Opinión

Obligados a irnos

En Lanzarote, muchas despedidas comienzan antes siquiera de hacer la maleta. No nacen en el aeropuerto ni en el puerto, sino en el instante en que un joven termina Bachillerato, mira hacia su futuro y entiende que, para perseguirlo, tendrá que marcharse de la isla.

Cada curso, cientos de jóvenes lanzaroteños hacen las maletas con una mezcla de ilusión miedo y tristeza. No se van por capricho ni por deseo de abandonar su tierra. Se van porque quieren formarse, especializarse y acceder a oportunidades que, en muchos casos, Lanzarote todavía no puede ofrecerles. 

Los datos lo confirman. Según la encuesta del Centro de Datos del Cabildo de Lanzarote sobre el alumnado que estudia fuera de la isla en el curso 2024/2025, cerca de 2.000 jóvenes lanzaroteños cursan estudios fuera. De ellos, el 58,2% estudia en la Península, el 25% en Tenerife, el 15% en Gran Canaria y alrededor del 1% en el extranjero. Más del 80% está matriculado en grados universitarios.

Detrás de esas cifras hay nombres, familias e historias reales. Hay madres y padres que despiden a sus hijos con una sonrisa que esconde preocupación. Hay habitaciones que se quedan vacías demasiado pronto. Hay amigos que prometen verse en Navidad y veranos que nunca duran lo suficiente. Porque irse a estudiar no es solo cambiar de ciudad: es crecer de golpe.

Marcharse significa aprender a vivir lejos de casa cuando todavía se necesita el calor de los tuyos. Significa perderse cumpleaños, domingos en familia, fiestas del pueblo y momentos cotidianos que solo se valoran cuando faltan. Significa llamar por videollamada para sentirse cerca y responder “todo bien” aunque a veces no lo esté.

También supone un enorme esfuerzo económico. Estudiar fuera no solo cuesta emocionalmente. Según esa misma encuesta, el gasto medio por estudiante asciende a 9.416 euros al año, una cifra que sube hasta 10.447 euros en el caso de quienes se trasladan a la Península. Alquiler, transporte, comida, matrícula, material académico y vuelos convierten el derecho a estudiar en una carrera de obstáculos para muchas familias lanzaroteñas.

Y, aun así, los jóvenes siguen marchándose. Porque saben que formarse es avanzar. Porque quieren volver siendo médicos, periodistas, docentes, ingenieras, arquitectos, investigadoras o emprendedores capaces de aportar a la tierra que los vio crecer.

Pero no siempre volver resulta sencillo.El problema no termina cuando acaba la carrera. Muchos jóvenes que salen fuera para estudiar descubren después que regresar también es difícil. La falta de oportunidades laborales en determinados sectores, la escasa diversificación económica y la precariedad hacen que lo que empezó como una salida temporal acabe convirtiéndose en una marcha indefinida.

De hecho, aunque el 59% de los estudiantes asegura que quiere regresar a Lanzarote al terminar su formación, un 27% no sabe si podrá hacerlo y un 13% ya afirma que no tiene intención de volver. Es decir, uno de cada ocho jóvenes que se marcha a estudiar fuera asume que su futuro estará lejos de casa.

Y eso debería preocuparnos a todos.

Porque cuando Lanzarote pierde jóvenes, no pierde solo población. Pierde talento, ideas, energía, innovación y futuro. Pierde a una generación preparada que quiere aportar, pero que muchas veces no encuentra espacio para hacerlo. Pierde a quienes podrían diversificar la economía, fortalecer servicios esenciales y construir una isla más sostenible y competitiva.

Lanzarote no puede resignarse a ser un lugar del que se sale para prosperar y al que solo se vuelve de vacaciones. No puede normalizar que estudiar fuera sea casi obligatorio ni que regresar sea un privilegio reservado a unos pocos.

Hace falta ampliar la oferta formativa, apoyar a quienes estudian lejos, facilitar el acceso a la vivienda, impulsar empleo cualificado y apostar de verdad por nuevos sectores. Hace falta entender que invertir en juventud no es un gasto: es garantizar el futuro de la isla.

Quienes nos marchamos no queremos irnos para siempre. Queremos tener la opción de volver. Queremos poder desarrollar aquí aquello para lo que nos hemos preparado. Queremos construir nuestra vida sin sentir que para cumplir nuestros sueños hay que renunciar a nuestras raíces.

Porque Lanzarote no debería expulsar a sus jóvenes.

Debería ser el lugar al que siempre merece la pena regresar.