Cada 15 de septiembre, Lanzarote se reconoce en Mancha Blanca. La isla se detiene ante la imagen de Nuestra Señora de Los Volcanes y revive una tradición que nació en uno de los momentos más dramáticos de su historia, cuando las erupciones de 1730 a 1736 transformaron para siempre el territorio, sepultaron pueblos, tierras de cultivo y caminos y obligaron a sus habitantes a convivir durante años con el fuego. La devoción a la Virgen de Los Dolores quedó vinculada desde entonces a aquella memoria volcánica y con el tiempo la celebración se convirtió en una de las grandes expresiones colectivas de identidad de Lanzarote.
La tradición atribuye a la intercesión de la Virgen la detención de las coladas que amenazaban Tinajo y cuenta cómo los vecinos, ante el avance de la lava, acudieron en procesión hacia la zona de Mancha Blanca. La promesa de levantar una ermita si el peligro cesaba forma parte de esa memoria transmitida durante generaciones. Los documentos históricos permiten situar ya en 1735 una petición de vecinos de Tinajo para que Nuestra Señora de Los Dolores actuara como mediadora frente a las erupciones, mientras la tradición local sitúa en 1736 la primera celebración de la fiesta el 15 de septiembre. No es necesario convertir la fe en una explicación científica para comprender su importancia: aquel episodio terminó formando parte de la memoria emocional de toda una isla.
Y quizá por eso el 15 de septiembre ofrece una oportunidad que va más allá de la celebración. No se trata únicamente de mirar hacia Mancha Blanca, admirar a la patrona y expresar nuestra devoción. También es un día perfecto para pararnos, levantar la mirada y observar Lanzarote. Para preguntarnos qué isla hemos construido, hacia dónde la estamos llevando y qué queremos conservar de ella cuando quienes hoy la habitamos ya no estemos.
Porque Lanzarote ha vuelto a entrar en una etapa de transformación. Esta vez no es el volcán quien modifica el territorio. Somos nosotros.
Durante décadas, la isla pasó de una economía marcada por la agricultura, la pesca y la escasez a convertirse en uno de los principales destinos turísticos de Canarias. El paisaje que antes parecía una dificultad se convirtió en uno de sus mayores valores. La arquitectura, la protección del territorio, la ausencia de determinados modelos urbanísticos y la singularidad de sus espacios naturales construyeron una imagen que terminó convirtiéndose en un poderoso atractivo internacional.
El problema aparece cuando el éxito comienza a poner en peligro aquello que lo hizo posible.
El verano de 2026 ha dejado algunos indicadores difíciles de ignorar. En julio, el aeropuerto César Manrique-Lanzarote superó por primera vez los 800.000 pasajeros mensuales, con 800.545 movimientos. La vivienda continuó encareciéndose hasta situarse en junio en torno a los 3.208 euros por metro cuadrado de media insular, mientras el alquiler turístico, aunque descendió respecto al año anterior, seguía representando una presencia considerable. A ello se suman las dificultades estructurales que la isla arrastra en materia de agua, energía, movilidad, residuos y saneamiento.
No son problemas aislados. Forman parte de una misma ecuación.
La cuestión ya no puede plantearse exclusivamente en términos de cuántos turistas queremos recibir. La pregunta más importante es qué capacidad tiene Lanzarote para sostener el modelo económico que hemos construido sin deteriorar las condiciones que hacen posible la vida cotidiana de sus habitantes y sin consumir el patrimonio natural que atrae a quienes nos visitan.
Y en ningún lugar resulta esta pregunta tan evidente como en La Graciosa.
La octava isla reconocida oficialmente como tal desde 2018 continúa administrativamente integrada en Lanzarote y en el municipio de Teguise. Apenas algo más de 700 personas residen permanentemente en ella, pero su dimensión humana contrasta con una presión turística extraordinaria. El puerto de Caleta de Sebo registró 595.461 pasajeros durante 2025, una cifra que permite comprender la magnitud del fenómeno, aunque no equivalga al número de visitantes únicos ni a las personas que permanecen simultáneamente en la isla.
