Hace justo una semana perdí a mi abuela, la última de las cuatro fuentes de sabiduría que había en mi familia. Mi querida, generosa, simpática, sociable y sacrificada abuela Dominga, cualquier adjetivo se queda corto para definirla. Perder al último abuelo significa perder la columna vertebral que sostiene a la familia, aquella persona que dio hasta lo que no tenía para que el resto tuviéramos todo y más.
Estas letras no solo son un recuerdo que quiero dejar impregnado en el profundo mundo de internet, sino que también son un desahogo para expresar los bonitos recuerdos que deja mi abuela en mi familia y en mí. Crecí con mi abuela Dominga, sobre todo desde los diez años hacia adelante. Siempre la veía cocinar (que me guste la cocina quizá viene de ahí. Y el gusto por comer también), cada fin de semana observaba cómo hacía su mítico hígado encebollado que volvía loca a toda la familia, su rico puchero o su increíble sancocho que hacía con las espinas de corvina que compraba expresamente en Arrecife.
Y es que este sancocho también me lleva a la playa, cuando íbamos algún que otro domingo a la costa a cocinarlo y comerlo en la orilla del mar, como mejor sabía este manjar de la gastronomía canaria. Esos recuerdos en el mar, entre risas y baños de agua salada se clavaron en mi mente desde ese momento y me acompañarán el resto de mi vida. Probablemente eso sea lo más bonito de crecer y madurar, que los recuerdos se van acumulando y los piensas con una mezcla de nostalgia y tristeza por no volver a esos momentos.
Tu buena mano para la cocina, como casi cada abuela nacida el siglo pasado, era admirable. Nos alimentabas con generosidad, con amor y con platos cuyas recetas me arrepiento de no haber anotado. Supongo que uno piensa que el tiempo no pasa, que todo va a seguir igual. Pero no, los años caminan y luego corren hasta coger velocidades de vértigo. Y es que el Alzheimer, una de las peores enfermedades, llegó a tu vida, y a la nuestra. Te arrebató tu personalidad, tu simpatía y la capacidad para ser tú. Esto es lo único que le reprochamos a cómo te trató la vida en tus últimos años… pero la vida hay que aceptarla como viene, confrontarla tal y como es. Al final la resignación y caminar hacia adelante es la única arma posible.
Abuela, la cocina no es lo único que me contagiaste. También lo hizo el amor por las plantas. Quien me conoce sabe lo mucho que me gusta la naturaleza y la botánica. Las plantas y las flores son el mejor regalo que se me puede hacer. Mi abuela Dominga también las amaba. Aún recuerdo cuando tenía su terraza llena de ñameras, cuyas hojas enormes ocupaban gran parte de este rincón. Los rosales, las dalias y las santamarías terminaban por llenar la vida de mi abuela en el jardín que toda casa de campo tiene.
Fuiste una de las muchas mujeres pertenecientes a una generación que nació y creció en la necesidad y en el hambre. Una generación marcada por la sabiduría y la capacidad de valorar las cosas. Y solo puedo darte las gracias por haber sido nuestra abuela, madre, hermana y tía. Gracias por cuidarnos, por darnos todo lo que tenías y por educarnos. En parte, lo que somos hoy es gracias a ti. Siempre vivirás entre nosotros, pase lo que pase, abuela. Te quiero.