Hay fechas que parecen cerrar una historia y otras que, con el paso del tiempo, terminan demostrando que en realidad estaban abriendo una pregunta. El 7 de octubre de 1993 pertenece a las segundas. Aquel día, el Consejo Internacional del Programa MaB de la UNESCO acordó declarar Lanzarote Reserva de la Biosfera, incorporando a la isla a una red internacional concebida para buscar un equilibrio entre la conservación de los valores naturales y culturales y el desarrollo de las comunidades que viven en esos territorios.
La decisión había sido precedida por un proceso iniciado el año anterior. El Pleno del Cabildo de Lanzarote había acordado el 26 de abril de 1992 iniciar los trámites para solicitar la declaración y el Gobierno de Canarias adoptó el 6 de noviembre de ese mismo año el acuerdo para poner en marcha formalmente la candidatura. El reconocimiento de 1993 no fue, por tanto, una decisión improvisada, sino el resultado de un proceso institucional que respondía también a una preocupación cada vez mayor por el futuro territorial de la isla.
Pero la historia de la Reserva de la Biosfera no puede explicarse únicamente desde las instituciones, porque Lanzarote llevaba décadas experimentando una transformación que había alterado profundamente su economía, su paisaje y su relación con el exterior. El turismo había dejado de ser una actividad emergente para convertirse en el principal motor de la economía insular, y las cifras permiten comprender la velocidad del cambio: las llegadas internacionales habían pasado de 763.936 en 1990 a 998.094 en 1992 y a 1.039.550 en 1993, mientras que el conjunto de turistas registrados en la isla alcanzó ese último año 1.190.222.
Aquella era, por tanto, la Lanzarote que la UNESCO estaba reconociendo: una isla volcánica de extraordinario valor paisajístico, pero también una isla turística, sometida a una presión creciente y obligada a afrontar las consecuencias de una transformación económica acelerada. El reconocimiento no se producía sobre un territorio aislado de la actividad humana, sino precisamente sobre una isla donde naturaleza, población, agricultura, urbanización y turismo convivían en un espacio limitado.
Ese carácter resultaba especialmente significativo dentro del propio Programa MaB. Lanzarote y Menorca fueron declaradas Reservas de la Biosfera el mismo 7 de octubre de 1993, en un momento en que la red comenzaba a prestar mayor atención a territorios insulares donde existía una intensa presencia humana. En el caso de Lanzarote, la declaración comprendió la isla en su conjunto y todos sus núcleos de población, una característica que la diferenciaba de la imagen de una reserva entendida únicamente como espacio natural protegido.
En esa transformación resultaba imposible ignorar la figura de César Manrique, aunque reducir todo el proceso a su persona supondría simplificar una historia mucho más compleja. Su defensa del paisaje, la intervención artística sobre determinados espacios naturales y la creación y consolidación de los Centros de Arte, Cultura y Turismo contribuyeron a construir una imagen de Lanzarote en la que turismo, arte y naturaleza podían formar parte de un mismo relato.
La propia trayectoria de la Reserva reconoce la influencia de Manrique en el proceso que condujo a la candidatura y señala su defensa del modelo territorial insular como uno de los elementos que acompañaron aquella iniciativa. Sin embargo, cuando la UNESCO aprobó la declaración, Manrique ya no estaba allí para contemplarla: había muerto el 25 de septiembre de 1992, apenas un año antes.
Aquella coincidencia temporal encierra una paradoja poderosa. Lanzarote recibía el reconocimiento internacional de unos valores que Manrique había contribuido a defender durante décadas cuando el artista ya había desaparecido, de modo que la declaración llegaba precisamente en el momento en que la isla debía demostrar si aquel modelo podía sobrevivir a su principal impulsor.
Pero Manrique no fue el único protagonista de la transformación. Durante los años ochenta había aumentado la preocupación por la expansión turística y urbanística, mientras diferentes sectores sociales y colectivos defendían la necesidad de introducir límites al crecimiento. La discusión sobre el futuro de Lanzarote había dejado de ser exclusivamente económica para convertirse también en una cuestión territorial, ambiental y cultural.
La tensión entre crecimiento y conservación encontró uno de sus momentos decisivos en el Plan Insular de Ordenación Territorial de 1991. Aquel instrumento, pionero en Canarias, surgió precisamente ante la preocupación por los efectos territoriales del turismo de masas y estableció un techo al crecimiento turístico, limitó los ritmos de expansión y reclasificó como suelo rústico numerosos espacios de valor ambiental y paisajístico. El planeamiento desclasificó además más de 250.000 plazas turísticas previstas en instrumentos anteriores y bloqueó una veintena de planes parciales.
La secuencia resulta reveladora: primero llegó la expansión turística, después creció la preocupación por sus efectos sobre el territorio, posteriormente se adoptaron instrumentos para limitar el crecimiento y, finalmente, Lanzarote obtuvo el reconocimiento de la UNESCO. La Reserva de la Biosfera no apareció, por tanto, como una decisión aislada, sino en el contexto de una discusión que la isla llevaba años manteniendo sobre el modelo de desarrollo que quería para sí misma.
