Ir al contenido principal

El concurso de microrrelatos de Radio Lanzarote cierra su XVI edición con 178 textos

El concurso, que dio comienzo este pasado 1 de julio, homenajea al pintor, ensayista, narrador, dramaturgo y gestor cultural lanzaroteño Félix Hormiga

Radio Lanzarote
Radio Lanzarote

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00

La XVI edición del certamen de Microrrelatos de Radio Lanzarote 2026 ha recibido un total de 178 textos enviados a la redacción de La Voz de Lanzarote y Radio Lanzarote-Onda Cero.

El concurso, que dio comienzo este pasado 1 de julio, homenajea al pintor, ensayista, narrador, dramaturgo y gestor cultural lanzaroteño Félix Hormiga (1951-2025). Un año más, los Centros Turísticos colaboran con el certamen, que abrió el plazo 1 de julio de 2026 y estuvo abierto hasta el 31 de agosto, ambos inclusive.

En esta ocasión los participantes debían presentar una microhistoria que no debía exceder las 100 palabras entre las que no cuenta la frase que aportaremos a continuación. Todos los relatos tienen el mismo título "...Y por la tarde llovió". A partir de este título los participantes deben imaginar qué pasa posteriormente.

Cada autor pudo enviar un máximo de cinco relatos, que pudo firmar con pseudónimo, aunque debía indicar siempre un nombre y un teléfono de contacto. Asimismo, los relatos se enviaron a la dirección: concursorelatos@lanzarotemedia.net. 

En la publicación no figurará el nombre del autor. Solo después del fallo se conocerán los nombres de los autores ganadores y finalistas.

Un jurado compuestos por periodistas de Radio Lanzarote y La Voz de Lanzarote elegirán tres relatos ganadores y siete finalistas. El fallo del certamen se hará público en la segunda quincena de septiembre. 

Este año se mantendrá la numeración original de los textos teniendo en cuenta también aquellos que han sido descalificados. Los últimos textos que se han recibido son los siguientes:

135)...Y por la tarde llovió.

Esperé junto a la carretera mientras el coche se alejaba, sin entender por qué me dejaron solo.

La lluvia borraba el olor de casa. Me refugié bajo una roca y una gota bajó por mi cara. Era distinta: nacía de mis ojos.

No sabía que el dolor mojaba.

Miré al cielo. Seguía llorando. Quizá se sentía perdido.

Me abracé las patas con la cola y ronroneé. El cielo pareció escucharme: dejó de rugir, bajó la voz y se quedó.

A lo lejos, el trueno murmuraba mientras las gotas aprendían mi idioma.

Y comprendí que el cielo también sabía ronronear.

 

136) ...Y por la tarde llovió.

Durante años creyó que la lluvia era su enemiga.

Le recordaba a aquella noche: unas manos que no debieron tocarla y su propia voz aprendiendo a desaparecer.

Después vinieron los silencios. Las duchas demasiado largas. El miedo a quedarse sola. La culpa, aunque nunca fue suya.

Hasta que un día volvió a llover.

Se quedó quieta junto a la ventana.

Dejó que el agua golpeara el cristal, respiró hondo y, por primera vez, dijo en voz alta:

—No fue mi culpa.

Y entonces comprendió que algunas tormentas no vienen para mojarte.

Vienen para llevarse lo que ya no necesitas esconder.

 

138)...Y por la tarde llovió.

El hombre salió al patio con una pala.

—¿Qué haces? —preguntó su nieta.

—Busco la isla.

La niña rió.

—¡Abuelo, Lanzarote está aquí!

Él siguió cavando.

Había nacido cuando la tierra aún parecía interminable. Recordaba los campos, los aljibes, las manos negras de sus padres y un horizonte sin hoteles.

Sacó del suelo una piedra mojada y se la entregó.

—Guárdala.

—¿Para qué?

El viejo miró el mar.

—Para que, cuando alguien pregunte dónde estaba la isla que conocimos, puedas enseñársela.

 

139)...Y por la tarde llovió.

El viejo Tomás salió al patio con un cubo.

—¡Por fin! —gritó.

