El niño sin nombre que inauguró el libro de los muertos de Yaiza

El 12 de septiembre de 1728, cuando la nueva parroquia de Nuestra Señora de los Remedios comenzaba a escribir su propia historia, la primera partida de defunción dejó constancia del entierro de un niño cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros

Fuente: Archivo Parroquial de Nuestra Señora de los Remedios de Yaiza, Libro Primero de Defunciones (1728-1769), fols. 115-115v. Referencia ULPGC. Recreación digital.

No sabemos su nombre. Tampoco su edad, ni de qué murió. Solo sabemos que era un niño, que sus padres se llamaban Francisco Bravo y Catalina Rodríguez y que ambos eran vecinos de Femés. Sabemos también que, el 12 de septiembre de 1728, sus restos fueron enterrados en el recinto de la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios de Yaiza. Y sabemos algo más: aquella sencilla anotación se convirtió en la primera partida del libro de defunciones de la recién creada parroquia. 

Detrás de aquella anotación aparentemente escueta había, sin embargo, una transformación profunda en la vida de los habitantes del sur de Lanzarote. Durante años, los vecinos de Yaiza, Femés y otros pagos de esta parte de la isla habían tenido que desplazarse hasta la Villa de Teguise para recibir sacramentos como el bautismo, el matrimonio o el entierro. La distancia y las dificultades del desplazamiento explican que los vecinos reclamaran al obispo la presencia estable de un sacerdote y la conversión de la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios en una parroquia capaz de atender directamente a aquella población. 

La petición no fue solamente una cuestión religiosa. Los propios vecinos tuvieron que comprometerse a sostener económicamente aquella nueva realidad. Según la documentación histórica conservada sobre el templo, vecinos principales de Yaiza, Femés, Las Casitas, Uga y Chupadero firmaron una escritura por la que se obligaban a contribuir a los gastos ocasionados por los sacerdotes y por la construcción y acondicionamiento de la iglesia. Llegaron a reunir 170 fanegas de trigo para venderlas en Gran Canaria, además de las limosnas que fueron recaudando. La nueva parroquia, por tanto, nació también del esfuerzo material de quienes necesitaban tener más cerca los servicios religiosos. 

El proceso culminó en septiembre de 1728. El día 10 se produjo la erección canónica de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios y dos días después, el 12 de septiembre, tuvo lugar la entronización del Santísimo Sacramento. La ceremonia fue oficiada por don Ambrosio Cayetano de Ayala, beneficiado propietario de la parroquia de Teguise. A partir de aquel momento comenzaron a registrarse los libros sacramentales de la nueva comunidad. 

Y la primera historia que quedó escrita no fue la de un bautismo, ni la de un matrimonio, sino la de una muerte. 

La primera partida del libro de defunciones quedó asentada precisamente el 12 de septiembre de 1728. En ella se hace constar el entierro, dentro del recinto de la iglesia, de un niño hijo de Francisco Bravo y Catalina Rodríguez, vecinos de Femés. La fuente que conserva esta referencia no aporta su nombre, su edad ni la causa de su muerte. Tampoco permite reconstruir, con los datos disponibles, las circunstancias concretas de aquel fallecimiento. 

Ese silencio es importante. En una época en la que los documentos parroquiales constituyen una de las principales vías para reconstruir la vida de las personas, la partida nos entrega apenas unas pocas pistas: un niño, dos padres, Femés como lugar de vecindad y Yaiza como lugar de enterramiento. No hay nombre que pronunciar hoy. No hay edad que imaginar. No hay una historia personal que podamos completar con seguridad. 

Pero sí hay una certeza documental: fue el primero en quedar registrado entre los muertos de la nueva parroquia. 

Su entierro también permite comprender mejor la función que comenzaba a desempeñar Nuestra Señora de los Remedios. La iglesia no era únicamente un lugar de culto. En una sociedad en la que todavía no existía el Registro Civil, los libros parroquiales constituían una parte fundamental de la memoria documental de las comunidades. Bautismos, matrimonios y defunciones quedaban asentados en sus páginas y, con ellos, generaciones enteras de habitantes podían ser rastreadas siglos después. 

El templo de Yaiza conservó además durante mucho tiempo la función de espacio funerario. La documentación histórica señala la existencia de un antiguo cementerio en el propio recinto de la iglesia, hasta el punto de que parte del suelo actual cubre el espacio que anteriormente tuvo ese uso. Por eso el entierro del pequeño vecino de Femés no constituye una circunstancia extraña para aquel momento: formaba parte de las prácticas funerarias de la época y de la propia vida de la iglesia. 

La nueva parroquia comenzó pronto a registrar también nacimientos y matrimonios. El 30 de septiembre de 1728 aparece la primera partida matrimonial, correspondiente a José Linares y Lorenza de la Cruz, vecinos de Yaiza, aunque ambos ya habían contraído matrimonio en la parroquia de La Villa. Y el 6 de octubre quedó registrada la primera partida de bautismo: María, hija legítima de Marcial Machín y María de la Cruz, vecinos de Yaiza. 

