De Lanzarote a la Antártida: 12.700 millas y una aventura a los 60 años llena de desafíos

El viaje comenzó el 2 de diciembre de 2025, cuando partió de Marina Rubicón, en Lanzarote, a bordo de su velero Don, con un objetivo muy particular: cumplir 60 años navegando en la latitud 60

Izabel Pimentel en la Antártida
Izabel Pimentel en la Antártida

La navegante brasileña afincada en Lanzarote desde hace nueve años, Izabel Pimentel, acaba de regresar a las Islas Canarias después de una navegación de más de 12.700 millas náuticas.

El pasado 27 de septiembre, Izabel llegó a El Hierro después de completar su decimocuarta travesía del Atlántico en solitario. Pero esta travesía fue solamente una parte de una aventura mucho mayor. El viaje comenzó el 2 de diciembre de 2025, cuando partió de Marina Rubicón, en Lanzarote, a bordo de su velero Don, un Romanée de 34 pies, con un objetivo muy particular: cumplir 60 años navegando en la latitud 60. Y lo consiguió.

El 11 de febrero, día de su cumpleaños, Izabel se encontraba en plena tormenta en el Drake, con vientos de más de 39 nudos y olas superiores a cinco metros, a pocas millas de la latitud 60. En medio de aquella tempestad estaba cumpliendo el sueño que había dado origen al viaje: celebrar sus 60 años en el Drake, casi en la latitud 60, rumbo a la Antártida.

Durante la navegación se enfrentó a fuertes temporales, temperaturas extremas, hielo, niebla, nieve, averías y largas jornadas en solitario. Llegó hasta las aguas de la Antártida y navegó entre icebergs y pingüinos, antes de emprender el largo regreso hacia Brasil. Desde allí continuó hacia Cabo Verde y finalmente hacia Lanzarote.

Izabel es también la primera mujer latinoamericana en completar una circunnavegación en solitario y ha navegado más de 100.000 millas náuticas a lo largo de su trayectoria. Participó en la Mini Transat de 2009, después de cruzar el Atlántico Norte en invierno a bordo de un Mini 6.50, y ha dedicado gran parte de su vida a la navegación y a convertir en realidad proyectos que, muchas veces, parecían imposibles.

Lanzarote ha sido su casa durante los últimos nueve años y también el punto de partida de esta última aventura. Ahora regresa a la isla después de haber recorrido miles de millas y de haber cumplido un sueño que comenzó mucho antes de zarpar.

 

Comienzo de la vuelta al mundo

La relación con el mar de Izabel Pimentel comenzó hace muchos años, con el windsurf. Fue allí donde empezó todo. "Después llegaron los libros y, con ellos, hombres que alimentaron mi imaginación: Amyr Klink, Joshua Slocum, Bernard Moitessier y Éric Tabarly. También llegaron los sueños de las altas latitudes", cuenta. Poco a poco, comenzó a nacer un nuevo proyecto: dar la vuelta al mundo por los mares del Sur. Hoy, tantos años después, el frío es tan intenso que llega a doler en los dedos. Un dolor agudo, casi insoportable, simplemente para poder tomar un rizo.

Su historia nunca fue un ascenso rápido. Se construyó lentamente, con determinación, resiliencia y perseverancia. Nació en una familia humilde, en Aquidauana, en Mato Grosso do Sul, Brasil, lejos del mar. Estudió, trabajó y, en 2009, consiguió una plaza para participar en la Mini Transat. En 2027, Las Palmas de Gran Canaria recibirá esta regata. Cruzó el Atlántico Norte en invierno, navegando en su pequeño barco, el Petit Bateau, y pocos meses después estaba en la línea de salida de la Mini Transat. Antes de la Mini, ya había realizado tres travesías del Atlántico en estos pequeños barcos de 6,50 metros. En total, fueron 13 travesías del Atlántico en solitario, además de otras navegando en equipo como parte de su trabajo.

"La vuelta al mundo llegó en 2012, cuando compré un Romanée, un velero de aluminio de 34 pies, con bandera francesa. Dos años después, en 2014, completé mi circunnavegación en solitario por los mares del Sur, pasando por los tres grandes cabos. A finales de 2015, la vida volvió a cambiar de rumbo. Conocí a mi marido —un francés de origen griego— y Lanzarote se convirtió en mi casa. Trabajé como skipper y también produje y presenté un programa para una plataforma de streaming, “Sueños Posibles”. La vida encontró un ritmo más tranquilo, pero el mar nunca dejó de llamarme", señala.

