La solución planteada en 1907 resulta sorprendente cuando se observa desde la Arrecife actual, porque para acelerar aquellos trabajos se proyectó tender raíles por las propias calles de la ciudad, instalar una pequeña infraestructura ferroviaria industrial y utilizar locomotoras y vagonetas para transportar los materiales. No era un ferrocarril destinado a viajeros ni un tranvía urbano, sino un sistema concebido exclusivamente para facilitar la construcción del puerto, aunque su trazado obligaría a que las vías atravesaran algunos de los espacios más transitados de aquella pequeña capital.
El 28 de septiembre de 1907, Ruperto González Hernández, gerente de la Sociedad Anónima de Construcción del Puerto del Arrecife, presentó ante el Ayuntamiento una solicitud para instalar esas vías férreas destinadas al transporte de los materiales necesarios para las obras, un documento especialmente significativo porque permite conocer no solo la existencia del proyecto, sino también los recorridos que se pretendían utilizar y la manera en que la nueva infraestructura iba a integrarse en el entramado urbano de Arrecife.
La historia, por tanto, no comenzó con una locomotora entrando en la ciudad, sino con una solicitud administrativa que anunciaba una transformación mucho más profunda. Arrecife estaba a punto de convivir con una infraestructura que, aunque provisional y vinculada a las obras portuarias, iba a introducir durante años una imagen completamente nueva en sus calles.
Dos líneas atravesando la ciudad
El primer itinerario partía de la zona conocida como Cuatro Esquinas, donde se encontraba una de las canteras utilizadas por la compañía, y avanzaba por la entonces calle Real, la actual León y Castillo, hasta alcanzar el mar, de manera que la piedra extraída podía ser trasladada directamente hacia las obras del futuro muelle.
El segundo recorrido respondía a una necesidad diferente, ya que estaba destinado fundamentalmente al transporte de arena. Partía desde la zona del callejón del Puente y atravesaba la calle Quiroga, la plaza de la Constitución y la calle del Campo, siguiendo después en dirección a la playa del Reducto, desde donde se obtendría parte del material necesario para la construcción.
La imagen resulta difícil de imaginar hoy, porque aquellas calles que actualmente forman parte del paisaje urbano consolidado de Arrecife estaban destinadas a convertirse temporalmente en un espacio compartido entre peatones, carros, animales, vagonetas y una pequeña locomotora, todo ello en una ciudad que todavía conservaba una escala muy reducida y cuya estructura urbana estaba lejos de parecerse a la que conocemos actualmente.
Un puerto que costó años levantar
La solicitud de septiembre de 1907 tampoco surgió de la nada, ya que el proyecto del nuevo puerto llevaba años gestándose y respondía a una aspiración fundamental para el futuro económico de Arrecife. En 1901 se había aprobado el proyecto de construcción de un Puerto de Interés General en la capital y el abastecimiento de agua, con un presupuesto superior a 1,1 millones de pesetas, mientras que en 1906 salió a licitación el muelle de abrigo y el camino de servicio por 927.191,64 pesetas, con un plazo inicialmente previsto de seis años.
En ese contexto, el 12 de mayo de 1906 se constituyó la Sociedad Anónima de Construcción del Puerto de Arrecife, una compañía que nació con 200 acciones de 1.000 pesetas cada una y que reunió a destacados miembros de la burguesía local, mientras Andrés Barral Sarabia asumía la dirección técnica de unas obras que iban a exigir una organización logística considerable para la época.
Entre quienes estuvieron vinculados a aquel proyecto se encontraba precisamente Ruperto González Hernández, quien posteriormente sería alcalde de Arrecife entre 1909 y 1911 y que ya había ejercido como concejal en 1907 y 1908, circunstancia que añade una dimensión política y empresarial a aquella solicitud que, aparentemente, podía parecer únicamente una cuestión técnica.
El Ayuntamiento tuvo que decidir si dejaba pasar el tren
El escrito presentado el 28 de septiembre abrió un expediente municipal y obligó al Ayuntamiento a estudiar cómo podía una infraestructura de estas características ocupar las calles sin alterar completamente la vida cotidiana de la ciudad.
La decisión no fue inmediata. El proyecto fue sometido a información pública durante veinte días y, transcurrido ese periodo, no se presentó ninguna reclamación, mientras que la investigación publicada en las XIV Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote recoge incluso que el vecindario mostraba su apoyo a la iniciativa.
Aquí resulta importante establecer una precisión histórica, porque el 28 de septiembre de 1907 no fue el día de la autorización definitiva de las vías, sino el de la presentación de la solicitud. El acuerdo municipal se produjo posteriormente, el 28 de octubre de 1907, una vez cumplido el periodo de información pública y examinadas las condiciones necesarias para permitir la instalación.