La sucesión de aquellas primeras anotaciones resulta casi simbólica. Primero, una muerte. Después, un matrimonio. Finalmente, un nacimiento. Tres acontecimientos esenciales de la vida de una comunidad que comenzaron a quedar recogidos en los nuevos libros parroquiales. 

Al frente de aquella parroquia quedó don Andrés Lorenzo Curbelo, destinado a convertirse pocos años después en una figura fundamental de la historia de Lanzarote. Curbelo sería testigo directo de las erupciones volcánicas que transformaron la isla entre 1730 y 1736 y dejó escrito el célebre relato de aquellos acontecimientos. La iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, recién incorporada a la vida parroquial, terminaría convirtiéndose así en uno de los lugares que sobrevivieron a aquella extraordinaria transformación del paisaje lanzaroteño. 

Cuando comenzaron las erupciones, apenas habían transcurrido dos años desde aquel 12 de septiembre. El templo que había comenzado a registrar bautismos, matrimonios y defunciones quedó rodeado por un territorio que cambiaría radicalmente. La iglesia sobrevivió a los temblores y a las coladas y continuó siendo un punto de referencia para los vecinos de la zona. 

Pero antes de convertirse en testigo de las erupciones, de las procesiones, de las generaciones y de la historia de Yaiza, aquel templo tuvo que comenzar a escribir su propia memoria. Y esa memoria empezó con una muerte. 

No resulta difícil imaginar que aquel día la atención de los vecinos estuviera puesta en la ceremonia de entronización del Santísimo Sacramento y en el comienzo de una nueva etapa religiosa para Yaiza. Sin embargo, entre todos los nombres y acontecimientos que acompañaron el nacimiento de la parroquia, uno quedó fijado para siempre en la primera página del libro de defunciones: el de un niño que ni siquiera fue identificado por su nombre. 

Quizá ahí reside la verdadera fuerza de esta efeméride. La historia de la creación de una parroquia podría contarse únicamente a través de obispos, sacerdotes, documentos, fechas, obras y decisiones administrativas. Pero el primer registro que nos devuelve una persona concreta no pertenece a ninguno de esos protagonistas. Pertenece a un niño. 

Un niño de Femés. 

Un hijo de Francisco Bravo y Catalina Rodríguez. 

Un pequeño cuya vida quedó fuera de las grandes crónicas, pero cuya muerte terminó abriendo uno de los libros que hoy permiten reconstruir la historia cotidiana de Yaiza. 

El Libro Primero de Defunciones de la parroquia abarca desde 1728 hasta 1769. Durante más de cuatro décadas sus páginas fueron acumulando nombres, familias y generaciones. Cada anotación convirtió una muerte particular en un pequeño fragmento de memoria. Pero ninguna tiene exactamente el mismo significado que la primera, porque aquella fue la que abrió el registro. 

Y ese primer nombre, paradójicamente, no lo conocemos. 

Sabemos que existió porque alguien decidió escribir que había sido enterrado. Sabemos quiénes fueron sus padres y sabemos de dónde procedían. Sabemos dónde recibió sepultura y sabemos exactamente cuándo quedó incorporado a la historia documental de la nueva parroquia. Todo lo demás se perdió. 

El 12 de septiembre de 1728, Yaiza comenzó a escribir la memoria de su nueva comunidad parroquial. Y la primera página del libro de los muertos quedó ocupada por un niño cuyo nombre desconocemos. 

Fue el primero en quedar escrito entre los muertos de la nueva parroquia. Y quizá esa sea la única forma que tenemos hoy de devolverle algo de lo que el tiempo le quitó: un lugar en la memoria. 

 

FUENTES DOCUMENTALES 

1. Historia de Yaiza, «La Iglesia de Ntra. Sra. de Los Remedios (IV)». Documento histórico sobre la erección canónica de la parroquia, la entronización del Santísimo Sacramento y las primeras partidas sacramentales, incluida la primera partida de defunción del 12 de septiembre de 1728. 

2. Historia de Yaiza, «Datos sobre el histórico templo de Nuestra Señora de los Remedios» y «Templo de Los Remedios, parte de un pueblo». Información sobre la dependencia anterior de Teguise, el esfuerzo vecinal para sostener la nueva parroquia y las primeras celebraciones y partidas. 

3. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), estudio de Historia del Arte. Referencia al Archivo Parroquial de Nuestra Señora de los Remedios de Yaiza y a sus libros sacramentales, incluido el Libro Primero de Defunciones (1728-1769). 

4. Censo-Guía de Archivos de España e Iberoamérica, Fondo documental de la Parroquia de Nuestra Señora de los Remedios de Yaiza. Referencia a la documentación parroquial y al fondo de Femés. 

5. Sergio A. Oliva y Guillermo Perdomo, «Documentos para la historia de Yaiza: del s. XVII a 1920», LeCanarien Ediciones, 2021. Estudio basado, entre otras fuentes, en protocolos notariales y documentación parroquial de Nuestra Señora de los Remedios desde 1728.

 

 

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