Si observamos con atención mientras caminamos por zonas como Janubio, Órzola, Mala o Teguise aún podemos ver unas edificaciones en forma de torres hechas en mayor parte de piedra. Son las llamadas caleras, hornos donde se quemaba la piedra caliza extraída de distintos puntos de Lanzarote para conseguir cal, un material que resultó indispensable años atrás para construir casas, aljibes o maretas.
Según han arrojado a la luz los trabajos de investigación en Rubicón, en el sur de Lanzarote, los primeros indicios de cal en la isla se descubrieron en esta zona en una de las construcciones, según explica Paco Hernández, cronista de Teguise. En el siglo XV, los barcos que llegaban a Lanzarote, zarpaban más tarde de la isla "cargados con piedras de cal y sal".
Hay que recordar que uno de los puertos más importantes de la isla fue el que estaba situado junto a las Salinas de Janubio, que desapareció tras ser arrasado por las erupciones de Timanfaya. Según explica Hernández, los documentos de la época recogen que los barcos "cargaban todas las piedras que podían", una exportación que continuó en el tiempo hasta bien entrado el siglo XX. "De hecho, junto a Cuatro Esquinas había un almacén donde vendían el carbón que traían de La Palma y allí la gente compraba la cal", apunta.
Antiguamente, Lanzarote era considerada como el "granero de Canarias", debido a la cantidad de cultivos de legumbres y cereales que se plantaban y que se exportaban a otras islas e, incluso, a Madeira. La isla podía vivir de estos cultivos cuando llovía, pero durante los largos meses de sequía, los lanzaroteños vieron en la cal un salvavidas al que aferrarse. "Durante estos periodos sin llover las únicas industrias que habían eran la cal y la sal, eran los negocios con los que la gente iba escapando", cuenta Hernández.
Las caleras más antiguas de Lanzarote se sitúan en la zona sur de la isla, así como en Mala, Tías, Guatiza y Teguise, donde actualmente se conservan varias de ellas en buen estado en la Montaña de Chimida. La calera más grande que hubo en Lanzarote perteneció a Luciano Betancort, que tenía cuatro bocas y estuvo en Chimida.
La fabricación de la cal
Como explica Paco Hernández, el tipo de caleras de Lanzarote eran en forma cónica, más anchas en la parte superior y más estrechas en la base. Estas edificaciones tenían una altura de entre tres y cuatro metros y estaban construidas con piedras poco pesadas y porosas. Lo primero que se hacía era romper la piedra para traerlas, en un principio, en camellos, y luego en camiones.
La piedras se colocaban dejando entre ellas cierta separación para que las llamas y el calor circulara y se cocieran de manera uniforme. Las piedras se colocaban cuidadosamente y se llenaba la calera hasta la cúspide, zona en la que había un agujero por donde se iba introduciendo la madera para alimentar al fuego durante la cocción. En muchas ocasiones, se evitaba encender la calera durante el día, por lo que se hacía al atardecer para que el calor fuera menor y el trabajo del calero fuera más llevadero.
"Dependiendo de la cantidad de piedra caliza, se podía tardar uno o dos días hasta que se quemara la piedra, que se quemaba con un movimiento que le hacían en los rieles donde iba cayendo la piedra y luego se le echaba agua para que se terminara de romper la piedra", detalla el cronista. Más tarde, la piedra se cernía. "De la primera cernida que se hacía salía la cal general, que esa no se vendía. En la siguiente cernida, se hacía con un cedazo más fino y separaba la cal blanca de la cal morena", continúa.
La cal morena se usaba como mortero al mezclarse con el agua, lo que la convertía en un buen material de construcción para unir y fijar piedras o ladrillos. Por su parte, la cal blanca se utilizaba para albear las casas, es decir, para pintar las casas de blanco e impermeabilizar los techos para evitar las filtraciones de las lluvias. La capacidad de la cal como esterilizador al eliminar las bacterias hizo que se usara también en los interiores de los aljibes o galerías de agua, lo que hacía que el agua se mantuviera siempre limpia.
Tipos de caleras
Según el documento Cal y caleros de Lanzarote recogido por Memoria Digital Lanzarote, las caleras "estaban rodeadas por una terraza en forma de terraplén que llegaba hasta su cúspide, donde se abría el tubo hacia el interior y la parte baja de la calera. En la base existía una abertura, por donde el calero entraba a pie o agachado, para colocar la piedra en el interior de la calera".
Sin embargo, no todas eran así. En otras ocasiones, sobre todo en Órzola y Mala, las caleras se construían sin un objetivo comercial, sino que se creaban de forma provisional para obtener cal y fabricar casas, aljibes o maretas. Como se recoge en Cal y caleros de Lanzarote y como se puede observar en distintas zonas, muchas de estas caleras están hoy en día abandonadas y derruidas.
Las formas variaban, ya que podían ser cilíndricas u ovoides. Además, podían tener una capacidad de hasta seis metros cúbicos de piedra.
El trabajo del calero
El trabajo del calero es un oficio que ya forma parte de los libros de historia. El encargado de este trabajo tenía que conseguir la piedra para extraer la cal y la madera para poder quemarla. Además, era un trabajo duro y pesado, ya que los caleros tenían que aguantar el intenso calor de los hornos y, además, tenían que esperar varios días a que la piedra se cociera y se enfriara.
Durante su jornada, el calero se encargaba de mantener el fuego vivo y, según señala el documento Cal y caleros de Lanzarote, se caracterizaba por ser un oficio solitario. A pesar de ello, en muchas ocasiones se contaba con ayudantes que servían como relevo para que el calero descansara. Este trabajo debía ser meticuloso y cuidado, ya que si se apagaba el fuego, el trabajo de varios días podía arruinarse.
Asimismo, durante los descansos, la convivencia y las conversaciones que se daban ayudaban a crear elementos y valores culturales, lo que afianzaba la unión entre la sociedad de la época.
Las eras, lugar de reunión de los lanzaroteños
Las eras son superficies planas que se construyeron en Lanzarote para poder trillar las legumbres y cereales, es decir, para separar el grano de la paja. En la mayoría de las ocasiones, esto se hacía con la ayuda de animales como camellos o burros, lo que facilitaba y agilizaba esta labor.
Sin embargo, estas eras se utilizaban también como lugar de celebración de los lanzaroteños para hacer los bailes gracias a su suelo completamente liso. "Recuerdo que en La Caleta había una era y hacían los bailes ahí", rememora Hernández.
Asimismo, las eras también tenían otros usos, como el secado de los higos o los porretos (higos picones). "En casa de mi abuelo recuerdo verlo y en Haría usaban incluso el palote seco (millo seco) porque formaban como un piso y ahí ponían a secar los porretos", explica.
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