Casi 600.000 pasajeros al año para una comunidad permanente de poco más de 700 habitantes obligan, cuando menos, a formular preguntas.
La Graciosa no es atractiva porque tenga grandes infraestructuras. Precisamente ocurre casi lo contrario. Su valor está, en buena medida, en aquello que todavía no tiene: grandes hoteles, tráfico urbano convencional, centros comerciales, una red de carreteras asfaltadas que atraviese toda la isla o una transformación completa de su paisaje. Su encanto está en la escala, en la tranquilidad, en la naturaleza, en la sensación de aislamiento y en una forma de vida que todavía conserva rasgos difíciles de encontrar en otros lugares.
Ahí reside una de las grandes contradicciones del momento actual: cuanto más éxito turístico tiene La Graciosa, mayor es la necesidad de dotarla de servicios adecuados; pero cuanto más se construye para responder a ese éxito, mayor es también el riesgo de alterar aquello que hace que los visitantes quieran acudir.
La historia de la protección de la isla demuestra que esta preocupación no es nueva. En 1986 Canarias declaró el Parque Natural de los Islotes del Norte de Lanzarote y los Riscos de Famara, incorporando La Graciosa a un marco de protección que buscaba compatibilizar la conservación con los usos tradicionales y los derechos de sus habitantes. En 1993 llegó la declaración de Lanzarote como Reserva de la Biosfera por la UNESCO y, en 1995, la Reserva Marina de Interés Pesquero de La Graciosa y los islotes del norte de Lanzarote, con unas 70.700 hectáreas de superficie marina protegida.
Es significativo que la protección marina estuviera relacionada también con las demandas y preocupaciones del propio sector pesquero. Proteger no tenía por qué significar entonces expulsar la actividad tradicional, sino intentar garantizar su futuro.
En 2006 se aprobó el Plan Rector de Uso y Gestión del Parque Natural del Archipiélago Chinijo, concebido para ordenar la convivencia entre conservación, usos tradicionales y actividad humana. Los problemas posteriores derivados de la situación de ese planeamiento han contribuido a generar dificultades para ordenar determinadas actuaciones y para ofrecer una respuesta coherente a las nuevas necesidades de la isla.
Mientras tanto, las necesidades básicas no han dejado de crecer.
Uno de los ejemplos más evidentes es el saneamiento. Durante años, las soluciones avanzaron con dificultad y algunos proyectos quedaron paralizados o tuvieron que ser replanteados. En 2024 el propio Gobierno de Canarias reconoció la gravedad de la situación y puso en marcha procedimientos excepcionales para hacer posible una solución. En enero de 2025, las obras de abastecimiento y saneamiento fueron declaradas de interés regional, asumiendo el Gobierno autonómico la responsabilidad de impulsar su ejecución.
En 2026, la planificación contempla una red de saneamiento, estaciones de bombeo, tratamiento de aguas, reutilización y gestión de lodos. Los presupuestos autonómicos incluyen un millón de euros destinado al saneamiento de La Graciosa. No estamos, por tanto, ante una infraestructura pensada para fomentar el crecimiento turístico. Estamos ante una necesidad básica que debió resolverse mucho antes y cuya ausencia supone una amenaza ambiental y sanitaria para un territorio especialmente vulnerable.
Algo similar ocurre con el agua.
La conducción existente, instalada entre 1996 y 1997, presenta limitaciones cuando la ocupación alcanza sus máximos niveles y ha sufrido averías. En 2026 se ha licitado una nueva conducción por 3,88 millones de euros, con aproximadamente 1.220 metros de tramo submarino y otros 1.100 metros terrestres. Es una obra imprescindible para garantizar el abastecimiento futuro.
Pero también conviene preguntarse qué significa exactamente ese futuro.
