Cuando la infancia deja de ser refugio
Detener a un menor de cinco años. Sí. A ese punto hemos llegado.
Las distopías ya no nacen de un escritor asustado ante un futuro de máquinas dominándolo todo, ni de cerebros febriles que imaginaban apocalipsis tecnológicos al estilo Terminator. Hoy el miedo es más simple, más humano y, por eso mismo, más terrible: que la clase política cierre el grifo de un bien tan básico como la educación, que la infancia deje de ser refugio y pase a ser sospecha.
Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, ya no es una advertencia: es un espejo. La ciencia ficción ha sido derrotada por la realidad, que siempre encuentra formas más crueles de superarnos. ¿Qué está pasando en el mundo?
¿Qué tan hondo hay que caer para llegar aquí?
El dolor de ver esto no es una idea abstracta: es un nudo en la garganta, una herida que no sangra pero arde. Es la sensación de estar presenciando algo que no debería ser posible en pleno siglo XXI. Nunca suelo hablar abiertamente en términos políticos. En el mundo que habitamos, alzar la voz es exponerse, convertirse en piel de cañón, aceptar el riesgo de ser señalado. Pero hay excepciones a toda regla, y hoy he decidido romper la mía.
Porque hay dolores que no aceptan silencio.
El dolor de la injusticia puede más que la prudencia, más que el miedo, más que el hábito de guardar la rabia en cadenas. La impotencia que me invadió al leerlo no es personal: es histórica. Hemos vuelto —sin rubor, sin memoria— a la época en que se llevaba a familias enteras a campos de concentración, a la lógica inhumana de la horripilante Alemania nazi.
Y lo más inquietante no es que ocurra.
Es que empiece a parecernos normal.