Con la celebración de los actos del Jueves Santo se inicia el solemne Triduo Pascual, corazón de la liturgia cristiana, en el que se conmemora los misterios de la Última Cena, el lavatorio de los pies y la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, jornada también conocida como el Día del Amor Fraterno.
A las 19.30 horas, y con el aforo del templo completamente cubierto, daba comienzo la celebración de la Eucaristía presidida por el párroco titular de San Ginés Obispo, don Juan Carlos Medina. La ceremonia marcada por un profundo recogimiento y participación, contó con el acompañamiento musical del Coro Parroquial, dirigido por el profesor Héctor Araya Alarcón, cuyas voces se vieron enriquecidas por la activa participación de los feligreses, que se unieron al unísono en cada uno de los cantos litúrgicos programados.
La liturgia de la Palabra se desarrolló con la proclamación de la primera lectura, tomada del libro del Éxodo; la segunda, de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios: y el Santo Evangelio según San Juan. en la homilía, el párroco centro su reflexión en el profundo significado de la Última Cena, momento en el que Jesús comparte el pan y el vino con sus apóstoles, instituyendo así la Eucaristía, al tiempo que realiza el gesto del lavatorio de los pies como símbolo de humildad, entrega y servicio al prójimo.
Tras la homilía, tuvo lugar uno de los momentos más significativos de la celebración; el lavatorio de los pies, que le párroco llevó a cabo con doce jóvenes, entre chicos y chicas de la comunidad parroquial. El gesto, cargado de simbolismo, culminó en un emotivo abrazo entre los participantes y el celebrante, reflejo del espíritu de fraternidad que caracteriza esta jornada.
La celebración continuó con la liturgia eucarística, en la que se consagraron el pan y el vino, posteriormente distribuido entre los fieles presentes. A continuación, se desarrollo la procesión del Santísimo Sacramento bajo palio en el interior de la iglesia encabezada por los acólitos, seguida por los portadores y, bajo el mismo, el sacerdote celebrante portando el copón con las formas consagradas. el recorrido culminó en el Monumento Eucarístico, un altar especialmente dispuesto y adornado para la reserva del Santísimo en el sagrario.
Concluida la procesión, feligreses fueron abandonando el templo de manera pausada y en silencio, manteniendo el clima de recogimiento propio de la jornada. no obstante, muchos de ellos regresaron posteriormente para participar en la Hora Santa, un espacio de oración y contemplación que invita a los creyentes a profundizar en la intimidad con Dios y a reflexionar sobre el inmenso amor de Jesucristo, manifestado en la institución de la Eucaristía y en el inicio de su Pasión.
De este modo, la comunidad parroquial vivió intensamente una de las celebraciones más significativas del calendario litúrgico, marcada por la fe, la participación y el espíritu de comunión fraterna.