No soy Guillermo Topham. Tampoco soy César Manrique. Pero tengo delante una página de Antena fechada el 4 de septiembre de 1962 y siento que aquella entrevista no debería continuar únicamente en una hemeroteca.
Hay conversaciones que pertenecen a su tiempo. Y hay otras que, cuando uno vuelve a leerlas 64 años después, parecen haber estado esperando precisamente este momento.
Guillermo Topham preguntó. César Manrique respondió. Y lo hizo sin rodeos. Habló de arquitectura, de paisaje, de suciedad, de urbanismo, de turismo y, sobre todo, de una responsabilidad que hoy sigue siendo difícil de esquivar: cómo aprovechar el futuro sin destruir aquello que hace singular a una isla.
No hace falta imaginar qué pensaría Manrique hoy. No podemos saberlo. Basta con volver a leer lo que realmente dijo entonces y poner aquellas palabras frente a la Lanzarote de 2026.
Cuando el turismo todavía era una promesa
En septiembre de 1962, Lanzarote estaba lejos de convertirse en el destino turístico que conocemos. El turismo aparecía como una oportunidad extraordinaria, pero también como una transformación que exigía preparación.
Manrique no hablaba como quien quiere frenar el futuro. Al contrario: veía en la isla un “extraordinario porvenir turístico”. Pero entendía que ese porvenir podía convertirse en éxito o en fracaso dependiendo de cómo se construyera.
Su metáfora era contundente: “Un médico no puede andar con tapujos ni rodeos cuando se trata de salvar la vida de un enfermo. Y eso es lo que yo intento hacer.”
Aquella frase resume buena parte de su posición. No pretendía agradar. Pretendía advertir.
Por eso comenzó por algo aparentemente menor: el Muelle de la Pescadería de Arrecife. Denunciaba los olores, las aguas estancadas, los residuos y el movimiento de mercancías que afeaban un espacio que, a su juicio, podía transformarse en una explanada-mirador. Para Manrique, esos detalles no eran secundarios. Formaban parte de la imagen de la isla que recibiría al visitante.
No era solo una cuestión de pintura
Cuando hablaba de casas blancas, cúbicas y lisas, Manrique no estaba defendiendo simplemente un color. Estaba planteando una idea de territorio.
La arquitectura popular debía conservar su personalidad. Los colores, decía, los aportaban la naturaleza y las flores. Frente a la improvisación, reclamaba criterio; frente a la suma de decisiones individuales, una visión colectiva.
Su preocupación resulta especialmente reveladora hoy. Porque el paisaje no desaparece de golpe. Se transforma poco a poco: una construcción, un cerramiento, un volumen, un color, un cartel, una carretera, una ocupación más.
Lo que en 1962 podía parecer una advertencia estética era, en realidad, una defensa del patrimonio y de la identidad territorial.
Manrique no quería una Lanzarote de postal
Sería un error reducir aquellas declaraciones a una defensa romántica de una Lanzarote de postal. Manrique estaba intentando construir un modelo turístico basado precisamente en aquello que hacía diferente a la isla.
Por eso señalaba pueblos y paisajes que consideraba valiosos y reclamaba que las nuevas actuaciones pasaran por un criterio técnico común. No quería impedir el desarrollo. Quería evitar que el desarrollo acabara destruyendo el motivo por el que los visitantes habían empezado a mirar hacia Lanzarote.
En el interior de la isla hablaba de “crímenes estéticos” y defendía la arquitectura campesina. Y dejó una frase que, seis décadas después, adquiere una fuerza incómoda: “Lanzarote está todavía a tiempo de «salvarse».”
El Golfo, Jameos del Agua y la basura
Hay otro pasaje de aquella entrevista que sorprende por su actualidad: Manrique habla de la suciedad en El Golfo y del Jameo del Agua, de restos, latas y desperdicios. No estaba pensando solamente en la belleza del lugar. Estaba pensando en la conducta de quienes lo visitaban y de quienes vivían en la isla.
Por eso reclamaba “mano dura” a las autoridades, pero también algo más profundo: crear una conciencia turística insular. El turismo, para él, no podía ser únicamente una actividad económica. Tenía que convertirse en una responsabilidad compartida.
La idea sigue siendo esencial. Una isla turística no se protege solamente con normas. También necesita una sociedad que entienda el valor de aquello que esas normas pretenden proteger.
1962-2026: El experimento ha cambiado de escala
Sesenta y cuatro años después, la dimensión del fenómeno turístico es radicalmente distinta. En 2025 Lanzarote recibió alrededor de 3,45 millones de turistas. La ocupación media de los establecimientos alojativos se situó en torno al 85,6 % y los ingresos del alojamiento turístico superaron los mil millones de euros.
