23 de septiembre de 1945: el día en que La Graciosa dejó de depender de Lanzarote hasta para enterrar a sus muertos

La primera misa en la nueva iglesia de Caleta de Sebo simbolizó el comienzo de una transformación que llevó a la isla cementerio, escuela, muelle y depósitos de agua después de décadas de aislamiento

Iglesia de La Graciosa

Antes de convertirse en destino turístico, antes de que sus calles fueran recorridas cada verano por miles de visitantes y mucho antes de que La Graciosa fuera reconocida oficialmente como la octava isla habitada de Canarias, vivir allí significaba enfrentarse cada día a una geografía que condicionaba prácticamente todo. Incluso la muerte. 

Durante décadas, los gracioseros que fallecían en la isla no podían ser enterrados en ella. Sus familiares debían cruzar el estrecho de El Río con el cadáver y, una vez alcanzada la costa de Lanzarote, afrontar la subida por el Risco de Famara para trasladarlo hasta Haría. El Ayuntamiento de Haría conserva la memoria de aquellos cortejos fúnebres y confirma que los fallecidos de La Graciosa eran enterrados en el cementerio de Haría. 

Era un último viaje que resumía la vida entera de una comunidad obligada a depender de la isla vecina. 

El 23 de septiembre de 1945, algo comenzó a cambiar. Ese día se inauguró en Caleta de Sebo la iglesia dedicada a Nuestra Señora del Carmen y se celebró la primera misa, oficiada por Juan Alonso Vega, entonces magistral de la Catedral de Las Palmas. 

La fecha no fue una simple celebración religiosa. La iglesia formaba parte de un programa de infraestructuras que estaba modificando las condiciones de vida de la población graciosera. Y entre aquellas obras había una especialmente significativa: un cementerio propio. 

 

Una isla poblada, pero sin cementerio 

La Graciosa comenzó a contar con población permanente desde el siglo XIX. Hacia 1898, Caleta de Sebo y Pedro Barba reunían ya a más de una treintena de pescadores procedentes principalmente del norte de Lanzarote. Aquellos primeros habitantes vivían en condiciones muy precarias y tenían en la pesca su principal medio de subsistencia. 

Pero la isla carecía de muchos de los servicios básicos que hoy parecen inseparables de cualquier núcleo de población. No había escuela estable, ni una infraestructura portuaria adecuada, ni suficientes depósitos de agua. Tampoco existía un camposanto. 

Por eso la muerte obligaba a abandonar la isla. 

Los testimonios históricos describen cómo los cadáveres eran trasladados en pequeñas embarcaciones hasta la costa de Lanzarote. Desde allí comenzaba otro trayecto: el ascenso por el antiguo camino de los gracioseros, por las vertientes del Risco de Famara, hasta alcanzar Haría.

La escena resulta difícil de imaginar hoy: un ataúd atravesando El Río, una comitiva familiar siguiendo la embarcación y, después, los hombres cargando el féretro por un sendero estrecho y empinado hasta alcanzar Haría. 

Una fuente histórica de 1966 conservada en la documentación de Haría describe el procedimiento: en La Graciosa se improvisaba incluso el ataúd con maderas disponibles, en ocasiones procedentes de embarcaciones desguazadas; después, familiares y vecinos cruzaban El Río acompañando al féretro y emprendían la subida del risco hasta Haría. 

No era solamente un entierro. Era otro viaje impuesto por el aislamiento. 

 

García Escámez y el cambio de una isla 

La transformación comenzó a tomar forma a partir de 1943, cuando el entonces capitán general de Canarias Francisco García Escámez, al frente del Mando Económico de Canarias, impulsó la dotación de infraestructuras básicas para La Graciosa. 

La investigación académica de José Alberto Galván Tudela documenta que, a partir de ese momento, se proyectaron y ejecutaron diferentes obras: depósitos y aguadas de agua, cementerio, iglesia, escuela y un pequeño muelle. También se entregaron herramientas agrícolas y cuatro camellos destinados a las labores del campo. 

La documentación fotográfica del antiguo Álbum del Mando Económico permite poner cifras a algunas de aquellas actuaciones. El cementerio aparece con una inversión de 12.000 pesetas y fecha de 1943; la iglesia figura con un coste de 25.000 pesetas en 1944; el embarcadero, con 13.000 pesetas, también en 1944, y un aljibe con 5.000 pesetas. 

Por tanto, el 23 de septiembre de 1945 no fue el día en que aparecieron de golpe todas aquellas infraestructuras. Fue el momento en que la iglesia quedó incorporada a la vida cotidiana de la comunidad, dentro de una transformación material que ya había comenzado. 

 

El agua también era una cuestión de supervivencia 

La historia del aislamiento graciosero no puede entenderse únicamente desde los entierros. El agua constituía otro de los grandes problemas. 

La escasez obligaba a almacenar cuidadosamente el agua de lluvia y hacía depender a la población de recursos que se encontraban fuera de la isla. El programa de infraestructuras de los años cuarenta incorporó varios aljibes y depósitos destinados a mejorar el abastecimiento. 

Pero aquellas obras no significaron que La Graciosa dispusiera de agua corriente como hoy la conocemos. Eran infraestructuras destinadas a recoger, almacenar y administrar un recurso escaso. La vida continuaba siendo dura. 

 

Una escuela, un muelle y una iglesia 

La construcción de la iglesia tuvo también un efecto urbano. El Gobierno de Canarias señala que el templo fue construido en 1945 y que su aparición se produjo en una época en la que Caleta de Sebo comenzaba a consolidarse como núcleo de población. 

La pequeña iglesia marinera no era, por tanto, un edificio aislado. Era una pieza más de un proceso que estaba dando forma a la localidad.

