Hay que ser muy ingenuo, muy cínico, o muy idiota, para seguir hablando del Derecho Internacional como si fuera un dogma sagrado inquebrantable y no lo que en realidad es: una fina manta que las potencias se echan por encima cuando tienen frío y que tiran al suelo cuando les estorba. Sobre todo después de lo que hizo Rusia con Ucrania. También hay que ser un “todologo” de tres al cuarto para simplificar el fin último de la acción militar llevada a cabo a una cosa: el petróleo.
Cualquier potencia actúa según sus intereses desde la lógica de la realpolitik. Así lo hizo Rusia con Ucrania y antes con Georgia, y así lo ha hecho D. Trump que ha atacado Venezuela vulnerando cualquier norma legal o moral que se nos ocurra, recordando ambos casos –a más de uno le hacía falta– que las armas pesan más que los párrafos presentes en la Carta de la ONU. Y que nadie puede evitarlo sin responder con los mismos instrumentos: las armas.
Es importante que la gente vaya entendiendo cómo funciona actualmente nuestro mundo. Un mundo que se erige sobre un sistema multipolar en donde las grandes potencias se reparten zonas de influencia e intereses, y donde la UE parece estar pescando –dicho sea de paso–. El Derecho Internacional, sin un poder detrás contundente, es simple y llanamente pura literatura. Papel mojado. Lo confirma la lógica más básica que ya Webber anticipó en su obra ‘La política como vocación’: una ley que nadie puede imponer no es una ley, es un deseo, una fantasía, una quimera que se esfuma como el humo ante el viento. Solo los tontos creen en ella. La historia entera de la humanidad se resume, con pocas excepciones, en esta triste evidencia, ¿o es que ya nos hemos olvidado de Chamberlain y su reunión con Hitler antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial? Cualquier catedrático o analista especializado dirá que en el Orden Internacional, cuando no hay un poder universal que haga cumplir la Ley, manda la fuerza como herramienta diplomática principal –lo que se conoce como ‘poder duro’ o hard power–. Estados Unidos fue la “policía” del globo durante décadas, pero ese papel se esfumó con el 11-S. Desde entonces el mundo se ha convertido en un tablero que, poco a poco, ha visto incrementar su agresividad con movimientos cada vez más audaces.
El objetivo prioritario de D. Trump no son los venezolanos. Nunca lo han sido. Ni sus muertos, ni sus presos, ni sus hambrientos, ni nada de lo que tenga que ver con ellos. Tampoco el narcotráfico y los problemas que genera en Estados Unidos la droga que entra por las rutas latinas. O el efecto migratorio en sus aliados de la zona, como Colombia o México, o en su frontera sur. El ataque a Venezuela es una maniobra que se mide en una escala mayor, en un tablero geopolítico que tiene un mensaje escrito con fuego dirigido a China y, de paso, a Rusia.
En un mundo que tiende a repartirse de nuevo en bloques, el mapa tiende a configurarse de la siguiente forma: parte de Ucrania bajo la órbita rusa, Taiwán y el sudeste asiático para Pekín –China acabará invadiendo Taiwán a corto-medio plazo–, y Sudamérica dentro de la zona de influencia de Estados Unidos, tal y como determinó la Doctrina Monroe, que lo calificó como: el viejo “patio trasero” estadounidense donde nadie entra sin pedir permiso a Washington. ¿Qué cómo estoy seguro? La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, aprobada en noviembre, es bastante clara al respecto en sus páginas 15-19 (https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf).
También convendría dejar de repetir como loros la consigna de que “Estados Unidos va a saquear el petróleo venezolano”. Saquear qué, exactamente. Casi todas las infraestructuras que dejaron las grandes empresas petroleras antes de la expropiación están, de facto, inoperativas. En un momento en que el petróleo lleva años fluctuando en precios, cuando invertir en campos deteriorados y estructuras destruidas resulta carísimo, pensar que el gran plan maestro es “robar el petróleo” revela más ignorancia que lucidez. Estados Unidos es el primer productor de petróleo del mundo, y el noveno en reservas. Lo que está en juego no son barriles, sino posiciones estratégicas, puertos, alianzas, influencia y presencia en lo que siempre han considerado su zona de influencia más importante.
