La insoportable levedad de Marcos Hernández

Acostumbrado a pisar moqueta desde hace varias legislaturas, Marcos Hernández odia provocar ruidos que puedan perturbar la idílica paz en la que ha procurado vivir a lo largo de estos años.

Marcos es un hombre de convicciones. Muchas y variadas convicciones. Si necesitas un sí claro y rotundo, has dado con el hombre adecuado. En caso de precisar un no contundente y definitivo, no te preocupes, Marcos es tu hombre. Y si lo que te falta es un quizás, o un tal vez, o un puede ser, o un lo estamos mirando, no desesperes que en la mochila de Marcos comparten pacíficamente el espacio los sies, los noes, los quizaces, los tal veces, los puede ser, los lo estamos mirando, los estamos trabajando en ello y todo tipo de valores y sus contrarios, todo tipo de afirmaciones y sus negaciones respectivas.

Marcos es tu hombre. No lo dudes. Nadie capaz como él de defender a boca llena una cosa y con la misma boca, más llena aún, defender la contraria, todo con tal de mantener impoluta su figura y evitar que se le cuestione.

Son muchos los años que lleva Marcos dejándose mecer por el viento, haciendo suya la máxima de que quien que cae es el árbol recio, mientras que el junco flexible se inclina ante el vendaval y vuelve a erguirse al llegar la calma.

Pero a veces llegan tiempos revueltos. El aire sopla. Luego para. Luego sopla endemoniado ora desde un lado, ora desde otro. El junco se aturulla, se marea. Se dobla a destiempo, se yergue cuando no toca en una danza disparatada y patética.

Y esos son los tiempos que ahora corren. Y Marcos se ha visto superado por esos vientos cambiantes que no le permiten pensar con calma si toca agacharse para que no se le vea, o sacar pecho para quien tiene que tomar debida nota anote los puntos correspondientes en su casillero.

Marcos está atrapado en una guerra de valores, por más que se empeñe en interpretar la situación como la mera antesala del próximo congreso. Marcos, y mira que odia tener que hacerlo, ha tenido que exhibir su lealtad al patriciado, aunque le haya llevado a renunciar a su aspiración de ser el perpetuo tribuno de la plebe.

Marcos, como el cobarde oportunista que siempre ha sido, al oír los aullidos de rabia que persiguen a Corujo ha sumado su ladrido de chihuahua histérico tratando de ganarse un lugar de privilegio en el nuevo orden que pretenden construir los depredadores.

Al final, su insoportable levedad hará que le arrastre el viento.