Hay imágenes que nos obligan a detenernos. No por su espectacularidad, sino por lo que revelan de nuestra propia sociedad. Esta semana distintos medios de comunicación han difundido la fotografía de una persona mayor, aparentemente residente en un centro sociosanitario, en una situación de extrema fragilidad. La imagen impacta por la vulnerabilidad, la exposición y la indefensión que transmite, posiblemente en el contexto de un deterioro cognitivo. Pero más allá del impacto inicial, lo que verdaderamente interpela es la violación de su intimidad y la sensación de que su dignidad ha quedado desprotegida.
El filósofo Immanuel Kant formuló una de las ideas más influyentes de la ética moderna al afirmar que debemos tratar a toda persona siempre como un fin en sí misma y nunca solamente como un medio. Con ello quiso expresar que ninguna persona puede ser reducida a objeto ni utilizada para fines ajenos. A diferencia de los bienes materiales, que poseen un valor de intercambio, las personas no tienen precio: su valor es inherente e inconmensurable.
La dignidad humana no desaparece cuando la autonomía se debilita o cuando la enfermedad limita la capacidad de decidir. Al contrario: es precisamente en esos momentos cuando la sociedad tiene el deber de protegerla con mayor firmeza.
Cuidar significa mucho más que atender necesidades físicas. Cuidar implica entregarse al otro con respeto y responsabilidad, procurando su bienestar, su confort y, sobre todo, la preservación de su dignidad cuando la persona ya no puede hacerlo por sí misma. Es precisamente en los momentos de mayor fragilidad cuando una sociedad revela con mayor claridad sus valores.
La inmensa mayoría de los profesionales dedicados a los cuidados realizan su labor con compromiso, vocación y respeto hacia las personas a las que atienden. Esa dedicación constituye uno de los pilares silenciosos que sostienen nuestro sistema de atención sociosanitaria. Sin embargo, cualquier conducta que suponga humillación, vejación o trato indigno hacia personas vulnerables resulta radicalmente incompatible con los valores que deben guiar las profesiones del cuidado.
El deterioro psico-funcional de una persona, transforma profundamente la vida de la persona afectada y altera de forma significativa el equilibrio familiar. Con frecuencia, cuando el cuidado en el entorno doméstico se vuelve extremadamente complejo, la familia recurre al ingreso en una residencia con la esperanza de que allí se proporcionen cuidados profesionales, dignos y centrados en la persona, respetando su historia, sus valores y sus características individuales.
Sin embargo, en algunos contextos existe el riesgo de que la persona deje de ser percibida como sujeto de cuidado y pase a ser tratada únicamente como objeto de atención asistencial. Las causas pueden ser diversas: la sobrecarga de trabajo del personal, la escasez de recursos, la insuficiente formación para abordar los trastornos psico conductuales asociados a la demencia o, en ocasiones, dinámicas organizativas que priorizan la eficiencia sobre la personalización del cuidado. Cuidar a personas con demencia o con capacidad disminuida exige competencias específicas, sensibilidad ética y estructuras de apoyo que permitan afrontar adecuadamente la complejidad de estas situaciones.
Las instituciones responsables de la organización y gestión de los servicios sociosanitarios —tanto públicas como privadas— tienen la obligación de garantizar que la dignidad de las personas atendidas sea el principio rector de toda actuación. La calidad de los cuidados no puede medirse únicamente mediante indicadores administrativos o económicos, sino también por el respeto efectivo a la intimidad, la humanidad y la dignidad de quienes reciben atención. El sistema debe situar siempre a la persona en el centro, evitando cualquier forma de daño o de exposición innecesaria de su intimidad.
Como representante del Comité de Ética Asistencial del Área de Salud de Lanzarote, no podemos permanecer indiferentes ante situaciones que ponen en cuestión el respeto a la dignidad de las personas más vulnerables. Utilizar la imagen o la situación de una persona con discapacidad física o psíquica como medio para lograr un fin —sea mediático, social o de cualquier otra naturaleza— constituye una forma de instrumentalización que exige una reflexión ética profunda.
Cuidar la vulnerabilidad, proteger la fragilidad y preservar la dignidad del ser humano no es solo una tarea sanitaria o social. Es, en realidad, una de las medidas más claras de la calidad moral de una sociedad.