Entonces, en 2025, surgió una oportunidad inesperada: trabajar como skipper y llevar un velero clásico ruso hasta San Petersburgo. Sería una travesía sin escalas por el mar del Norte, con tres personas a bordo. Era un barco alemán, construido para la Segunda Guerra Mundial, que regresaba a su puerto de origen en medio de un nuevo período de tensiones. Después de la guerra, pasó a navegar bajo bandera rusa, recorrió el mundo, participó en competiciones e incluso llegó a naufragar en Fuerteventura. El resto de esta historia está contado en el documental “Entre Dos Guerras”, en mi canal de YouTube. "Fue en ese momento cuando lo comprendí: era hora, una vez más, de transformar un sueño en una realidad posible", apunta.

"Terminé mi trabajo en Rusia y comencé una nueva etapa: preparar mi velero, el Don. El mismo barco con el que había realizado mi vuelta al mundo por los mares del Sur. Un Romanée, diseñado por el arquitecto naval Philippe Harlé. Cumpliría 60 años en febrero y decidí celebrar ese cumpleaños de una manera simbólica: navegando hasta la latitud 60. Hoy, llegar a la Antártida requiere procedimientos complejos. Mi intención, sin embargo, no era realizar una expedición formal. Iba a aprovechar la travesía del Drake y simplemente llegar hasta allí. Encontrarme con los icebergs, las focas y los pingüinos. Estar en aquel lugar que, durante tantos años, había existido solamente en mis sueños", resalta.

"Preparé el barco con lo esencial: calefacción, un generador eólico, paneles solares, Starlink, ropa adecuada para el mar y suficientes provisiones de agua y alimentos. Partí de Lanzarote en un día soleado y ventoso. Augusto, el responsable del varadero de Marina Rubicón, me dio un plotter y algunos cables, y partí. Dejé atrás a mi marido, mis gatos y la isla que llamo hogar. La travesía comenzó con un fuerte oleaje, pero sin incidentes. Muchos pájaros acompañaban al barco y yo navegaba por una “carretera” que ya conocía. Aun así, había algo diferente en el aire. Una mezcla de libertad, ansiedad y alegría", continúa.

Su primera escala fue en Brasil, en Florianópolis. Allí recibí el apoyo de Schaefer Yachts, el mayor astillero de América Latina, además de equipos de Nautos y del regulador de viento de South Atlantic Self Steering Gears. A partir de allí, las temperaturas comenzaron a bajar. "Volví a partir con una previsión de depresión atmosférica. Al sur, en la zona del Cabo de Santa Marta, me encontré con un intenso tráfico de barcos de pesca y también de buques mercantes. A pesar de todo, conseguí descansar. La experiencia ya me había enseñado a no tener miedo a los grandes barcos", comenta.

 

Alimentación y resto de la travesía

La alimentación era sencilla: conservas y comidas liofilizadas. Dos días después, llegó un viento fuerte y contrario. Fuerza 9. Olas de más de tres metros. Duró menos de 24 horas, pero marcó el comienzo de una nueva etapa. Más al sur, por debajo del Río de la Plata, aumentaba la concentración de barcos de pesca. Algunos estaban a más de 300 millas de la costa, en una zona donde la profundidad alcanzaba aproximadamente los 100 metros. El AIS mostraba un tráfico intenso, pero yo mantenía mi rumbo más cerca de la costa, siempre a distancia.

"Entre calmas y tormentas, seguí por la costa argentina. Cerca del canal entre la Isla de los Estados y Tierra del Fuego, el viento superó los 40 nudos. Crucé el canal durante la noche y, ya cerca del Paso de Drake, la corriente mostró toda su fuerza. La idea inicial era subir más hacia el oeste, en dirección al Cabo de Hornos. En el mapa parecía sencillo. En el mar, era otra historia. La corriente era violenta y tenía la sensación de estar siendo arrastrada hacia la Isla de los Estados. Con un motor de apenas 25 caballos, no podía contar con él para resolver aquella situación", relata.

Poco a poco fue ganando hacia el sur. Y entonces comenzó la temida travesía del Drake. En 2014 ya había cruzado el Drake de este a oeste. Esta vez tomaría otro rumbo. Y descubrió que era mucho más difícil. Ganó algunas millas y alcanzó la longitud del Cabo de Hornos, pero el viento del nordeste llegó con violencia. La previsión de fuertes olas la obligó a seguir todavía más hacia el este. La idea de entrar en la Antártida por el oeste tuvo que ser abandonada.