Llegaron también la escuela, el muelle y las infraestructuras hidráulicas. Para una comunidad acostumbrada a cruzar El Río para conseguir buena parte de aquello que necesitaba, cada nueva infraestructura significaba reducir una dependencia. 

 

El 23 de septiembre 

Aquel domingo de septiembre de 1945, Juan Alonso Vega ofició la primera misa en la nueva iglesia de Nuestra Señora del Carmen. 

La imagen tiene una enorme fuerza simbólica. Hasta entonces, la vida religiosa de los gracioseros estaba vinculada a las parroquias de Lanzarote. La iglesia de 1945 no significó todavía la independencia parroquial: La Graciosa tendría que esperar hasta 1987 para contar con su propia parroquia, según la documentación histórica local. 

Pero en 1945 ya había comenzado algo. La isla tenía un templo y tenía también un cementerio. Por primera vez, los gracioseros podían vivir y morir dentro de los límites de su propia isla sin que el último adiós exigiera necesariamente cruzar El Río. 

 

La muerte como medida del aislamiento 

Quizá ninguna otra historia explique mejor lo que significaba vivir en La Graciosa antes de aquella transformación. 

Para comprar alimentos había que cruzar; para vender pescado había que cruzar; para realizar determinados trámites había que cruzar; para acudir a determinados servicios religiosos había que cruzar y, para enterrar a los muertos, también. 

Los antiguos relatos de la vida graciosera hablan de hombres y mujeres que, desde la madrugada, cruzaban hasta Lanzarote, desembarcaban con el agua a la cintura y ascendían el Risco cargados con pescado para venderlo en Yé, Máguez o Haría. Después regresaban con gofio, cereales y otros productos. 

El camino de los gracioseros era así mucho más que un sendero. Era una frontera cotidiana. El mar separaba las dos islas, pero el risco hacía todavía más visible esa separación. 

 

La paradoja de una isla que empezó a tenerlo todo, poco a poco 

El proceso de los años cuarenta no terminó con el aislamiento. La Graciosa continuó dependiendo durante décadas de Lanzarote para numerosos servicios y suministros. 

Pero las nuevas infraestructuras marcaron un punto de inflexión. La isla comenzó a dejar de ser solamente una pequeña comunidad pesquera para convertirse en un núcleo de población estable. 

La escuela preparaba a los niños, el muelle facilitaba las comunicaciones, los depósitos de agua mejoraban la supervivencia cotidiana, la iglesia creaba un espacio religioso y comunitario y el cementerio hacía algo todavía más profundo: permitía que los muertos permanecieran en la isla donde habían vivido. 

 

De aquel cementerio a la octava isla 

La Graciosa de 1945 queda muy lejos de la actual. Aquella comunidad de pescadores y agricultores no podía imaginar la transformación turística que experimentaría décadas después.

Tampoco podía imaginar que La Graciosa acabaría siendo reconocida oficialmente como la octava isla habitada de Canarias. 

Pero el proceso de construcción de esa comunidad moderna comenzó mucho antes del turismo. Comenzó con cosas mucho más sencillas: con agua, con una escuela, con un muelle, con una iglesia y con un cementerio. 

Por eso el 23 de septiembre de 1945 puede leerse como una fecha que va mucho más allá de la inauguración de un templo. 

Aquel día, una misa reunió a los gracioseros alrededor de una iglesia recién construida. A pocos pasos de allí, un cementerio estaba empezando a resolver una de las dependencias más dolorosas de la isla. Ya no era necesario que cada historia terminara al otro lado del mar. 

 

Ochenta y un años después 

En septiembre de 2026, resulta fácil mirar La Graciosa desde sus playas, sus caminos de arena, sus bicicletas, sus casas blancas o la imagen turística que proyecta al mundo. 

Pero basta mirar hacia el Risco de Famara para recordar otra isla: la de los hombres y mujeres que cruzaban El Río de madrugada, la de quienes subían con pescado a la espalda, la de quienes bajaban con gofio y alimentos, la de los niños que necesitaban una escuela, la de las familias que dependían de Lanzarote para determinados servicios y la de quienes, durante años, tuvieron que acompañar a sus muertos por mar y después cargar sus ataúdes risco arriba hasta Haría. 

El 23 de septiembre de 1945 aquella historia comenzó a cambiar. 

No porque La Graciosa dejara de depender de Lanzarote de un día para otro. No ocurrió así. Pero comenzó a disponer de aquello que convierte un territorio en una comunidad: un lugar para aprender, un lugar para reunirse, un lugar para rezar, agua para sobrevivir y, finalmente, un lugar para enterrar a sus muertos. 

Ochenta y un años después, aquella pequeña iglesia de Caleta de Sebo sigue en pie y el cementerio continúa mirando hacia el mismo paisaje. 

Al otro lado del mar permanece Lanzarote. Pero quienes descansan allí ya no tuvieron que cruzarlo para encontrar su última morada. 

 

Fuentes documentales 

• Gobierno de Canarias, CanariWiki, Iglesia de Nuestra Señora del Carmen de La Graciosa. • Ayuntamiento de Haría, documentación histórica sobre los antiguos entierros y el camino de los gracioseros. 

• José Alberto Galván Tudela, investigación sobre los procesos de apropiación y gestión de recursos comunales en La Graciosa. 

• Memoria de La Graciosa, documentación del Álbum del Mando Económico del Archipiélago Canario y fondos de Casa de Colón/Fedac. 

• Historia de La Graciosa, documentación histórica sobre la inauguración de la iglesia y la vida de la población graciosera. 

• Estudios históricos y geográficos sobre las transformaciones de La Graciosa durante el periodo 1943-1967. • Historia de Haría, documentación sobre los fallecidos de La Graciosa enterrados en Haría.

 

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