Los vecinos se asomaron a las ventanas. Nadie entendía aquella alegría. Tomás colocó el cubo bajo el canalón y esperó.

Cuando estuvo lleno, entró en casa, cerró las puertas y guardó el agua en una botella.

—¿Para qué? —preguntó su nieta.

Tomás sonrió.

—Para cuando vuelva a llover.

La niña se rio.

—Pero abuelo, aquí siempre vuelve.

Él miró hacia Timanfaya, luego al cielo.

—Eso mismo decía tu bisabuelo.

Y tapó la botella.

Era la última que quedaba.

 

140)...Y por la tarde llovió.

El anciano llevaba cuarenta años esperando aquella tarde.

Cada mañana salía al patio, miraba el cielo y volvía a entrar.

Su mujer se burlaba:

—Algún día lloverá. No tengas tanta prisa.

Ella murió antes.

Él siguió esperando.

Cuando finalmente cayeron las primeras gotas, salió descalzo. Abrió el aljibe, retiró la tapa y escuchó.

No había agua. Había una voz.

—Ya puedes dejar de esperarme.

El anciano sonrió.

Cerró el aljibe, se sentó junto a él y miró al cielo.

Después comprendió que no había esperado cuarenta años a que lloviera.

Había esperado cuarenta años a escucharla.

 

141)...Y por la tarde llovió.

Eso decía siempre mi abuela Lola cuando relataba el dia de mi nacimiento. Yo la escuchaba con atención, sin atreverme siquiera a pestañear, por miedo a que descubriese que ya me lo sabia de memoria desde hacia años. La miraba fijamente, embelesada por aquel amor que me transmitía y que casi podía palpar. No he vuelto a experimentar esa sensación de estar protegida frente a todo y a todos desde el día que partió. Ese recuerdo imaginario de la lluvia golpeando la ventana mientras se escucha el llanto de un recién nacido me llena de paz.

 

142) ...Y por la tarde llovió.

Karim estrechó entre sus brazos la fotografía de sus padres mientras la barcaza se deslizaba entre olas descomunales rumbo a Lanzarote. El mar golpeaba furioso recordándole que la muerte los acompañaba.

Había vendido lo poco que tenía, para tratar de cambiar la suerte de su familia. No es que soñase con riquezas, sino con un trabajo digno, un techo seguro y dinero suficiente para enviar a casa.

Vio tierra y lloró en silencio. Sabía que sobrevivir era sólo el primer paso. Lo verdaderamente difícil, sería demostrar que detrás de cada inmigrante también existe un corazón lleno de esperanza.

 

143)...Y por la tarde llovió.

Después de tantos años distanciados, por fin pude mostrar mis labios a la diosa lluvia, sintiendo su pálpito húmedo. La esperé en la penúltima estación de tren, recordándola en todo su esplendor de cómo brillaba sin brillo sobre mi cuerpo agradecido. Un buen día me dijo que se iba, que nuestro amor no podía ser eterno y que alguna vez volvería para seguir dándome gotitas de cariño.

Mi amada lluvia ha vuelto. En el andén de los deseos, mirando sus ojitos, dulce diluvio poético, nos prometemos fidelidad, mientras por las ventanas del tren resbalan las gotas que deja nuestro amor.

 

144) ...Y por la tarde llovió.

Observé dos gotitas aferrarse al dorso de mi mano. Y lo sentí, con la misma sutileza de la víbora hundiendo sus colmillos en la piel. No hubo tiempo para la desidia. Tampoco pude implorar clemencia. Solo me mantuve inmovil. Petrificado. Esperando hasta que los recuerdos dejaron de doler.

Ahora sostengo la fotografía de una mujer abrazándome. Su ojos divagan, buscando los míos. El dorso reza: “No me olvides jamás”.

Sonrío con tristeza; no recuerdo su nombre. Tampoco su voz.

Guardo la fotografía junto a otras caras desconocidas, y susurro mansamente:

–Ojalá mañana vuelva a llover; quedan demasiados recuerdos por borrar.

 

145)...Y por la tarde llovió.

