El calendario quiso añadir simbolismo, porque aquel día era el Día Mundial del Turismo, precisamente la actividad que había transformado la economía de Lanzarote y que también estaba en el centro del debate. La Isla crecía, llegaban nuevos residentes, aumentaban las plazas turísticas y se multiplicaban los proyectos urbanísticos, pero también crecían las dudas, ¿hasta dónde podía llegar Lanzarote?, ¿cuántas camas podía soportar?, ¿cuántas carreteras?, ¿cuántos puertos?, ¿cuántos campos de golf?, ¿cuánta construcción? La discusión ya no era exclusivamente medioambiental, había entrado de lleno en la vida cotidiana.
Lanzarote rondaba entonces los 110.000 habitantes y la población había aumentado con rapidez durante los años anteriores, mientras el turismo avanzaba y la construcción también, sometiendo al territorio a una presión creciente. La preocupación alcanzaba al agua, a las infraestructuras, al tráfico, a la sanidad, a la educación, al sector primario y al litoral, pero también al modelo económico que estaba tomando forma en la Isla.
El conflicto tenía nombres concretos. Berrugo era uno de ellos, las obras del puerto habían comenzado en 2000 y el proyecto se convirtió en uno de los símbolos de la oposición ciudadana. Playa Quemada era otro, allí la posibilidad de nuevas construcciones había provocado una fuerte movilización vecinal. Maciot aparecía en el debate con un proyecto de seis campos de golf y un complejo turístico-residencial, mientras Montaña Blanca estaba relacionada con el proyecto de un radar de aproximación aérea. También estaban sobre la mesa nuevas actuaciones en Playa Blanca, Órzola, La Santa, Tahíche, Guatiza y otros puntos de la Isla.
El problema no era solamente lo que ya se estaba construyendo, también preocupaba lo que podía llegar a construirse. Miles de nuevas plazas turísticas aparecían en diferentes proyectos y Montaña Roja concentraba una parte importante de la controversia. La posibilidad de desarrollar miles de camas en el sur alimentaba el temor a que el crecimiento escapara al control de las instituciones, mientras una palabra comenzaba a ganar protagonismo en el debate público: límite.
El agua era otro de los grandes asuntos, porque Lanzarote dependía de la desalación y la expansión turística exigía más recursos. La gestión de las plantas desaladoras y el futuro de Inalsa formaban parte de la discusión, al igual que la extracción de áridos, los vertidos, el deterioro del litoral, el futuro del sector agrícola y ganadero, la pérdida de suelo y la transformación del paisaje.
Y entonces apareció el Foro Lanzarote, una plataforma que consiguió reunir sensibilidades diferentes, ecologistas, asociaciones vecinales, sindicatos, empresarios, colectivos sociales, organizaciones y personas particulares. No todos compartían las mismas ideas ni tenían las mismas prioridades, pero decidieron caminar juntos alrededor de una preocupación común: el futuro de la Isla.
La convocatoria se preparó durante meses, se imprimieron carteles, se repartieron folletos, se hicieron pancartas y vehículos recorrieron Lanzarote anunciando la protesta, intentando que el mensaje llegara a todos los municipios. Había una pregunta que resumía aquella campaña y que apareció en numerosos carteles: «¿Y tú qué vas a hacer?».
La respuesta llegó el 27 de septiembre. La concentración comenzó en las proximidades de la Ciudad Deportiva de Arrecife y después comenzó la marcha, que avanzó hacia las Cuatro Esquinas, continuó por la Calle Real y terminó en el recinto ferial. Las imágenes de aquella noche muestran una multitud ocupando las calles de la capital. Las cifras difieren según las fuentes, aunque la prensa de la época habló de alrededor de 10.000 personas y otras reconstrucciones sitúan la participación por encima de 8.000, una diferencia de estimación que no cambia la dimensión de aquella movilización, considerada una de las mayores protestas ciudadanas de la historia reciente de Lanzarote.
Las pancartas hablaban de los conflictos que habían provocado la convocatoria, Berrugo, Playa Quemada, Montaña Blanca, Las Coloradas, el litoral, las prospecciones petrolíferas y el modelo turístico, pero también hubo espacio para la ironía, para el humor y para la sátira, porque aquella manifestación no fue únicamente una protesta, también fue una expresión cultural de una sociedad que sentía que su territorio estaba cambiando demasiado deprisa.
Entre los manifestantes caminó José Saramago, el escritor portugués que llevaba nueve años viviendo en Lanzarote y que había convertido la Isla en su lugar de residencia y en una parte fundamental de su vida. Aquella noche salió a la calle acompañado por Pilar del Río, José Juan Ramírez y Fernando Gómez Aguilera, mientras también participaba Miguel Ríos. La presencia de ambos artistas dio una dimensión especial a la protesta y permitió que la defensa de Lanzarote adquiriera una repercusión que superaba el ámbito insular.