El permiso, además, no fue una autorización sin límites. El Ayuntamiento estableció que la concesión tendría una duración de seis años, con posibilidad de prórroga si el Estado ampliaba también el plazo de ejecución de las obras, y determinó que las calles ocupadas por las vías debían quedar posteriormente en perfecto estado, mientras que los raíles tendrían que colocarse en el centro de las calles y a nivel del pavimento, dejando acondicionado mediante adoquinado o empedrado el espacio correspondiente.
Las condiciones permiten imaginar bastante bien la preocupación municipal por una infraestructura que iba a compartir la calle con los ciudadanos. Si se utilizaban máquinas de vapor, estas debían ser manejadas por personal competente, su paso tenía que anunciarse mediante silbato o campana y una persona debía acompañar la circulación para regular la marcha y advertir a los transeúntes, mientras que la responsabilidad por los posibles accidentes recaería sobre la empresa.
El Ayuntamiento se reservaba incluso la posibilidad de incautar las vías si la compañía incumplía las condiciones establecidas, de modo que aquel pequeño ferrocarril industrial nacía sometido a una regulación que hoy puede resultar curiosa, pero que revela perfectamente las dificultades de introducir una locomotora en una ciudad donde todavía no existía experiencia alguna de convivencia con este tipo de maquinaria.
La locomotora llegó en 1908
La autorización municipal fue únicamente el principio, porque después llegó el momento de convertir el proyecto sobre el papel en una infraestructura real. La compañía adquirió canteras, vías, vagonetas y una locomotora, y la documentación conservada por Memoria de Lanzarote identifica una de estas máquinas como adquirida en 1908, destinada a trasladar la piedra desde la cantera situada en la zona de Cuatro Esquinas hasta las obras del nuevo muelle.
La existencia de aquella locomotora no pertenece únicamente al terreno de la documentación escrita, porque también se conservan imágenes históricas que permiten contemplarla y, sobre todo, fotografías en las que aparecen los raíles instalados en la calle Real, la actual León y Castillo.
Una de esas fotografías, perteneciente a la colección de la familia Andueza Martín y fechada entre 1911 y 1920, muestra precisamente la calle con las vías ferroviarias, constituyendo una de las pruebas visuales más importantes para reconstruir aquella historia.
La locomotora, por tanto, no es una reconstrucción posterior ni una interpretación basada exclusivamente en documentos administrativos. Los raíles estuvieron realmente en las calles de Arrecife y una pequeña locomotora circuló por ellas para transportar los materiales con los que se estaba construyendo el puerto.
La ciudad tuvo que adaptarse al tren
El proyecto tampoco quedó definitivamente fijado en el trazado inicial, porque las características de algunas calles hicieron necesario estudiar modificaciones. En 1908 la compañía solicitó alterar uno de los recorridos debido a la escasa anchura de la calle Quiroga en su cruce con León y Castillo, planteándose entonces utilizar el callejón del Muelle y continuar por la calle Coll, aunque aquella alternativa fue rechazada por el intenso tránsito que soportaba ese espacio.
Posteriormente se autorizó otro recorrido que pasaba por las proximidades del Castillo de San Gabriel, continuaba por la calle Coll, La Esperanza y la calle del Ángel y alcanzaba finalmente la zona litoral y el Reducto, demostrando que el ferrocarril no solo obligaba a instalar raíles, sino que también comenzaba a modificar temporalmente la propia organización del espacio urbano.
En algunos puntos fue necesario negociar con propietarios particulares para facilitar el paso de las vías y, en uno de los casos documentados, incluso se contempló el derribo de una habitación para ensanchar una calle y permitir el tránsito de las vagonetas, con el compromiso de reconstruirla una vez terminadas las obras.
Aquello significaba que la construcción del puerto estaba modificando físicamente Arrecife, porque las necesidades de una infraestructura concebida para transformar la economía de la ciudad estaban llegando hasta sus propias calles y afectando incluso a propiedades particulares.
Una locomotora que terminó provocando quejas
La convivencia entre la ciudad y aquella maquinaria tampoco fue siempre sencilla. En 1913 varios vecinos se quejaron por la circulación de la locomotora y por las condiciones de seguridad, lo que llevó al Ayuntamiento a recordar las obligaciones establecidas en la autorización de 1907.
La situación llegó a tal punto que, a comienzos de 1914, se prohibió temporalmente la circulación de la máquina mientras la compañía no cumpliera las disposiciones municipales, aunque posteriormente las deficiencias fueron corregidas y el servicio pudo reanudarse.
La memoria de aquella locomotora quedó además vinculada a los recuerdos de quienes vivieron aquellos años. Marcelino de Páiz recordó posteriormente la máquina circulando por la calle Real y a los niños jugando con pequeñas piezas metálicas que encontraban en los raíles, un testimonio que permite comprender que aquella infraestructura, aunque concebida como un recurso estrictamente industrial, terminó formando parte de la vida cotidiana de la ciudad.