Pero las gotas no golpeaban los adoquines, ni se atoraban en las hendiduras, formando pequeños charcos. Tampoco repicaban sobre los remates de latón que adornaban las vetustas farolas.

Algo había cambiado.

Brotaban del suelo, perezosas, como raíces cristalinas, y trepaban hasta perderse en un cielo terso. Raso. El petricor divagaba; un cetrino olor a flores podridas se enmascaraba bajo una atmósfera tan condensada como amarga. Y la bruma se tornó tan densa, que sentí mis pies elevarse del suelo.

La lluvia estaba callada, mecida bajo una brisa antagónica.

Esa fue la primera vez que vi llover hacia el cielo.

 

146)...Y por la tarde llovió.

¿Por qué permanezco aquí?

De todos los seres que respiran, no hay ninguno más terco que el hombre.

Fantasea con destinos que ya fueron hilados, como si algo le otorgase el don de la providencia. Capaces de afrontar la desidia cuando mantienen el corazón puesto en el deseo. En los ojos ajenos.

Tal vez por eso me mantengo atado firmemente al empedrado, con la esperanza de que aquel paraguas amarillo vuelva a asomarse al final del callejón, y cuando el cielo apriete todavía más, ella encuentre los ojitos marchitos, observándola al otro lado.

Esperando que, algún día, también me recuerde.

 

147)...Y por la tarde llovió.

Nadie se volvió; quienes miraban con asombro, ahora lo hacen con un deje de pena en la mirada. El paraguas estaba tendido cuando abandoné el portal, y tan pronto la luz acarició mis mejillas, la lluvia se cernió sobre mí.

Solo sobre mí.

Es frustrante; el frío, la humedad, me han dejado famélico. Empachado. Con los huesos desgastados. Y un incesante chisporroteo penetra en los oídos y se ahueca entre tanta calma. Pero pronto aprendí a divagar en lo ordinario; los lirios florecen al paso, las libélulas sosiegan su aleteo, y hasta los charcos parecen guardar un trocito de cielo.

 

148)...Y por la tarde llovió.

Pero las gotas no golpearon contra el vidrio. Ni las nubes se tornaron en gris cetrino. Llovía desde dentro.

El lamento se materializó como un rayo aciago, resquebrajando el silencio en un estruendo punzante. Desgarrador. vaticinio de la súbita desdicha que desata la galerna.

Por las cornisas resbalaban las apesadumbradas gotas, hasta convertirse en charcos de amarga nostalgia. Por las laderas corrían las aguas, y los caudales secos, acostumbrados a la quietud cotidiana, fueron asolados por una corriente silvestre. Colérica. Voraz. Arrasando cuanto quedó dentro.

Y así, una tarde de lluvia, comprendí que no era el cielo quien lloraba.

 

149)...Y por la tarde llovió.

Gara empezó a oír una canción: Que llueva, que llueva la Virgen de la Cueva..... Era su madre Nieves, quien cantaba , el maldito Althzeimer se apoderó de ella y sus recuerdos habían volado, quién sabe a dónde. Gara corrió hacia ella y la abrazó fuertemente. El sonido de la lluvia había despertado la canción dormida en un rincón de su memoria. Gara, emocionada le cogió las manos y juntas siguieron cantando: Los pajaritos cantan, las nubes se levantan..... Esa tarde de lluvia, el alma de Nieves cantó, no desde la razón, sino desde el fondo de su corazón.

 

150) ...Y por la tarde llovió.

Nunca había visto llover. Sonreía siempre que la veías pasar. Iba con su bolso a todos lados, un bolso esmeralda que brillaba tanto como ella. Incluso tumbada en la cama bebiendo de esa botella, relucía. Comenzó a apagarse el sol, el reflejo del mismo en la costa ya no era tan resplandeciente. La mañana no calentaba, una brisa se había levantado: Pero hoy es Junio, que raro, ¿no? Fui a buscarla pero lo único que encontré fue su bolso esmeralda, ahora mate, opaco, oscuro. Nunca había visto llover... Y por la tarde llovió.

 

151) ...Y por la tarde llovió.