El éxito turístico que entonces era una promesa se convirtió en una realidad de enorme magnitud. Pero el éxito también tiene consecuencias cuando se concentra sobre un territorio limitado.
Los datos de presión humana ayudan a entenderlo: en 2025 la población residente rondó las 166.878 personas, mientras que la presencia media diaria de turistas se estimó en unas 82.217. Es decir, la isla soportó una población humana media cercana a las 249.095 personas.
La Lanzarote de 1962 discutía cómo preparar el futuro. La de 2026 tiene que discutir cómo gestionar un futuro que ya llegó.
¿Cuánto puede crecer Lanzarote?
La pregunta ya no es si el turismo funciona. Funciona. La pregunta es qué precio territorial, ambiental y social puede llegar a tener un crecimiento que no encuentre límites.
En los últimos años han aparecido debates sobre saturación, movilidad, agua, vivienda, presión sobre determinados espacios y necesidad de modernizar zonas turísticas. Son problemas diferentes, pero tienen un denominador común: la capacidad de una isla limitada para absorber una demanda creciente.
Y aquí aparece de nuevo la entrevista de 1962. Manrique no hablaba entonces de millones de visitantes ni de la escala actual. Pero sí planteaba el principio que conecta ambos momentos: el turismo debía organizarse antes de que el territorio pagara la factura.
El paisaje que atrae al visitante es el mismo que puede terminar agotándose
La paradoja es evidente. Lanzarote atrae precisamente por aquello que no puede reproducirse indefinidamente: su paisaje, su arquitectura tradicional, sus volcanes, sus espacios naturales, su imagen y una determinada manera de integrarse en el territorio.
Diversos estudios sobre la evolución del modelo territorial de la isla han señalado precisamente esa tensión: el proyecto asociado a Manrique consiguió diferenciar Lanzarote como destino, pero el crecimiento posterior puede poner en riesgo las condiciones que hicieron posible esa singularidad.
Dicho de otro modo: el éxito puede contener la semilla de su propia contradicción.
¿Qué habría dicho Manrique hoy?
Es tentador formular la pregunta. Pero sería intelectualmente deshonesto responderla poniendo palabras actuales en su boca.
No sabemos qué habría pensado Manrique de los 3,45 millones de turistas, de los nuevos desarrollos, de las plataformas digitales, de los cruceros, de la presión sobre el agua o de los cambios sociales de la isla.
Lo que sí sabemos es lo que escribió y declaró en 1962. Y sabemos que su preocupación central no era congelar Lanzarote, sino impedir que el progreso terminara destruyendo el paisaje que le daba sentido.
Por eso la comparación no necesita imaginar a Manrique. Necesita escucharle.
LA ADVERTENCIA QUE NO DEBERÍAMOS CONVERTIR EN UNA POSTAL
Existe una paradoja histórica en la manera en que hemos convertido a Manrique en símbolo de Lanzarote. Su imagen se ha incorporado al relato turístico de la isla, pero su voz crítica corre el riesgo de quedar en segundo plano.
Una cosa es recordar a Manrique. Otra, mucho más exigente, es asumir la incomodidad de sus preguntas.
Porque el Manrique de aquella entrevista no era solamente el artista. Era también el ciudadano que señalaba lo que estaba mal, que pedía decisiones, que reclamaba planificación y que advertía que la isla todavía estaba a tiempo.
Convertir esa advertencia en una postal sería traicionar precisamente aquello que la hizo valiosa.
4 DE SEPTIEMBRE DE 1962. 4 DE SEPTIEMBRE DE 2026.
Entre ambas fechas hay 64 años. En ese tiempo Lanzarote pasó de contemplar el turismo como una posibilidad a convertirse en uno de los grandes destinos turísticos de Canarias.
No hay que negar ese éxito. Ha generado empleo, actividad económica, infraestructuras y oportunidades. Pero tampoco hay que ocultar sus efectos. Una isla puede ganar visitantes y, al mismo tiempo, perder aquello que la hacía especial.
La cuestión, por tanto, no es elegir entre turismo o protección. El verdadero desafío consiste en conseguir que ambas cosas puedan seguir existiendo juntas.
Y VUELVO A LA PÁGINA DE ANTENA
Vuelvo a aquella página de Antena. Al 4 de septiembre de 1962. A las palabras de un artista que todavía no era el icono universal en que se convertiría y a las preguntas de un periodista que decidió publicarlas cuando nadie podía saber hasta dónde llegaría el turismo en Lanzarote.
No soy Guillermo Topham. Tampoco soy César Manrique.
Pero tengo delante aquella entrevista y creo que 64 años después merece algo más que permanecer archivada.
Topham preguntó. Manrique respondió. Ahora nos toca contestar.
Porque la pregunta ya no es si aquella advertencia era acertada. La pregunta es cuánto tiempo nos queda para demostrar que la entendimos.
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