No era solamente una obra pública que podía verse desde lejos. Era una locomotora atravesando Arrecife, con sus sonidos, sus vagonetas y sus riesgos, mientras la población continuaba desarrollando su vida alrededor de las obras.
La gran obra se hizo esperar
El puerto debía terminarse en seis años, pero la realidad fue muy distinta. Los temporales y la emigración constante de trabajadores hacia América retrasaron los trabajos, de modo que en 1913 la compañía tuvo que solicitar una prórroga de dieciocho meses, mientras que posteriormente la Primera Guerra Mundial provocó nuevas dificultades y encareció los materiales, obligando a solicitar otra prórroga en 1916.
La construcción acabó prolongándose durante más de una década y el proyecto del Muelle Grande se dio por concluido en febrero de 1919, aunque todavía quedaban trabajos relacionados con el empedrado de algunas calles por las que habían circulado las vías y con la limpieza de determinadas zonas próximas al puerto.
La inauguración oficial del Muelle Grande se sitúa en 1920, y con la conclusión de aquella gran obra comenzó también el final de la pequeña infraestructura ferroviaria que había permitido transportar sus materiales.
En 1919 una comisión estudió el levantamiento de las vías instaladas en diferentes calles y la forma de devolver a las calzadas su aspecto anterior, mientras que en 1920 se procedió a la venta de parte de la infraestructura y de la locomotora, cerrándose así una etapa singular de la historia urbana de Arrecife.
Los raíles que desaparecieron de la memoria
La historia terminó dejando una paradoja, porque la infraestructura que había sido necesaria para construir el Muelle Grande desapareció prácticamente del paisaje urbano en cuanto dejó de ser necesaria. Las calles recuperaron progresivamente su aspecto habitual, los raíles fueron desmontados, la locomotora dejó de circular y las vagonetas desaparecieron de la calle Real, de Quiroga y de los demás recorridos utilizados durante las obras.
Durante aproximadamente una década, sin embargo, Arrecife tuvo un pequeño tren industrial circulando por sus calles, una imagen que hoy parece difícil de conciliar con el paisaje urbano contemporáneo, pero que las fotografías y los documentos conservados permiten reconstruir con bastante precisión.
Caminar actualmente por León y Castillo, por Quiroga o por las inmediaciones del antiguo frente marítimo hace difícil imaginar aquella escena, aunque las imágenes conservadas por Memoria de Lanzarote permiten devolverla durante unos instantes a la ciudad, mostrando los raíles instalados en la calle Real y la pequeña locomotora utilizada para trasladar la piedra hasta las obras del puerto.
El día que empezó a tenderse otro Arrecife
El 28 de septiembre de 1907 no llegó un tren a Arrecife y tampoco se inauguró un ferrocarril. Aquel día ocurrió algo más discreto, pero con el tiempo mucho más significativo: una empresa vinculada a la construcción del nuevo puerto pidió permiso para ocupar las calles de la ciudad con raíles, porque necesitaba una forma rápida y eficaz de transportar los materiales con los que iba a levantar la infraestructura que terminaría transformando la relación de Arrecife con el mar.
Aquella solicitud fue el primer paso administrativo de una infraestructura que después obligaría a regular el tráfico de una locomotora, advertir a los peatones mediante campanas y silbatos, negociar con propietarios particulares, modificar recorridos y, finalmente, levantar los raíles para devolver las calles a la ciudad.
Durante unos años, Arrecife tuvo algo que hoy parece imposible de imaginar, un tren atravesando su centro no para llevar pasajeros, sino para construir el puerto que cambiaría su historia.
Y quizá esa sea la verdadera historia escondida detrás de aquella fecha, porque antes de convertirse en la ciudad portuaria que conocemos, Arrecife tuvo que aprender a convivir con una pequeña locomotora que llevó el puerto hasta sus propias calles.
Fuentes documentales
• Antonio J. Montelongo Fránquiz y Marcial A. Falero Lemes, El Puerto del Arrecife, Cabildo de Lanzarote y Ayuntamiento de Arrecife, 2000, p. 109.
• Antonia Sáenz Melero, Manuel García González y Francisca M.ª Perera Betancort, «La Compañía Anónima de Construcción del Puerto de Arrecife. El Muelle Grande», XIV Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote, pp. 351-374.
• Archivo Municipal de Arrecife, expediente de autorización de vías férreas y Libro de Actas de Sesiones del Ayuntamiento de Arrecife, 28 de octubre de 1907, citados en la investigación de las XIV Jornadas.
• Memoria de Lanzarote, documentación e imágenes históricas de la locomotora y de los raíles de la calle Real.
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