Solíamos cantar hasta el anochecer, ahora solo veo tu sombra desaparecer. Te molestaste porque querías irte y, yo no te quería dejar de ver. Tonterías son por las que te enfadas y aún así, mientras tu mundo se caía yo lo sujetaba, usaba mis propios peldaños para reconstruir lo que tú mismo derrumbabas. Contándole a los tuyos que soy insensata, una niñata; que jamás me interesé por ti y que la culpa siempre es mía.

Una tormenta ha llegado, no deja de llover mientras escribo. Llueve tan fuerte que no soy capaz de ver. Ya no quiero volver a verte.

 

152) ...Y por la tarde llovió.

No añadió novedad aquel chipichipi a unas caras mojadas por el llanto. Tampoco alteró el ritmo de aquellas fileras de hormigas dolientes, hipnotizadas con el cantar de Caronte, quien esperaba paciente la llegada del difunto, para saldar la deuda contraída por el mero hecho de vivir.

-Si le cobra más por los buenos ratos que por los feos, habrá que pedir un crédito para este hombre, rió su hermano, tan habilidoso con el humor que acaricia las penas.

-Yo creo que Félix no paga. Para pagar, hay que morirse. ¿Cómo se muere alguien a quien nunca se dejará de nombrar?

 

153) ...Y por la tarde llovió.

Corría el agua por unas paredes que habían sido blancas, dejando un rastro vertical de una calima que no terminaba de irse.

Y mientras, yo pelaba y picaba cebollas, finitas. Preparar sofrito se había convertido en un refugio para llorar, sin tener que contestar a un interrogatorio acerca de por qué el blanco del ojo tampoco era ya blanco, sino rojo.

Cuando se me derramaba la pena sin poder domesticarla, sacaba la tabla y el cuchillo e improvisaba el menú. Era de lo poco que yo podía elegir.

Ojalá llueva fuerte y limpie la tierra, primero.

Y la magua, después.

 

154) ...Y por la tarde llovió.

Idaira cerró el paraguas y entró a trabajar en la lavandería, saludo a sus compañeras y abrió la lavadora, al sacar la ropa algo cayó, Idaira lo cogió y pegó un grito, era un dedo !!! todas acudieron y chillaron al verlo, Raquel la gobernanta lo envolvió y lo llevó a la comisaría, el policía abrió el envoltorio y el dedo se puso de pié, haciendo un gesto grotesco, era un dedo de broma, quién sabe quién lo puso, pero ahora seguro se estaría riendo a carcajadas, era 28 de Diciembre, el día de los Santos Inocentes.

 

155) ...Y por la tarde llovió.

La garúa caía a los pies de Blas Santana. Buscó refugio con la mirada, pero no alcanzó a ver a través de la niebla. La piel se le erizó, más bien debido al recuerdo del año anterior que por el tímido horizonte. «¿Lanzarote? Que se tiñera de verde… ¡Basta de babiecar! Las inundaciones fueron las que irrumpieron en nuestras casas y calles», me dijo con los ojos brillantes. Blas Santana había presenciado la caída del muro de su hogar y las carreteras fueron intransitables por semanas. Aquel atardecer, a pesar del contraste con la fina lluvia, fue transportado al pasado.

 

156)...Y por la tarde llovió

Las gotas de lluvia permanecieron brevemente en el terreno árido de Lanzarote. La lluvia antaño era escasa en la isla. Todo ha dado un giro desde entonces. El cambio climático acecha nuestro archipiélago. No ha habido año en el que las quejas abundaran más que este, provenientes de los de afuera, a quienes les habían vendido sol y playa. Sin embargo, los de aquí se maravillaban con el verdor de los volcanes y jables cubiertos de un manto de pasto y flora salvaje. Algunos echaron de menos la inequívoca rudeza de nuestra tierra, pero aprovecharon seguramente para alegrarse los sentidos.

 

157)...Y por la tarde llovió.

Aquella era una lluvia de gotas extrañas. Un crujido estremecía el suelo y parecía que hasta las flores hubieran sido planchadas y convertidas en plantas de herbario. Por todas partes, el agua se elevaba por doquier y ascendía al cielo, como si quisiera huir y se elevara hacia otros mundos.