Porque abastecer mejor a La Graciosa es una obligación con sus vecinos. Y garantizar agua suficiente durante los periodos de máxima ocupación también responde a una realidad turística que no puede ignorarse. La cuestión está en saber si las nuevas infraestructuras servirán para corregir déficits existentes y garantizar derechos básicos o si, indirectamente, terminarán permitiendo que la presión continúe creciendo sin un límite claramente establecido.
El apagón sufrido por La Graciosa en agosto de 2026 mostró hasta qué punto los sistemas esenciales están conectados. Más de doce horas sin electricidad significaron también interrupciones en el suministro de agua, al depender el bombeo de la energía eléctrica. La experiencia puso sobre la mesa una vulnerabilidad que no puede resolverse únicamente aumentando la capacidad de las infraestructuras existentes. La comunidad energética El Sol de La Graciosa ha planteado precisamente la necesidad de disponer de generación solar y almacenamiento mediante baterías que permitan garantizar servicios esenciales como el abastecimiento de agua, el centro de salud, las telecomunicaciones, el saneamiento o las instalaciones vinculadas a la pesca.
También se estudian soluciones innovadoras, como la posibilidad de incorporar una desaladora alimentada mediante energía solar dentro del proyecto europeo ICONIC. El objetivo parece claro: reducir la dependencia y aumentar la resiliencia de un territorio que, por su propia condición insular, no puede permitirse que una avería energética se convierta en una emergencia general.
El puerto de Caleta de Sebo representa otra pieza de este mismo puzzle. En 2026 se ha desbloqueado la renovación de su explanada, con una inversión superior al millón de euros, para mejorar pavimentos, accesibilidad, circulación y separación entre peatones y vehículos, además de facilitar el acceso a los pantalanes. La actuación puede mejorar notablemente las condiciones de residentes y trabajadores y ordenar un espacio sometido a una presión creciente.
Pero nuevamente aparece la pregunta de fondo: ¿ordenar la presión significa hacerla sostenible o simplemente hacer más eficiente su crecimiento?
La diferencia no es menor.
Porque podríamos estar haciendo sostenible la presión turística en lugar de hacer sostenible La Graciosa.
La respuesta exige hablar de capacidad de carga. No como una expresión técnica más dentro de un documento administrativo, sino como el verdadero límite que debería determinar el futuro de la isla. ¿Cuántas personas puede recibir La Graciosa en un día sin que el agua, el saneamiento, la gestión de residuos, la movilidad y los espacios naturales se vean desbordados? ¿Cuántas personas pueden concentrarse simultáneamente en sus lugares más sensibles? ¿Cuántos vehículos pueden circular por sus pistas sin deteriorarlas? ¿Cuántas embarcaciones pueden fondear? ¿Qué presión puede soportar la Reserva Marina? ¿Cuánta agua puede consumirse? Y, sobre todo, ¿qué número de visitantes permite conservar la experiencia que precisamente vienen buscando?
Playa Francesa ya ha aparecido como uno de los ejemplos donde la capacidad turística puede haber sido superada. Si un espacio natural necesita restricciones para evitar su degradación, no estamos ante un fracaso del turismo. Estamos ante la necesidad de gobernarlo.
Ese debería ser uno de los grandes debates de Lanzarote.
No se trata de enfrentar al residente con el visitante. Tampoco de demonizar una actividad económica de la que depende buena parte de la prosperidad insular. Se trata de preguntarnos qué modelo turístico queremos y qué parte de la riqueza que genera debe regresar a los servicios que permiten sostener la vida en la isla.
Agua, vivienda, energía, transporte, saneamiento, residuos, sanidad, educación, seguridad y conservación ambiental no son asuntos independientes del turismo. Son las condiciones que hacen posible que el destino funcione.
Y existe otra cuestión que conviene no olvidar: el turismo vende precisamente aquello que corre el riesgo de destruir.
Vende paisaje, tranquilidad, naturaleza, autenticidad, espacio y singularidad. Si para recibir cada vez a más personas necesitamos transformar progresivamente esos atributos, podemos terminar construyendo una isla más preparada para recibir visitantes y menos atractiva para ellos.