Saramago habló sobre el futuro de la Isla, sobre la necesidad de que la ciudadanía tomara conciencia y sobre la importancia de impedir que el crecimiento terminara transformando aquello que hacía singular a Lanzarote. Miguel Ríos también mostró su apoyo y la noche terminó con música y actuaciones de Arístides Moreno, Kardomillo, Salvador Leal y Losotroh, además del propio Miguel Ríos, que interpretó «Todo a pulmón».
Pero el momento central fue el manifiesto, cuya lectura estuvo protagonizada por seis personas. El mensaje reclamaba participación ciudadana, pedía responsabilidad y cuestionaba un modelo de crecimiento considerado excesivo por los convocantes, defendiendo que el futuro de Lanzarote no podía decidirse únicamente desde los despachos.
La sociedad insular parecía compartir buena parte de aquellas preocupaciones. Una encuesta del Centro de Datos realizada en 2002 reflejó que el 83,3% de los encuestados conocía la manifestación y que el 77,2% estaba de acuerdo con ella, mientras la defensa del sector primario recibió una valoración de 8,98 sobre 10. También obtuvieron un respaldo elevado el cierre de plazas turísticas ilegales, la regulación de los vertidos al mar, la oposición a las prospecciones petrolíferas y la reducción del crecimiento turístico.
Aquellos datos permiten entender mejor lo que ocurrió aquella noche, porque el 27-S no fue solamente una movilización de activistas, había detrás una preocupación social mucho más amplia. Una parte importante de la población estaba empezando a preguntarse si el crecimiento económico podía mantenerse indefinidamente sin consecuencias para el territorio y para la vida cotidiana.
La manifestación tuvo consecuencias políticas. En enero de 2003 se presentó una revisión del Plan Insular que planteaba eliminar unas 25.000 camas turísticas y reducir millones de metros cuadrados de suelo turístico todavía sin urbanizar, una propuesta que afectaba, entre otros espacios, a terrenos de Playa Quemada, Playa Blanca y Charco del Palo. El redactor del documento, Fernando Prats, vinculó esa posibilidad al apoyo de una parte importante de la sociedad lanzaroteña.
Algunos de los proyectos que habían alimentado la protesta acabarían siendo rechazados, otros continuarían durante años, algunos terminarían en los tribunales y otros desaparecerían de la agenda pública. También cambió la vida de algunos de los protagonistas, porque parte de aquellos activistas terminó dando el salto a la política institucional, mientras otros defendieron que los movimientos sociales debían mantener su independencia. La relación entre ecologismo y política se convirtió así en uno de los debates derivados de aquella movilización.
El 27-S había conseguido colocar el territorio en el centro de la conversación pública, pero también había demostrado que una plataforma ciudadana podía modificar el debate político de una Isla. Aquella movilización no nació únicamente de una preocupación ambiental, también estuvo relacionada con la pérdida de calidad de vida, la presión sobre las infraestructuras, la educación, la sanidad, el tráfico y la transformación acelerada de la sociedad lanzaroteña.
Veinticuatro años después, la fotografía de aquella noche conserva una fuerza extraordinaria, una multitud caminando por Arrecife, pancartas levantadas, familias enteras, jóvenes, mayores, trabajadores, empresarios, ecologistas, vecinos y personas que quizá nunca antes habían participado en una manifestación, con José Saramago entre la gente y Miguel Ríos sobre un escenario. Todo acompañado por una frase que resumía aquella inquietud: «En defensa de Lanzarote y su futuro, no a la destrucción de la Isla».
Hoy aquella manifestación forma parte de la memoria contemporánea de Lanzarote, pero también plantea una pregunta que sigue teniendo recorrido periodístico, ¿qué queda de aquel 27 de septiembre de 2002? Algunas batallas se ganaron, otras se perdieron, algunos proyectos desaparecieron y otros cambiaron de forma, mientras el turismo siguió creciendo, la población también y el debate sobre los límites volvió una y otra vez, con el territorio convertido de nuevo en uno de los grandes asuntos de la política y de la vida insular.
El 27-S fue una fotografía de su tiempo, pero también fue algo más, fue una advertencia y una llamada de atención, una sociedad diciendo que el crecimiento tenía un precio y que el territorio no era infinito. Aquella noche miles de personas caminaron por las calles de Arrecife para defender una determinada idea de Lanzarote, no sabían cómo sería la Isla 24 años después ni podían imaginar todos los debates que vendrían, pero sí tenían una certeza: Lanzarote tenía un límite y aquella noche decidió salir a la calle para recordarlo.
Fuentes documentales
La Voz de Lanzarote, edición de 28 de septiembre de 2002, Hemeroteca Jable de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
El País, «Manifestación multitudinaria para conservar Lanzarote», 29 de septiembre de 2002. Memoria de Lanzarote, grabación de la manifestación «Parar la destrucción», 27 de septiembre de 2002. Centro de Datos de Lanzarote, Encuesta de Temas Insulares de 2002.
Lanzarote Reserva de la Biosfera, documentación sobre la movilización del 27-S. WWF/Adena, revista Panda, otoño de 2002.
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