Sin que nadie supiera cómo, la antigua hidrosfera siguió su camino y la Luna y los planetas más próximos se inundaron enseguida.

Un oftalmólogo anciano fue el único en darse cuenta y definir el problema: se trata sin duda de las lágrimas del planeta.

 

158)...Y por la tarde llovió.

Era la señal. Soltamos las amarras y cerramos las compuertas. La lluvia cayó de tal manera que en cuestión de una semana ya flotábamos por encima de la altura de los árboles más altos. Con dos miembros de cada una de las especies de toda la fauna existente sobre la faz de lo que estaba dejando de ser la Tierra, ya te imaginarás lo que pasamos allí dentro. —Le di una última calada y se lo pasé—. Eso sí que fue un diluvio.

Joder, tronco. Menuda historia. —Agarró el mechero y volvió a darle fuego.

 

159) ...Y por la tarde llovió.

Fue una de esas tormentas repentinas de verano que anuncian que algo malo va a pasar. Y no por ello dejaba de hacer un calor sofocante. Por eso sigo sin encontrarle explicación alguna a que, de buenas a primeras, el tendero me soltara con toda la sangre fría del mundo que la nevera de los helados de los cojones estaba averiada, que lo sentía mucho y que no podía hacer nada.

Como digo eso fue el viernes por la tarde, al volver de trabajar. Después de leer la nota que había dejado Fayna.

 

160) ...Y por la tarde llovió.

Cayó un diluvio. Eso provocó que el enemigo reculara dándonos una pequeña tregua.

No éramos tan tontos. Sabíamos que sería cuestión de horas o como mucho de días. Nos cobijamos, encendimos una lumbre, echamos cuatro ramas y hablamos largo y tendido del asunto. Manolo defendía que estaba en nuestra mano decidir cómo acabar con todo, que si nos pillaban nos harían cosas terribles. Yo me negué, pero ese hombre de poca fe..., aquel treinta de marzo del treinta y nueve, metió en el tambor una de las pocas balas que nos quedaban y, visiblemente exhausto, dijo que hasta aquí.

 

161) ...Y por la tarde llovió.

Sonaban truenos. El mar comenzó a picarse.

—¡Clyde! Mi... mi... mira eso... —tartamudeó Bonnie señalando al agua.

Tres aletas se acercaban a la barca. Remo en mano, combatieron inútilmente las primeras embestidas. En un intento desesperado por distraerlos, Clyde se deshizo del botín tirando aquel banco de peces por la borda. Los tiburones ni se inmutaron.

La barca no tardó en ceder y comenzó a inundarse. Bonnie acudió a abrazarse con fuerza a Clyde, quien, sentado con la mirada perdida, pensó en las consecuencias de robarle al mar.

—Poseidón..., que sea rápido —suplicó con los ojos cerrados.

Volvió a tronar.

 

162) ...Y por la tarde llovió.

Era su última noche antes del examen. Se levantó temprano y, con antelación, llegó al instituto. Allí cientos de aspirantes pululaban por los pasillos. A Sandro se le veía angustiado. Un viejo conocido, al verle así, se acercó y le dijo:

—Parece que compartimos apellido, quizá somos familia lejana.

Ese jocoso comentario suavizó su nerviosismo. Eran potenciales rivales, aunque también compañeros de oposición. Joaquín, su nuevo amigo, le dio un consejo:

—Escribe con letra pequeña. Así escribirás más folios.

Sandro tomó nota y se desearon suerte. El sorteo de los temas comenzaba. Esta vez pintaba bien la cosa…

 

163) ...Y por la tarde llovió.

Huida. Mientras desde el barco que debía llevarme a puerto seguro, observaba el final del iracundo mar, que devoraba el horizonte, el soberano llanto que emanaba de un cielo herido me obligaba a callar y escuchar. Sus gotas azotaban con rabia las maderas podridas de un navío empujado hacia el olvido, arrastrándome hacia mi propio abismo. Esa lluvia severa, como un juez, me ordenaba regresar; al unísono, en la profundidad, el océano cómplice rugía furioso, cobrándose el precio de mi huida.