Lanzarote ya ha demostrado que sabe transformar su territorio. Lo hizo bajo la fuerza de los volcanes y, décadas después, mediante una decisión colectiva de convertir el paisaje en parte esencial de su identidad. La transformación que tenemos ahora delante es diferente. No llegará acompañada de lava ni de humo. Llegará a través de decisiones presupuestarias, planes urbanísticos, obras hidráulicas, puertos, carreteras, viviendas, instalaciones energéticas y cifras de visitantes.
Será menos espectacular que una erupción, pero sus consecuencias pueden ser igualmente profundas.
Por eso el 15 de septiembre puede ser algo más que una fecha señalada en el calendario. Puede ser un día para mirar nuestra historia y, al mismo tiempo, mirarnos a nosotros mismos. Para recordar que nuestros antepasados tuvieron que adaptarse a una isla que cambiaba ante sus ojos y que nosotros tenemos ahora la responsabilidad de decidir qué cambios estamos dispuestos a aceptar.
La Graciosa se encuentra en una encrucijada. Un camino conduce hacia una isla cada vez mejor equipada, pero sometida a una presión creciente. El otro exige utilizar esas infraestructuras para garantizar primero la vida de sus habitantes, proteger sus recursos y establecer límites claros al crecimiento cuando sea necesario.
No son dos caminos incompatibles en todos sus términos. La dificultad está en determinar dónde termina uno y comienza el otro.
La verdadera prueba llegará cuando haya que decidir no cuánto podemos construir, sino cuánto estamos dispuestos a limitar.
Porque proteger La Graciosa no significa congelarla en el tiempo ni negar a sus vecinos servicios que cualquier ciudadano merece. Significa conseguir que las mejoras necesarias no se conviertan en la puerta de entrada a un modelo que termine consumiendo aquello que se pretende proteger.
Quizá el verdadero indicador de sostenibilidad de la octava isla no sea cuántos visitantes puede recibir, sino cuántos puede dejar de recibir para seguir siendo La Graciosa.
Fuentes documentales
Boletín Oficial de Canarias (BOC), 2003: documentación sobre la petición vecinal de 1735 vinculada a Nuestra Señora de Los Dolores y la celebración del 15 de septiembre.
Gobierno de Canarias: calendario laboral de Canarias 2026, con el 15 de septiembre como fiesta insular de Lanzarote y La Graciosa.
CanariWiki / Gobierno de Canarias: Romería de Los Dolores – Nuestra Señora de Los Volcanes. TopLanzarote / Universidad de Las Palmas de Gran Canaria: documentación histórica de la ermita de Los Dolores.
Boletín Oficial de Canarias (BOC), 1986: declaración del Parque Natural de los islotes del norte de Lanzarote y los riscos de Famara.
UNESCO: Reserva de la Biosfera de Lanzarote, declaración de 1993.
Reserva Marina de Interés Pesquero de La Graciosa y los islotes del norte de Lanzarote, 1995. Plan Rector de Uso y Gestión del Parque Natural del Archipiélago Chinijo, 2006.
Centro de Datos de Lanzarote / ISTAC / Puertos Canarios: tráfico de pasajeros en los puertos de Lanzarote y La Graciosa, datos 2024-2025.
Gobierno de Canarias: actuaciones de abastecimiento y saneamiento de La Graciosa, declaración de interés regional y planificación de 2024-2026.
Gobierno de Canarias: licitación de la nueva conducción de abastecimiento de agua de La Graciosa, 2026. Gobierno de Canarias: actuaciones de mejora del puerto de Caleta de Sebo, 2026.
Información pública y documentación de la comunidad energética El Sol de La Graciosa sobre resiliencia energética y servicios esenciales.
Proyecto europeo ICONIC: iniciativas vinculadas a soluciones energéticas y desalación en territorios insulares. Fuentes públicas y estadísticas de 2026 sobre tráfico aeroportuario, vivienda, alquiler turístico, agua y situación de servicios en Lanzarote.
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