Llegué al CIC El Almacén de Arrecife con la sensación de que algo íntimo, casi secreto, estaba a punto de suceder. “Todo en ti es naufragio” era el título del evento, pero era también una promesa, una invitación a dejarnos atravesar por la fragilidad y la intensidad del amor, ese territorio inestable donde la poesía encuentra parte de su materia más fértil.
El momento inicial fue la mesa redonda que compartí con Lana Corujo y Juli Mesa, moderada por Guacimara Hernández. Nos reunía una excusa poderosa: revisitar Veinte poemas de amor desde el presente y ponerlo en tensión con la poesía amorosa actual. Hablamos de herencias, de incomodidades, de nuevas sensibilidades. De cómo escribir hoy el amor sin repetir fórmulas, sin ignorar lo que ya ha sido dicho, pero tampoco quedándonos atrapados en ello.
El amor que leemos en Pablo Neruda —especialmente en Veinte poemas de amor y una canción desesperada— está atravesado por una intensidad casi absoluta, donde el yo poético ama desde la posesión, la idealización y, a veces, desde una soledad que convierte a la otra persona en paisaje o en ausencia. Hoy, en cambio, el amor se escribe y se vive desde un territorio mucho más consciente de sus límites: han cambiado las relaciones de poder, la manera de nombrar el deseo, la idea misma de vínculo. Hemos pasado de un amor que aspiraba a lo eterno y total a otro más fragmentario, negociado, donde caben la duda, el consentimiento, la diversidad y también la ruptura como parte natural del proceso.
Y, sin embargo, hay algo que persiste: la necesidad de decirlo, de intentar fijar en palabras eso que siempre se escapa, como si entre los versos de ayer y los de hoy siguiera latiendo la misma pregunta sin respuesta.
La conversación fluyó con naturalidad, y en ella apareció de forma recurrente una idea que atravesó todo el evento: la importancia de acercar la poesía al público, de sacarla de los espacios cerrados y valorar la experiencia compartida. En ese sentido, la acogida fue reveladora. Hubo una asistencia numerosa y, especialmente, una presencia muy significativa de público joven. Ver a tantas personas escuchando, preguntando, emocionándose con la poesía fue, en sí mismo, uno de los mayores logros de la jornada.
La charla de la profesora de Literatura y poeta Sonia Betancort fue otro de los momentos clave. Su intervención no solo aportó contexto y reflexión, sino que terminó por emocionarnos profundamente con varias lecturas. Entre ellas, el texto de Hernán Casciari sobre los teléfonos móviles y la literatura, donde abordó cómo la espera y la incomunicación han sido fundamentales para buena parte de las obras de nuestra tradición literaria, o el poema de Raúl Zurita dedicado a su esposa Paulina que leyó —recordando el momento en que fue galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana—.
Sonia dejó en la sala un silencio cargado, de esos que no se rompen fácilmente. Fue un recordatorio de la capacidad de la poesía para atravesarnos. Y entonces pensé, casi en voz alta, que ese instante contenía también una pregunta abierta hacia el futuro: ¿no sería estupendo que viniera Raúl Zurita a Lanzarote? La idea quedó flotando como una posible continuidad del proyecto, como un deseo compartido que tal vez algún día encuentre su forma.
La inauguración de la instalación artística “Siete poemas de amor y una canción desesperada” marcó el final de ese recorrido emocional. Comisariada por Guacimara Hernández, la propuesta reunía a Rubén Acosta, Elena Betancor, Rosalía Díe, Sergio Erro, Flora González, Isabelle Mathieu, Imara Rêvasser y Fernando Robayna, quienes interpretaron libremente distintos poemas de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Cada pieza era una lectura expandida, una reescritura desde lo visual y lo sensible que confirmaba que los versos de Neruda siguen generando diálogo. La instalación abría y desbordaba el libro.
Con el paso de los días he vuelto a recorrer la instalación. Me pareció que las obras habían cambiado, o quizás era yo quien había cambiado después de hablar y escuchar sobre el amor desde tantos ángulos distintos. “Todo en ti es naufragio” dejó de ser solo una metáfora para convertirse en una experiencia viva: la de asumir que el amor —como la poesía— sigue siendo un territorio en transformación y profundamente necesario.