 

164) ... Y por la tarde llovió.

La orquesta de la tormentaLos tambores golpeaban con fuerza el horizonte, en un eco desigual, anunciando el gran espectáculo. La luz dorada del cielo cantó y se apagó con rapidez. El viento se unió moviendo sus dedos invisibles para marcar el ritmo. Vestidas de oscuro, las nubes bailaban mientras la lluvia soltaba sus cuerdas musicales sobre la tierra húmeda. La orquesta de la tormenta siguió tocando.

Detrás de la montaña, la luna se refugió confundida y después asomó tímida para contemplar aquel hermoso frenesí.

 

165) ... Y por la tarde llovió.

Y mira que en Arrecife hacía tiempo que solo contábamos con la compañía del calor que rajaba las piedras.

Esa tarde fue distinta.

Nos vimos recogiendo la ropa de la azotea, cerrando las ventanas y pegando las frentes a los cristales para ver, cómo en el mes de agosto llovía como nunca.

El agua venía a recordarnos que siempre hay un paréntesis, una coma, un guión, que hace que nos levante del sitio dónde estamos, y cojamos algo de aire, que necesitamos que el agua nos refresque la cara de vez en cuando...

Ahora solo nos falta tener sombra.

 

166) ... Y por la tarde llovió.

Así empezó y ya no paró de llover. Y aquella bola de roca fundida, aún incandescente, se fue apagando y el agua, que caía, formó mares. Luego, en el agua, un chispazo devino vida. Primero simple, luego superior. Después la comunidad, luego el hormigón, más tarde el silicio prodigioso... y la robotización... y la negación... y la soberbia y... LA LOCURA. Entonces, poco a poco, dejó de llover, y se secaron las gargantas, y el verde ya no fue el color; ahora todo fue ocre.

Y finalmente necrosó la última célula. Y una tarde, aquella tierra volvió a ser incandescente.


 

167)... Y por la tarde llovió.

El viento hacía sonar su sinfonía aquella tarde de lluvia, la señora Argelia agarró su pequeña mochila y su sombrero redondo , mientras preparaba un cafecito con aroma de Barranquilla.

Desde hacía tiempo don Jorge había prometido llevarla con su velero hasta la isla del zapato que se veía tras la ventana. Aunque ambos sabían que no ocurriría nada más allá de un cruce de miradas en un largo pasillo, había planificado el trayecto desde la playa de arena negra.

“¿Me regala un minuto?”, le dijo ella. “Mañana seguimos conversando, es la hora de su medicina”.

 

168)... Y por la tarde llovió.

Sí, pero volvamos a esa mañana, cuando el sol castigaba desde lo alto y ya no había esperanza, cuando las bocas secas gritaban desesperadas, la tierra ardía partida en dos y tú me mirabas asustada. Luego preguntaste: ¿Esta locura tiene sentido? Yo solo dije: No lo sé, pero tenemos que seguir; si merecemos un futuro, hay que llegar. Extenuados, continuamos avanzando, uno apoyado en el otro, casi arrastrándonos. Y ya perdida la fe, mirándonos a los ojos, cuando el sol empezaba a ponerse, una gota se reflejó en tu pupila... y justo entonces comenzó a llover.

 

169)... Y por la tarde llovió.

–¡Y por la tarde llovió!. Aseveró con gesto grave y mirándolo a los ojos. Ni un ápice de temblor en sus palabras. Relató tranquilo ante el juez, los hechos de aquel fatídico día. No cabía duda de que lo recordaba nítidamente, que tenía grabado hasta el último detalle. Y es que, falsamente, le habían acusado meses atrás de haber entrado a robar en la bodega.

Así pues, sin arrugarse, con la verdad por bandera, detalló todo lo que hizo aquel día desde que se levantó hasta el mediodía, y el motivo por el que después ya no salió.

 

171)... Y por la tarde llovió.

Llovió sin previo aviso, llovió sin chipi chipi que lo anunciara, sólo cayó con determinación, con rabia, con fuerza.

Y me caló, el frío me entró, el agua me traspasó, la fuerza de esa lluvia me sacudió. Y

sentí, sentí rabia por irte como llegó la lluvia, sin previo aviso.

