El 4 de octubre de 1966, Lanzarote apareció en la prensa por una razón difícil de imaginar hoy: sus volcanes iban a convertirse en el escenario del fin del mundo. Una producción de ciencia ficción buscaba en la isla los paisajes capaces de representar una Tierra devastada por una guerra atómica. Mientras Lanzarote comenzaba a descubrir el enorme potencial turístico de sus volcanes y malpaíses, el cine encontraba en ellos otra posibilidad completamente distinta: imaginar cómo quedaría el planeta después de la destrucción.
El anuncio podía resultar extraño para los lectores de aquella época. Una película de ciencia ficción preparaba su llegada a Lanzarote para encontrar algo que difícilmente podía reproducirse en un estudio cinematográfico. No necesitaba construir ruinas, fabricar cráteres ni levantar un decorado que simulase las consecuencias de una guerra nuclear. El paisaje ya existía. Las lavas, los campos volcánicos, los cráteres y los malpaíses proporcionaban una escenografía natural capaz de transformar la isla, ante las cámaras, en cualquier territorio después de una catástrofe.
La película se presentaba inicialmente con el título de La máquina de matar y posteriormente sería identificada como La gran catástrofe, bajo la dirección de Juan García Atienza, que también participaba en el argumento y el guion. El proyecto pretendía utilizar algunos de los paisajes más desérticos e impresionantes de Canarias para representar un mundo arrasado por una catástrofe nuclear.
La noticia publicada en Antena, Arrecife, nº 674, de 4 de octubre de 1966, situaba precisamente el proyecto en ese contexto y convertía los paisajes de Canarias en parte esencial de la propuesta cinematográfica. Aquella referencia permite fijar con precisión el momento en que la noticia llegó a la prensa lanzaroteña.
Ahí se encontraba la verdadera singularidad de la historia. Lanzarote no iba a interpretarse a sí misma. Sus volcanes, sus campos de lava y sus espacios prácticamente desprovistos de vegetación debían convertirse en la imagen de una Tierra posterior a la destrucción. El cine encontraba en la geografía de la isla una apariencia que ningún decorado podía reproducir con la misma naturalidad.
La elección encerraba además una paradoja. Aquellos paisajes que empezaban a adquirir un valor creciente como atractivo turístico podían ser utilizados por el cine para representar exactamente lo contrario: un planeta devastado, inhabitable y marcado por las consecuencias de una guerra. El mismo territorio que comenzaba a proyectarse hacia el futuro podía servir para imaginar el mundo después de que ese futuro hubiera desaparecido.
En 1966 Lanzarote estaba inmersa en una profunda transformación. El turismo comenzaba a ganar presencia y la singularidad de sus paisajes despertaba el interés de quienes buscaban nuevos escenarios para la fotografía, la publicidad y el cine. Pero la mirada cinematográfica sobre los volcanes podía ser completamente diferente. Donde otros empezaban a descubrir belleza, singularidad y posibilidades económicas, una película de ciencia ficción encontraba desolación.
La noticia tampoco quedó reducida a una simple propuesta cinematográfica. La documentación conservada por Filmoteca Canaria permite seguir la pista del proyecto y comprobar que Lanzarote ocupaba un lugar concreto dentro de la producción. El expediente cinematográfico recoge la isla como espacio previsto para el rodaje de exteriores y vincula el proyecto con Época Films.
Ese documento resulta especialmente importante porque permite pasar de la anécdota periodística a una historia respaldada por documentación cinematográfica. No se trataba simplemente de que alguien hubiera imaginado Lanzarote como posible escenario. Existió un proyecto concreto, una producción y una planificación que situaban a la isla dentro de aquella película.
Semanas después, la historia volvió a aparecer en la prensa. Diario de Las Palmas, en su edición del 29 de octubre de 1966, informaba de que los exteriores serían rodados íntegramente en Lanzarote y mencionaba además la participación de intérpretes canarios como Víctor Doreste y Paco Acosta. La nueva referencia confirmaba que el anuncio publicado a comienzos de octubre había adquirido una dimensión mucho más concreta y que la isla estaba llamada a desempeñar un papel relevante en la producción.
La elección de Lanzarote tenía además una ventaja cinematográfica evidente. Sus paisajes volcánicos permitían eliminar referencias geográficas reconocibles y convertir la isla en prácticamente cualquier lugar del planeta. Una colada de lava podía dejar de ser Lanzarote para convertirse en el territorio de una civilización desaparecida; un cráter podía funcionar como la huella de una explosión y un malpaís podía adquirir, ante una cámara, la apariencia de un mundo que hubiera sobrevivido a una catástrofe.
En ese sentido, el cine estaba descubriendo algo que décadas después se convertiría en una de las grandes señas de identidad visual de Lanzarote: la capacidad de sus paisajes para parecer irreales sin necesidad de transformarlos. La isla no necesitaba construir un decorado. Su propia geografía ofrecía escenarios capaces de borrar el tiempo y el lugar.
La historia adquiere también interés por la figura de Juan García Atienza, que desarrollaría posteriormente una extensa trayectoria vinculada a las leyendas, las tradiciones, los enigmas y los lugares considerados misteriosos. En aquella producción, sin embargo, no necesitó construir una leyenda alrededor de Lanzarote. La propia geografía de la isla proporcionaba la atmósfera que necesitaba la historia.
Y ahí reside buena parte del interés de aquella noticia de octubre de 1966. Lanzarote estaba empezando a construir una nueva imagen de sí misma mientras el cine encontraba en sus paisajes la imagen de un mundo que había dejado de existir. La isla que comenzaba a mirar hacia el turismo aparecía, al mismo tiempo, ante las cámaras como un planeta después de una guerra atómica.
La contradicción resulta especialmente poderosa vista desde el presente. Hoy los volcanes, las lavas y los malpaíses forman parte inseparable de la identidad de Lanzarote y de la imagen con la que la isla es reconocida internacionalmente. En 1966, aquellos mismos espacios podían ser interpretados de una manera radicalmente distinta: no como un símbolo de belleza natural, sino como la huella visible de una Tierra destruida.
Por eso aquella efeméride merece recuperar su lugar. El 4 de octubre de 1966, una noticia aparentemente menor anunciaba que una producción cinematográfica quería convertir Lanzarote en el escenario de una catástrofe nuclear. La documentación posterior permite comprobar que detrás del anuncio existió un proyecto real y que la isla fue incorporada a su planificación de rodaje.
No es una historia de leyendas ni de tesoros escondidos. Tampoco necesita añadir misterios que los documentos no puedan demostrar. Su fuerza está precisamente en lo contrario: en comprobar que una noticia publicada hace sesenta años describía una utilización insólita de un paisaje que hoy conocemos de una manera completamente diferente.
El fin del mundo tenía paisaje de Lanzarote. Y durante un momento de 1966, mientras la isla comenzaba a descubrir el futuro turístico que terminaría transformándola, sus volcanes fueron imaginados como el lugar donde ese futuro ya había terminado.
Fuentes:
Antena, Arrecife, nº 674, 4 de octubre de 1966, pág. 1.
Diario de Las Palmas, 29 de octubre de 1966, pág. 11.
Filmoteca Canaria, Rodajes en Canarias 1951-1970.
Memoria de Lanzarote.
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