El histórico pueblo agrícola de Tiagua, de origen aborigen y situado en el municipio de Teguise, vuelve estos días la mirada hacía sus raíces con motivo de las fiestas en honor a su patrona, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
La historia de este entrañable pueblo lanzaroteño se remonta a tiempos muy antiguos. Su asentamiento original estuvo situado en la zona de Fiquinineo, próxima a importantes yacimientos arqueológicos como la Cueva del Majo y El Bebedero. Sin embargo, las adversidades de la naturaleza, entre ellas las tormentas de arena y la erupción volcánica de 1585, obligaron a sus antiguos pobladores a trasladarse hasta el lugar donde actualmente se levanta el pueblo de Tiagua.
Y precisamente de historia, recuerdo, esfuerzos y vivencias estuvo impregnada la noche del pasado jueves, cuando a las 20.00 horas, el Centro Socio Cultural El Molino de Tiagua acogió el tradicional pregón de las fiestas. Con el aforo del salón social completamente lleno, vecinos y visitantes se dieron cita para compartir una velada muy especial, marcada por la emoción y por el protagonismo de varios hijos del pueblo que han sabido convertir el esfuerzo y la constancia en una forma de vida.
Esta año, el pregón tuvo como protagonistas a vecinos emprendedores de Tiagua, hombres vinculados a diferentes profesiones y actividades empresariales que, con su trabajo diario, han contribuido también al desarrollo económico y social del pueblo.
Entre ellos se encontraba Esteban Martín, dedicado desde hace años a la carpintería, profesión que desarrolla en su propio taller; Aníbal y Germán Díaz Barrios, propietarios de una empresa de alquiler de vehículos; José María y Óscar Cabrera, al frente de su empresa de transportes y excavaciones; y Casimiro Rivera Bonilla, dedicado igualmente al sector del transporte.
Todos ellos son hijos de Tiagua. algunos continuaron el legado y el camino iniciado por sus antecesores, mientras que otros decidieron emprender por cuenta propia y construir, paso a paso, sus propias empresas. Un camino que, como ellos mismos relataron durante el pregón, ha estado lleno de horas de trabajo, sacrificio, preocupaciones y también satisfacciones.
Cada uno de los pregoneros compartió con el público su propia historia, recordando cómo fueron aquellos primeros comienzos y cómo, con el paso de los años, han logrado mantener viva la actividad a pesar de las dificultades y de la incertidumbre que, en muchas ocasiones, acompaña el panorama laboral y empresarial actual.
También hubo espacio para hablar del futuro. algunos expresaron la preocupación y la incertidumbre que siente ante la posibilidad de que sus hijos no continúen al frente de los negocios familiares. Las nuevas generaciones han emprendido sus propios caminos, cuentan con otras formaciones y proyectos personales y, como ocurre tantas veces, sus vidas pueden transcurrir por senderos diferentes a los que un día eligieron sus padres.
Pero si hubo algo que despertó especialmente la emoción entre los asistentes fueron los recuerdos de la infancia y la juventud.
La sencillez de las fiestas de antaño
Los pregoneros hablaron de aquellas fiestas de antaño, sencillas y humildes, muy diferentes en muchos aspectos a las que se celebran en la actualidad. No había grandes eventos ni extensos programas festivos, pero, como ellos mismos coincidieron en señalar, con muy pocas cosas eran tremendamente felices.
Una simple gincana, una carrera de sacos o una verbena celebrada en la era de alguno de los vecinos eran suficientes para llenar de alegría las calles y los corazones de aquellos niños y jóvenes de Tiagua.
Y, por supuesto, había un día que se esperaba con una ilusión muy especial: la festividad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
Llagaba entonces el momento de estrenar, aquel que podía la ropa nueva para asistir a la solemne función religiosa y a la posterior procesión. Después, la celebración continuaba en los hogares, alrededor de la mesa familiar, disfrutando de esa comida especial preparada para el día grande de las fiestas. Y como broche final, no podía faltar el postre casero, elaborado artesanalmente y con todo el cariño por las madres, cuyos sabores permanecen aún hoy vivos en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de disfrutar de aquellos tiempos.
Vivencias sencillas, pero cargadas de enorme valor sentimental. Recuerdos de una época en la que quizá había menos comodidades y menos posibilidades, pero en la que, como coincidieron una y otra vez los pregoneros, se vivía con una felicidad que permanece intacta en la memoria.
El público siguió cada una de las intervenciones con enorme atención y cercanía, y los pregoneros recibieron el cálido y merecido aplauso de los vecinos y visitantes.
En esta entrañable velada tampoco faltó el acompañamiento de distintas autoridades y representantes de la comunidad. Los protagonistas estuvieron arropados por el vecino, el párroco don Rafael Tejera Parrilla, sí como por la alcaldesa del Ayuntamiento de Teguise, Olivia Duque, y el concejal de Fiestas y Cultura, Andoni Machín.
Sin lugar a dudas, fue una noche muy especial y entrañable. Una noche en la que las palabras de los pregoneros consiguieron despertar numerosos recuerdos entre los asistentes, transportándolos, por uno momentos, a sus propios años de niñez y juventud.
Porque, al escuchar aquellas historias, muchos vecinos pudieron reconocer también una parte de su propia vida: las fiestas de antaño, los juegos en las calles, las reuniones familiares, la ilusión por estrenar una prenda nueva o la felicidad de disfrutar de las cosas sencillas.
Tiagua inauguró así sus fiestas patronales con un pregón diferente, cercano y profundamente humano. Un homenaje al espíritu emprendedor de varios de sus hijos, pero también un homenaje a la memoria colectiva de un pueblo que no olvida sus raíces.
Una noche para recordar que el progreso es importante, que los tiempos cambian y que las nuevas generaciones tienen derecho a elegir sus propios caminos, pero también para comprender que hay recuerdos, valores y vivencias que forman parte para siempre de la identidad de un pueblo.
Y, sobre todo, una noche que dejó en el aire una reflexión compartida por todos: quizá teníamos menos cosas, pero, sin duda alguna, éramos muy felices.
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