El movimiento real de Washington se llama República Popular China. Se trata de cortar su acceso a aliados sólidos en Sudamérica y a sus recursos minerales y energéticos, de impedir que el gigante asiático construya un cinturón de Estados amigos —o clientes— en lo que la tradición geopolítica de Estados Unidos sigue contemplando como su área natural de influencia. Es la Doctrina Monroe reciclada para el siglo XXI: América para los americanos, es decir, para ellos. Entre Pekín, Moscú y Washington se reparten el mundo con el desparpajo con que antaño las potencias coloniales cortaban África como un pastel sobre un mapa. Esta es la cruda realidad de nuestro actual Sistema Internacional, y donde el “supuesto” Orden Internacional en el que muchos insolentes siguen creyendo ha pasado a desorden total.
El Derecho Internacional sólo funciona cuando detrás hay un poder dispuesto a sostenerlo. Cuando ese poder se retira, lo que rige es la ley ancestral de la fuerza. Así ha sido siempre en cada frontera trazada a sangre y fuego a lo largo de los siglos. Y así sigue siendo hoy, por mucho que nos empeñemos en recubrir los misiles con idealismos y palabras bonitas. El resto son cuentos para niños grandes que aún creen que el mundo se gobierna con principios, y no con la fuerza. El idealismo siempre acaba igual, dejando paso al realismo cuando las palabras dejan de tener valor alguno porque no hay nadie lo suficientemente fuerte para defenderlas.
Por otro lado, a los sectarios de mente obtusa y mecha corta hay que dejarles claro que se pueden encajar varias posturas a la vez, sin caer en la incongruencia, tal y como ha afirmado Juan Rallo en su cuenta de X. Y es que se puede criticar con todas las letras que Estados Unidos haya violado el Derecho Internacional y, probablemente, parte de su propio ordenamiento interno. Se puede decir, al mismo tiempo, que Maduro dio un golpe de Estado de facto contra su propia Constitución, falseó elecciones y gobernó durante años a base de represión, hambre y miedo. Y se puede, pese a todo, celebrar el derrumbe de una tiranía responsable del mayor éxodo de la historia reciente de América Latina, de miles de asesinatos extrajudiciales y de un país arrojado al abismo. Nada de eso se excluye; sólo molesta a quienes necesitan un malo único para dormir tranquilos.
Lo triste es que esa escoria son los mismos que, en otra ocasión, no dijeron gran cosa cuando el régimen de Nicolás Maduro convirtió a Venezuela en una máquina de triturar vidas. Recordemos que casi ocho millones de personas han sido expulsadas de su propio país por el hambre y la ruina, se han llevado a cabo más de ocho mil ejecuciones extrajudiciales a manos de fuerzas de seguridad que actuaban como escuadrones de la muerte, y se han producido más de 18.500 detenciones por motivos políticos, según organizaciones de derechos humanos. Entonces, curiosamente, el Derecho Internacional no existía. Ahora, en cambio, descubren súbitamente que existen los derechos humanos y el Derecho Internacional. La memoria ideológica de algunos elementos políticos, ya se sabe, es como un foco de teatro: ilumina sólo donde interesa cuando interesa.
Al final, lo que queda de todo esto es un paisaje moral bastante deprimente, y un futuro cada vez más aterrador. Un imperio que bombardea la soberanía de otro país cuando le conviene y por intereses que van más allá de lo que la plebe arguye. Una dictadura que se dice democrática mientras fusila literalmente a su propio pueblo, pero que vende sus riquezas a otras potencias interesadas. Una élite extremista que sólo ve crímenes cuando pueden apuntar a Estados Unidos, y un coro de “todologos” profesionales que finge escandalizarse hoy por un misil y que ayer calló por un preso torturado, demostrando no tener ni puñetera idea de lo que habla. Todo envuelto en una tortilla de inmoralidad que acabará, de manera inevitable, por reventarnos a todos en la cara.
Mi recomendación es que, en temas de este calado, lean autores y analistas especializados y no hagan caso a políticos interesados y “todologos” desinformados. La verdad es más cruda y complicada, y nos afecta a todos aunque algunos vivamos en el culo del mundo.