Y precisamente por eso resulta importante entender qué significaba aquella declaración. Ser Reserva de la Biosfera no equivalía a convertir Lanzarote en un parque natural cerrado ni suponía colocar una campana de cristal sobre la isla. El programa MaB plantea la conservación de los valores naturales y culturales junto con el desarrollo económico y social de las poblaciones que habitan esos territorios, buscando que la actividad humana forme parte de un modelo de equilibrio y no sea necesariamente incompatible con la protección del medio.
La delimitación de la Reserva reflejaba esa filosofía, con zonas núcleo, zonas tampón y una amplia zona de transición. La declaración afectaba a los siete municipios de Lanzarote y a todos sus núcleos poblacionales, de manera que la población no quedaba fuera del concepto de Reserva, sino que constituía una parte esencial de él.
Sin embargo, existe un dato ocurrido apenas dos meses después de la declaración que permite contemplar aquella jornada desde una perspectiva muy diferente. En diciembre de 1993, el Cabildo realizó un estudio para conocer el grado de información de la población sobre la nueva Reserva de la Biosfera y el 49,5 % de los encuestados señaló no tener ninguna información, mientras otro 30 % se declaró poco informado. Entre las personas que sí conocían la declaración, el 55,5 % la valoraba de forma positiva o muy positiva.
La paradoja resulta significativa: la UNESCO acababa de colocar el nombre de Lanzarote en una red internacional de territorios de referencia y, sin embargo, casi la mitad de la población reconocía que todavía no sabía nada sobre el significado de aquella declaración. El reconocimiento exterior iba, por tanto, por delante de su interiorización social.
Aquello demostraba que el 7 de octubre de 1993 no había sido el final de un proceso, sino el comienzo de otro mucho más difícil: conseguir que la declaración dejara de ser únicamente un reconocimiento internacional para convertirse en una cultura territorial asumida por quienes vivían en la isla.
El tiempo demostraría que aquel desafío no iba a ser sencillo. En 1993 Lanzarote tenía 72.755 habitantes y registraba 1.190.222 turistas, cifras que reflejaban ya una presión turística extraordinaria para una isla de recursos limitados. Tres décadas después, tanto la población como la actividad turística habían alcanzado magnitudes muy superiores, mientras que el debate sobre la presión ejercida sobre el territorio, los recursos, las infraestructuras y los servicios se había convertido en una de las grandes cuestiones del presente insular.
Ahí aparece la verdadera paradoja de la efeméride. Lanzarote ha conservado una parte extraordinariamente importante de los valores paisajísticos que contribuyeron a que la UNESCO fijara sus ojos en ella, pero al mismo tiempo se ha convertido en un destino turístico de dimensiones muy superiores a las existentes cuando recibió la declaración. La Reserva de la Biosfera no nació para detener el crecimiento, sino para plantear una cuestión mucho más difícil: cómo conseguir que el desarrollo económico sea compatible con la conservación de aquello que da sentido al territorio.
La propia trayectoria de la Reserva muestra que Lanzarote afronta el reto de compatibilizar desarrollo económico y sostenibilidad en un territorio de recursos limitados, y que las políticas de contención iniciadas con el Plan Insular de 1991 fueron uno de los elementos fundamentales de su evolución como Reserva.
La declaración, por tanto, no puede leerse solamente como una fotografía del pasado. Es también una pregunta dirigida al presente: cuánto puede crecer una isla sin dejar de ser la isla que decidió proteger su paisaje, hasta dónde puede llegar el turismo sin convertir aquello que atrae a millones de visitantes en una víctima de su propio éxito y qué significa realmente ser Reserva de la Biosfera cuando la presión humana sobre el territorio es mucho mayor que aquella que existía en el momento de la declaración.
Quizá por eso aquella fecha merece ser recordada no como el día en que Lanzarote recibió un premio, sino como el día en que la isla recibió un espejo. La UNESCO no inventó el paisaje lanzaroteño, no detuvo su transformación ni garantizó su futuro; reconoció unas condiciones y un modelo de relación con el territorio que, desde entonces, han tenido que enfrentarse a una presión creciente.
El 7 de octubre de 1993, Lanzarote entró en el mapa mundial de las Reservas de la Biosfera. Aquel día ganó un reconocimiento internacional, pero también adquirió una responsabilidad mucho más difícil de cumplir: demostrar que podía seguir creciendo sin dejar de reconocerse a sí misma.
FUENTES
• UNESCO, Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MaB), ficha de la Reserva de la Biosfera de Lanzarote. • Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Programa MaB de España, ficha oficial de Lanzarote. • Gobierno de Canarias, Red Canaria de Reservas de la Biosfera, información oficial sobre Lanzarote.
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