Lloré, porque lo noté, noté ese dolor contenido, por dejarme, por no encontrar mi lugar, por mantenerme a flote sin ti. No fue culpa tuya, ni tú decisión, pero ya no estás.

Llovió y me sentí libre, libre para gritar.

 

172)... Y por la tarde llovió.

Esa era mi oportunidad, la lluvia taparía mi rastro, y tendría una oportunidad.

Me seguían como si fuera una presa hacía como media hora, mis fuerzas estaban flaqueando, cada vez iba más lenta, tapar mis huellas y correr me tenía exhausta.

Pero esta lluvia ayudaría a tapar mi olor, los perros no me encontrarían y esos hombres no me hallarían.

Eso pensaba mientras me escabullía entre los árboles pasando de cazadora a presa.

 

173)... Y por la tarde llovió.

Nos sorprendió mientras recorríamos las tranquilas calles de San Bartolomé, nos dirigíamos a la Casa Mayor Guerra, a las afueras del pueblo.

No teníamos cobijo, me agarró la mano dejando la conversación colgada de un hilo, corrimos y reímos como niños.

Llegamos a nuestro destino mojados, pero vivos, contrastando con lo que encontramos.

Una casa abierta al público, sin público. El silencio roto por la lluvia.

El lugar era tétrico y precioso, fuera la vida continuó y se modernizó, pero en el interior un cuarto infantil con su cuna quedó esperando otro retoño.

 

174)... Y por la tarde llovió.

Y también por la noche, y al día siguiente. Y al siguiente del siguiente. Siempre.

A veces llovía suave, como una caricia al despertar. Y otras fuerte. Incluso un día le pareció que dejó de llover, y abrió la ventana… pero la lluvia seguía ahí.

Y deseó que terminase de llover. Y deseó también que arreciara la lluvia e inundase todo ya por fin.

A veces llovía ácido. Y otras dulce, como el beso de buenas noches.

La mañana amaneció soleada. Radiante. Después fueron al parque. Más tarde, un coche. Pudo abrazar su cuerpecito inerte.

 

175)... Y por la tarde llovió.

Y por la tarde llovió como llueven las tardes en soledad, con esa lluvia fina que atraviesa el cuerpo y corta cuál daga de marfil la espera más dolorosa, la espera de la lluvia torrencial que anega el alma y con un torrente desbocado riega todo aquello que amamos y dejamos,todo aquello que la lluvia por la tarde dejó.

 

176) ... Y por la tarde llovió.

Y por la tarde llovió como llueve todas las tardes, con una lluvia de lágrimas que se asoma al alba con la intermitente cadencia del lamento de la noche que abandona el duelo oscuro del amanecer y trae desde el horizonte una lluvia nueva que riega alegre y vigorosa la tierra que nos vio nacer.

 

177) ... Y por la tarde llovió.

¿Así?

¿Sin más?

¿Sin siquiera un hasta la próxima?

Tampoco esperaba una explicación.

A lo mejor, si me hubieses dicho, te habría acompañado por un ratito”, al menos.

Más que nada por acompañarte a emprender el camino..

Pero..

Ya sé .Ya sé ..Quisiste hacerlo sólo.

Al fin y al cabo, el tiempo es tuyo.

Prendo la luz. Solamente eso he podido hacer contigo. A encender luces, a eso me enseñaste. Si veo luz, ahí estás tú. ¡Veo tu sonrisa! Con aromas de mi alma rota.

Silencios no deseados. Era abril. El cielo estaba gris. Y por la tarde llovió.

 

178)... Y por la tarde llovió.

«La Señora Blanca» regó la muerte de su autor. «El Mundo de Piedra» cayó a sus pies por su propio peso. Ya nadie lo sustentaba. Mientras, por «Los Montes Claros» rodaban sollozos acuosos, impropios de la latitud.

Al final, «La Noche Mágica» envolvió su alma en forma de ave, de vuelta al origen.

Ya de madrugada, Tyterogaka había dejado de ser la misma.

Añadir La Voz de Lanzarote como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora