La pesca ha dado de comer durante siglos a la población de Lanzarote. Primero fue un medio para obtener alimento y luego se convirtió en un negocio que alimentaba a familias enteras. A lo largo del siglo pasado, la tradición pesquera de la isla llevó a levantar sobre el horizonte de la isla varias conserveras, donde las mujeres de la isla preparaban para almacenar y vender el pescado; mientras los marineros se embarcaban durante días en el mar para capturarlo.
En 1995, el Gobierno de España estableció la reserva marina de interés pesquero del entorno de La Graciosa y los islotes del norte de Lanzarote, en aquellos años se convirtió en la más grande de Europa, con más de 70.000 hectáreas, aunque luego fue desbancada y aún hoy es la más grande del país. A pesar de su protección sobre el papel, este espacio protegido padece la pesca furtiva, una vigilancia insuficiente, pero también los reveses de la crisis climática.
Una investigación publicada en Science direct advierte de que la reducción en la captura de peces en esta reserva marina no está causada por los tiburones que roban a los peces mientras están pescando, sino por la crisis climática y una "gestión inadecuada" de la pesca.
El estudio encuestó a 26 pescadores procedentes de la flota pesquera artesanal del puerto de Caleta de Sebo, en La Graciosa, y del de Órzola, en Lanzarote, que operan en aguas profundas. Estos marineros aseguraron que existían encuentros frecuentes entre los pescadores y los tiburones majarro (Isirus oxyrinchus), tiburones treshers (Alopias spp.) y tiburones martillo (Sphyrna spp.), entre otros, y atribuían un 30% de las pérdidas de captura a la depredación de los tiburones. Sin embargo, a través de más de 300 monitoreos directos, los investigadores observaron que solo el 0,7% de la pérdida de peces está relacionada con los tiburones y desvelaron que la causa es más compleja.
La oscilación entre la presión de Islandia y el anticiclón de Azores
Estos investigadores exponen que existen "fuertes correlaciones" entre la oscilación del Atlántico Norte, conocido como NAO, y la variación en las capturas que fluctúa cada año. La NAO es un fenómeno climático que mide los cambios en la diferencia de las presiones entre la borrasca de Islandia y el anticiclón de las islas Azores. "En función de cómo se muevan esos núcleos de baja y alta presión, la velocidad y la intensidad de los vientos cambia, los afloramientos son más o menos intensos, la temperatura del agua sube o baja", explica a grandes rasgos el licenciado en Ciencias del Mar José Juan Castro Hernández, uno de los siete investigadores que formaron parte de este estudio.
El archipiélago canario está en el borde de la NAO, lo que implica que cuando el anticiclón de Azores se desplaza haya cambios en el viento de Canarias, del norte, más húmedo, o del sur, más seco. Además, la oscilación del anticiclón de las islas portuguesas genera que los vientos alisios sean más o menos intensos, promoviendo una mayor o menor producción de peces en las aguas de las islas.
Castro señala que si la NAO está en una fase negativa la temperatura del agua es más alta, mientras que si es positiva, la temperatura baja. Dicha temperatura es fundamental porque afecta a las larvas de los peces y a su probabilidad de sobrevivir. Depende de esta oscilación que haya "más o menos cantidad de peces de algunas especies, en función de la mortalidad que cauce la temperatura en las larvas", mientras que si las condiciones del mar en el archipiélago no son las adecuadas otras especies migrarán buscando mejores condiciones.
Es habitual que la circulación atmosférica del Atlántico Norte se alterne entre ciclos negativos y positivos. De hecho, entre 2014 y 2017 existió un periodo de NAO negativo en el que se registró un "reclutamiento excepcional de especies de aguas profundas" y que dio lugar a capturas récord entre 2018 y 2020. Sin embargo, a partir de 2021 se han registrado "fuertes disminuciones".
"Pueden durar más años unos que otros o no ser tan intensos dependiendo de las condiciones climáticas generales del planeta", apostilla el licenciado en Ciencias del Mar, que expone que aunque la alternancia "ha ocurrido y ocurrirá siempre", el papel del cambio climático influye en su intensidad y frecuencia.
Castro expone que los pescadores artesanales de La Graciosa y el norte de Lanzarote atribuían a los tiburones el robo de las capturas, porque cuando a partir de 2019 la pesca comenzó a disminuir por razones climáticas, los tiburones continuaban en el entorno de las islas porque había abundancia de peces trompeteros. "Son especies migratorias, pero si encuentran comida se mantienen más tiempo", expone el licenciado, "los pescadores, al pescar cada vez menos, veían esas interacciones con los tiburones, que son normales, de forma más negativa", indica. "Pesco poco y encima el tiburón me quita parte de la captura", ejemplifica.
Prácticas ilegales y falta de vigilancia
A la variación climática, se suma otro factor y es que, a pesar de que esta zona forma parte de una reserva marítimo pesquera, se producen prácticas ilegales, como la pesca con Nasa, pero también una supervisión insuficiente por parte del Ministerio de Pesca y del Gobierno de Canarias. Al mismo tiempo, Castro propone que se aumenten las tallas mínima de los peces, ya que la mayoría de peces del archipiélago no cuentan esta protección que permita que crezcan más antes de ser capturados.
A lo que ha añadido que los peces y los tiburones no solo viven en la reserva marina, sino que se mueven por fuera de sus límites, por lo que no solo es importante cuidar lo que ocurre en este espacio. "El mar no tiene fronteras, estamos condicionados por lo que ocurre en otros sitios", añade, al tiempo en que expone que las reservas marinas del archipiélago no cubren ni el 5% de sus aguas y aquellas donde no se puede pescar nada, a penas el 0,002%.
"En las reservas no hay límite de capturas para los pescadores profesionales, pueden pescar lo que quieran y cuando quieran. Hay un límite de pescadores, pero no de kilos, por lo que no hay un control exhaustivo", advierte.