Cientos de feligreses acompañan en procesión a la Virgen de Las Nieves

Desde Haría, Teguise, Teseguite, El Mojón, Los Valles o Caleta de Famara, los feligreses acudieron a la ermita para venerar a la imagen de la Virgen

Procesión de la Virgen de Las Nieves. Foto: La Voz
Procesión de la Virgen de Las Nieves. Foto: La Voz

Cuando la montaña aprende a rezar.

Hay montañas que son geografía. Otras, historia. Y existe una, en el corazón de Lanzarote, que cada cinco de agosto se transforma en un templo inmenso donde el cielo parece descender unos metros para encontrarse con la tierra. Es la montaña de Teguise, donde Nuestra Señora de Las nieves espera, desde hace siglos, la llegada de sus hijos.

La jornada comenzó mucho antes de que el sol acariciara las cumbres. A las seis de la mañana, cuando todavía la madrugada guardaba el silencio de la noche, el mayordomo del Santuario D. Benjamín Díaz Villalba, abrió las puertas de la casa de la Virgen.

No hizo falta anunciarlo.

Los peregrinos ya aguardaban. Algunos habían caminado durante horas; otros llegados con el cansancio dibujado en el rostro y la ilusión reflejada en la mirada. Todos buscaban lo mismo; detenerse unos instantes frente a la Madre para darle gracias por la vida, por la familia, por la salud, por los que ya no están y por los que aún siguen compartiendo el camino.

Porque el cinco de agosto sucede un pequeño milagro que nadie escribe, pero que todos conocen.

Todos los caminos conducen a Las Nieves.

Desde Haría, Teguise, Teseguite, El Mojón, Los Valles, Caleta de Famara... hombres, mujeres, jóvenes y mayores emprendieron la subida con esa mezcla de sacrificio y alegría que solo entiende quien alguna vez ha peregrinado movido por la fe.

Y, como cada año, desde Haría partió uno de los momentos más entrañables de la mañana.

Alrededor de las siete, un numeroso grupo de vecinos comenzó la caminata por el histórico camino del Mal Paso, luciendo con orgullo las camisetas que cada año identifican su peregrinación. El sendero ascendía pasta las Peñas del Chache, el techo de Lanzarote, donde la isla parece abrirse por completo a los ojos del caminante.

Desde allí arriba el paisaje impresiona.

Pero mucho más impresiona comprobar cómo, generación tras generación, un pueblo continúa recorriendo el mismo camino para encontrarse con la Virgen.

No hay viento capaz de borrar una tradición cuando ésta nace del corazón.

Las primeras Eucaristías, conocidas como las Misas de los Peregrinos, se celebraron a las ocho y a las diez de la mañana. en ellas fueron llegando quienes habían culminado su caminata, dejando en el altar las promesas cumplidas, las súplicas y las esperanzas del nuevo año.

 Pero sería al mediodía cuando el Santuario viviría su momento más solemne.

La Solemne Función Religiosa, presidida por D. Leonardo Arellano Ramírez, formador del Seminario de Venezuela, reunió junto al altar a D. Juan Manuel Molina, párroco de Teguise, D. Rafael Tejera, párroco de Tiagua, D. Leonardo José Graterol, párroco de Tías y D. Javier Sánchez, capellán de la prisión de Navalcarnero en Madrid.

El pequeño Santuario resultó insuficiente para acoger a tantos devotos.

No cabía un alma más

Los bancos estaban completamente ocupados, los pasillos, el pórtico y los alrededores del Santuario rebosaban de fieles. Sin embargo, nadie rompía el silencio.

Era uno de esos silencios que hablan.

Silencio de oración.

Silencio de respeto.

Silencio de quien siente que está viviendo un momento que permanecerá para siempre en la memoria.

Las voces del Coro Parroquial de Teguise, dirigidas con exquisita sensibilidad por Dña. Milagros Herrera, fueron envolviendo la celebración con una belleza difícil de describir. Poco a poco, las voces de los fieles fueron uniéndose hasta formar un único coro, como si toda la montaña cantara al unísono.

Y, presidiéndolo todo, Ella.

Nuestra Señora de Las Nieves aparecía resplandeciente.

La delicadeza de los arreglos florales, perfectamente armonizados con el Altar Mayor y con su trono, realzaba aún más la serenidad de un rostro que parecía contemplar, uno por uno, a todos los que habían llegado hasta su casa.

Había emoción en muchas miradas.

Y también gratitud.

Al concluir la celebración, el joven vecino de Los Valles Oliver Martín Hernández ofreció a la Virgen una sentida poesía que nació del corazón y llegó directamente al corazón de quienes la escuchaban.

Los aplausos fueron largos.

Las lágrimas discretas.

Porque hay versos que no se recitan: se rezan.

Cuando todo parecía dispuesto para la tradicional procesión por la montaña, la naturaleza quiso escribir una página distinta.

El fuerte viento que azotó durante toda la jornada obligó, por prudencia, a suspender el recorrido procesional.

Pero el pueblo no se quedó sin encontrarse con su Madre.

Los costaleros llevaron con inmenso cuidado la venerada imagen hasta el pórtico del Santuario, donde aguardaban las autoridades insulares y municipales junto a cientos de fieles.

Entonces estalló la emoción.

Una lluvia de aplausos, vivas y muestras de cariño a la Virgen mientras el viento agitaba los mantos y parecía querer sumarse también a la celebración.

Frente a ella, la Banda de Música de Teguise "Teguiband", interpretó un magnifico repertorio de marchas procesionales.

Cada nota encontraba eco en la montaña.

Cada acorde parecía elevar una oración.

Cada aplauso era un homenaje no solo a los músicos, sino también a siglos de tradición que siguen latiendo con fuerza en el corazón de Lanzarote.

Finalizada la actuación, Nuestra Señora de Las Nieves regresó lentamente al Altar Mayor, donde continuó recibiendo la visita de sus hijos.

Antes de concluir la jornada, el párroco de Teguise D. Juan Manuel Molina, visiblemente emocionado, quiso agradecer el esfuerzo de todos cuantos habían hecho posible aquella celebración, así como el cariño, la acogida y la inmensa devoción demostrada hacía Nuestra Señora de Las Nieves.

Sus palabras resumían el sentir de todos.

Porque aquella no había sido una fiesta más.

Había sido un encuentro.

El reencuentro de un pueblo con sus raíces.

Con su historia.

Con su fe.

Cuando el sol comenzó a inclinarse hacía el poniente, los peregrinos emprendieron el camino de regreso.

La montaña fue recuperando poco a poco su silencio.

Pero no era el mismo silencio del amanecer.

Era el silencio de quien ha sido testigo de algo grande.

Porque hay lugares donde la piedra guarda memoria.

Donde el viento parece rezar.

Donde las generaciones se encuentran sin conocerse, unidas por una misma devoción.

Y cada cinco de agosto, mientras cientos de peregrinos ascienden hasta el Santuario, la montaña de Teguise vuelve a recordarnos que la fe no se mide por la distancia recorrida, sino por el amor con que se camina.

Quizá por eso quienes regresan a casa lo hacen con el mismo cansancio en los pies, pero con el alma infinitamente más ligera.

Porque después de estar a los pies de Nuestra Señora de Las nieves, nadie vuelve siendo exactamente el mismo.

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