"El Drake es imprevisible. Vientos violentos seguidos de calmas repentinas. El famoso “0 o 800”. Olas que hacían escorar violentamente al barco. Para mantener la cabeza en su sitio, leía: libros de historia, novelas y relatos de viajes. En el mar, el mantenimiento nunca termina. Siempre hay algo que ajustar, algo que reparar. En la costa argentina me enfrenté a nieblas densas. En el Drake, además de la niebla, llegó la nieve. Incluso las salpicaduras del mar se congelaban", recuerda.

Comenzó la travesía del Drake el 8 de febrero, pocos días antes de su cumpleaños. El barómetro cayó bruscamente. El día 10, el viento aumentó. Y el día 11, el día de su cumpleaños, estaba en medio de una tormenta, con más de 39 nudos de viento y olas de más de cinco metros, a pocas millas de la latitud 60. En aquel momento, en medio de la fuerza del mar, comprendió que estaba cumpliendo el sueño que le había llevado hasta allí: celebrar sus 60 años en el Drake, navegando casi en la latitud 60. Esta vez, estaba realmente en el fin del mundo.

El Drake es un caos de corrientes, sistemas de viento opuestos y mares cruzados. Un verdadero desorden marítimo. El día 14, el viento cayó durante unas horas. Y eso no siempre es una buena noticia cuando la corriente sigue siendo fuerte. Aprovechó para hacer reparaciones. Por la noche, el viento volvió a ser favorable y pudo avanzar. Alcanzó la altura de la isla Rey Jorge.

"Al amanecer vi el blanco de la Antártida. Icebergs. Pingüinos gritando. Y aquel silencio casi ensordecedor que solo existe en lugares donde el ser humano todavía es pequeño frente a la naturaleza. Me dirigí hacia la bahía de la base brasileña, pero el viento en la entrada era violento. Intenté avanzar algunas millas, pero las rocas, la corriente y la fuerza del viento me obligaron a desistir. Entonces apareció otro problema: el motor no arrancaba. La batería estaba descargada", dice.

"Sin motor, rodeada de hielo y de fuertes corrientes, mantuve la distancia de la costa. Y, a pesar de todo, era feliz. Celebré mis 60 años en el Drake. Navegué entre icebergs. Y me sentí poderosa. En aquel momento comprendí algo que quizá ya sabía desde hacía mucho tiempo: "los sueños posibles realmente pueden convertirse en realidad", prosigue.

El día 16, más hacia el este, se acercó a una zona de grandes icebergs. Pensó en el lugar donde nació el A23a, uno de los icebergs más grandes del mundo, con casi 4.000 km². Fue allí donde el Don volvió a romper el hielo. Y fue también allí donde sintió, de verdad, el peligro de estar cerca de un iceberg. Un iceberg no es solamente lo que vemos. Su parte sumergida puede golpear un barco. Puede girar, puede fragmentarse de repente, provocando olas y movimientos de agua capaces de afectar a una embarcación. Y los pequeños bloques de hielo que se encuentran alrededor, muchas veces casi invisibles, también pueden amenazar el casco. En un agua tan fría, el menor incidente puede convertirse en una situación crítica.

Una vez más, el viento cayó. Cerca de la Isla Elefante, rodeada de bloques de hielo, esperó. Cuando volvió el viento, emprendió el camino de regreso. El día 22, una nueva calma. Recordó un libro sobre la aceptación. ¿Cuántas veces luchamos contra aquello que simplemente no podemos cambiar? Allí, en aquel que quizá sea el lugar más hostil del planeta, preparó un café y pronunció en voz alta una sola palabra: “aceptación”.

"Aquel día, cinco albatros se posaron alrededor del barco. Permanecieron conmigo durante horas. Les di atún, que intentaban atrapar con sus enormes picos. Nunca habría vivido aquel momento sin aquella calma. El viento volvió, contrario, y comenzó el largo viaje de regreso. Pasó más de un mes entre el Drake y Florianópolis, sin sol, entre calmas y vientos de más de 35 nudos", narra.

Volvió a parar en Florianópolis y después continué hacia Río de Janeiro y Salvador. En un día de grandes olas y viento fuerte, partió de Salvador para mi decimocuarta travesía del Atlántico. Fueron otros 12 días de calmas —impresionantes, interminables—. Pero llegó bien a la isla de Mindelo, en Cabo Verde, casi un mes después.

De Cabo Verde a Lanzarote todavía quedaba una última etapa difícil: navegar contra el viento. Fue una dura travesía de ceñida. Pero el 27 de septiembre pudo gritar una vez más: “¡Tierra a la vista!” Y delante de ella estaba la hermosa isla de El Hierro. "Llegué más ligera, con algunos kilos menos, pero llevando conmigo la certeza de haber vivido algo extraordinario", concluye.

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