Existe un mal arraigado con fiereza en las arterias de la política y la administración pública que se mide en toneladas de dignidad perdida. Es un virus encarnado por una estirpe de profesionales del camuflaje, los palmeros que se transforman en conspiradores. Personajes oscuros que jamás han asumido un riesgo, que nunca han tomado una decisión valiente y que han convertido el ejercicio del servicio público en un mero tablero de supervivencia personal.
El palmero institucional es una figura trágica pero peligrosa. En público, su función es la de un amplificador de egos. Su lealtad no es ideológica, ni ética, ni técnica. Es estrictamente posicional. No sirve al ciudadano, ni siquiera sirve a un partido. Sirve a la persona que tiene enfrente sabiendo que su "permanencia" depende de una aparente sumisión febril. Sin embargo, la verdadera naturaleza de estos individuos se revela cuando se acaba un acto oficial. Entre pasillos el palmero muta en un conspirador despiadado. Ahí, el halago se convierte en burla y la admiración en desprecio. Son expertos en sembrar la duda sobre la capacidad de ese mismo jefe al que acaban de loar. Pero lo hacen con una cobardía matemática. Nunca dan la cara. Utilizan el descontento de los funcionarios o filtran datos sesgados para que sean otros quienes se quemen en la hoguera del conflicto. Ellos prefieren ver la ejecución desde la barrera, listos para aplaudir al verdugo o para consolar al agraviado, según dicten los vientos de la conveniencia.
El gran drama de este comportamiento es el pánico al riesgo y a la responsabilidad. En una administración pública que necesita innovación, agilidad y valentía técnica, el palmero representa la parálisis administrativa. Jamás firmarán nada que comprometa su futuro si cambian las tornas políticas. Si una iniciativa sale bien, se colgarán la medalla sin titubeos. Si sale mal, recordarán en la sombra que ellos ya veían venir el desastre.
Este ecosistema de doble moral expulsa sistemáticamente el talento. Funcionarios honestos son tildados de problemáticos o desleales por no prestarse a sus tretas. Muchos políticos (a menudo inseguros y hambrientos de validación) prefieren rodearse de la sutil mentira del palmero antes que de la incómoda verdad de profesionales solventes. Así se construyen gobiernos ciegos, aislados de la realidad social, que solo descubren el fracaso de sus políticas cuando el descontento desemboca en las urnas o en los tribunales.
La administración pública no se regenerará cambiando únicamente las siglas de los gobiernos, sino erradicando esta cultura de la sumisión y la infidelidad. Urge limitar la libre designación arbitraria, potenciar la evaluación del desempeño independiente y, sobre todo, empezar a premiar la honestidad por encima del aplauso interesado. Mientras el sistema siga recompensando a los que tienen diversas caras, las instituciones seguirán gobernadas por la mediocridad y la simulación. Y el ciudadano, como siempre, seguirá pagando la fiesta de los que aplauden para no trabajar.
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