la toponimia, la documentación histórica y el paisaje volcánico.
«El buen lugar de Santa Catalina con su Iglesia»
La documentación contemporánea de la erupción resulta especialmente conmovedora. Un escrito del Cabildo de Lanzarote dirigido a la Audiencia en octubre de 1730 enumeraba los lugares afectados y mencionaba expresamente «el buen lugar de Santa Catalina con su Iglesia». La frase permite imaginar lo que desapareció: no solamente tierras cubiertas de lava, sino una comunidad organizada, sus viviendas, sus espacios de cultivo y su edificio religioso. La erupción no dejó un pueblo abandonado para ser reconstruido. Dejó un pueblo sepultado.
La imagen que escapó del volcán
Pero la historia no terminó con la llegada de la lava. Los habitantes que pudieron huir buscaron otros lugares de la isla. Y con ellos viajó algo que podía conservarse cuando ya no podían conservarse las casas: la memoria.
La imagen de Santa Catalina, junto con sus joyas, pudo ser salvada y depositada en la iglesia de Teguise.
Con el tiempo sería llevada a la nueva iglesia de Los Valles. Así, mientras la antigua poblado encontraban un nuevo hogar. quedaba cubierta por el malpaís, su patrona y su nombre
El nombre que sobrevivió
Aquí aparece quizá la parte más desconocida de esta historia. Los Valles de Santa Catalina, en Teguise, no deben entenderse simplemente como un topónimo más de Lanzarote. Su denominación está vinculada a la memoria de aquella población destruida por los volcanes. El pueblo original desapareció. Sus habitantes tuvieron que rehacer sus vidas. Pero Santa Catalina continuó siendo pronunciada, escrita y recordada. El volcán pudo borrar las casas. No consiguió borrar completamente el nombre.
Un pueblo que hoy no podemos ver
Quien atraviesa hoy el entorno de Tinguatón, contempla la Montaña de Santa Catalina o se acerca hacia la Caldera de la Rilla encuentra volcanes, conos, malpaís y un paisaje aparentemente deshabitado. Pero ese paisaje fue construido sobre otro paisaje humano. Debajo de las lavas que admiramos como patrimonio natural existió una Lanzarote de agricultores, familias, caminos, cultivos y lugares de culto. Santa Catalina forma parte de esa geografía desaparecida que solo la historia puede devolvernos.
El 7 de septiembre vuelve a ponerle nombre al paisaje
El 7 de septiembre de 1730 no fue solamente una jornada más de las erupciones de Timanfaya. Fue el día en que una modificación del avance de las coladas condujo el fuego hacia Maretas y Santa Catalina y acabó con una comunidad humana. Hoy podemos aproximarnos al lugar. Podemos identificar sus referencias geográficas. Podemos pronunciar su nombre. Lo que ya no podemos hacer es encontrar sus calles. Porque Santa Catalina dejó de existir como pueblo hace 296 años.
Una memoria que el volcán no pudo sepultar
Hay catástrofes que destruyen edificios. Otras transforman paisajes. Y algunas hacen las dos cosas al mismo tiempo. La historia de Santa Catalina reúne las tres dimensiones. Una poblado quedó bajo la lava. El paisaje que la rodeaba fue transformado para siempre. Y sus habitantes tuvieron que comenzar de nuevo. Pero quedó una imagen. Quedó un topónimo. Quedó una tradición. Y quedó, esperando ser recuperada, una historia que quizá muchos lanzaroteños —como quien escribe estas líneas hasta conocerla— nunca habían relacionado con el paisaje que recorren. Santa Catalina desapareció del mapa aquel septiembre de 1730. Pero Lanzarote se negó a olvidarla.
Los Valles de Santa Catalina son, tres siglos después, una de las huellas visibles de aquella memoria.
Precisión histórica
La ubicación del antiguo caserío se ofrece como reconstrucción histórica y no como una coordenada arqueológica exacta. La documentación y los estudios toponímicos permiten situarlo en el entorno de la actual Montaña de Santa Catalina y la Caldera de la Rilla, en las proximidades de Tinguatón. No debe confundirse con los actuales Valles de Santa Catalina, en Teguise.
Fuentes de referencia: Andrés Lorenzo Curbelo y documentación contemporánea de la erupción de 1730; estudios de Agustín Pallarés sobre toponimia y volcanología histórica de Lanzarote; documentación histórica del Archivo de Teguise y del Cabildo de Lanzarote.
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