El 29 de septiembre de 1824 Lanzarote volvió a cambiar de aspecto. A mediodía, sin que hubiera precedido un terremoto ni otra señal evidente, una gran explosión anunció la aparición de un nuevo volcán en la zona de las Montañas del Fuego. La tierra se abrió y comenzó una nueva fase de la última erupción histórica de la isla, la que aquel año había comenzado en Tao y todavía no había terminado.
El nuevo edificio volcánico recibió el nombre de Volcán Nuevo del Fuego y posteriormente quedó identificado como Chinero. Se encontraba unos 13 kilómetros al oeste de Tao, siguiendo una fractura volcánica de dirección aproximada ENE-OSO. Según el Inventario Español de Lugares de Interés Geológico, el episodio se prolongó entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre y constituyó el segundo capítulo de la triple erupción de 1824.
La explosión que iluminó la isla
Las fuentes históricas permiten imaginar la escena. El relato conservado sobre aquel día cuenta que, hacia las doce, aumentó la salida de humo y se escuchó un ruido mayor hacia la parte media y occidental de la isla. Después llegó una gran explosión. La columna de fuego se elevó por encima de las montañas y su resplandor iluminó Lanzarote.
Sabin Berthelot recogería años después una de las imágenes más llamativas de aquel episodio: una masa de fuego salió del cráter y se elevó a gran altura, mientras el resplandor extendido por la atmósfera hizo que el cielo adquiriera el aspecto de una aurora boreal. No era una metáfora sobre el paisaje, sino el intento de un testigo y de los primeros cronistas de explicar un espectáculo que debía resultar extraordinario incluso para una población acostumbrada a convivir con los volcanes.
Tres bocas y siete kilómetros de lava
El fenómeno no se limitó a una explosión. Cuando el alcalde mayor llegó a las inmediaciones del nuevo volcán aquella misma tarde, observó que por tres bocas salían piedras incandescentes y lava líquida. Una documentación histórica conservada sobre la erupción señala que la emisión llegó a ser incluso más abundante que la observada en Tao.
La ciencia actual permite reconstruir mejor las consecuencias. El Instituto Geológico y Minero de España identifica el Chinero como la única manifestación de la triple erupción de 1824 considerada enteramente magmática y señala que las coladas recorrieron unos siete kilómetros antes de alcanzar el mar. El canal de lava que dejaron conserva distintas formas superficiales, entre ellas estructuras de tipo pahoehoe y aa, que permiten estudiar cómo se desplazó y enfrió aquella masa de roca fundida.
La planificación insular de emergencias recoge que las lavas avanzaron hacia el norte y penetraron en el mar cerca de Teneza, sin llegar a amenazar directamente a ningún núcleo de población. El episodio, por tanto, transformó el territorio sin convertirse en una catástrofe humana como las que podía haber provocado una colada entrando en una zona habitada.
El segundo acto de la erupción de 1824
El Chinero no fue un episodio aislado. La secuencia había comenzado el 31 de julio en Tao y continuaría el 16 de octubre con el volcán de Tinguatón. Los tres centros forman la última gran manifestación volcánica histórica de Lanzarote. El Ministerio para la Transición Ecológica recuerda que la actividad se prolongó hasta finales de octubre y que el Chinero es el único de los tres volcanes de aquella serie que se encuentra dentro de los límites actuales del Parque Nacional de Timanfaya.
La documentación histórica muestra además que la población seguía los acontecimientos con preocupación y atención. Cuando se produjo la primera erupción de Tao, las autoridades de Teguise habían ordenado tocar las campanas, hacer sonar la señal de alarma y disparar tres cañonazos desde el Castillo de Santa Bárbara. Las rogativas y desplazamientos para observar el fenómeno formaron parte también de la respuesta colectiva ante una naturaleza que volvía a modificar las reglas de la vida cotidiana.
Una piel nueva para Lanzarote
El 29 de septiembre de 1824 dejó algo más que un nuevo volcán. Dejó una nueva superficie, nuevas coladas, nuevos caminos de lava y una transformación permanente de la geografía de la isla. Donde antes había terreno, vegetación y referencias conocidas apareció un paisaje construido en cuestión de días por el fuego y el enfriamiento de la roca.
Por eso la fecha puede leerse como el día en que Lanzarote cambió de piel. No porque la isla desapareciera bajo una erupción como la de 1730-1736, sino porque volvió a demostrar que su paisaje no era definitivo. El Chinero añadió otra capa a una historia geológica que todavía puede leerse en el terreno y que hoy constituye uno de los valores esenciales de Timanfaya.
Doscientos dos años después, aquella jornada permanece convertida en paisaje. El volcán que entonces provocó alarma forma ahora parte del patrimonio geológico de Lanzarote. Sus coladas recuerdan que, durante unos días de 1824, la isla volvió a arder, el cielo se iluminó y la tierra volvió a escribir su propia historia.
Fuentes consultadas
• Instituto Geológico y Minero de España (IGME), Inventario Español de Lugares de Interés Geológico, IC1015: Canal de lava y bloques erráticos de la erupción de 1824 del Chinero.
• Geoparque Mundial UNESCO de Lanzarote y Archipiélago Chinijo, LZ23 Canal de lava del Chinero.
• Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, documentación sobre la erupción de 1824 y transcripción de Sabin Berthelot, Historia natural de las Islas Canarias (1839).
• Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Parque Nacional de Timanfaya, Historia.
Efeméride · 29 de septiembre · Lanzarote | 2
• Academia de Ciencias e Ingenierías de Lanzarote, documentación histórica sobre las erupciones de 1824. • Plan de Emergencias Insular de Lanzarote, documentación sobre el episodio eruptivo de 1824.
Añadir La Voz de Lanzarote como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
