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La familia lanzaroteña superviviente del Costa Concordia: "Todos hemos tenido un agravamiento en las secuelas"

Teresa Curbelo es una de las afectadas que reclaman nuevas indemnizaciones por las secuelas psicológicas crónicas tras el naufragio en enero de 2012, desarrollando trastornos como el TOC o diferentes miedos

Teresa Curbelo el pasado verano. Foto: Cedida

Teresa Curbelo y su familia, únicos lanzaroteños que viajaron en el Costa Concordia y que sobrevivieron a su naufragio en enero de 2012 en la isla del Giglio (Italia), se han sumado a otros afectados para reclamar mayores indemnizaciones por la persistencia de sus secuelas que se han agravado con el paso de los años y se han convertido en crónicas.

Así lo ha confirmado a La Voz la propia Teresa Curbelo, quien ha explicado que "ha habido un agravamiento de toda la familia". En este sentido, su familia fue la primera en interponer la demanda contra la compañía de cruceros de la mano de la abogada de la Asociación de Afectados Españoles por el Costa Concordia 2012, Antonia Barba. Tras ello, dice que "nunca se nos valoró psicológicamente ni nos llamó el perito, algo que sí hicieron después con otros grupos y a los que se les dio una indemnización mayor".

Para conocer si a una persona se le han agravado y cronificado las secuelas ocasionadas por un suceso traumático como el ocurrido, debe pasar al menos un año. "En el día a día vas viendo en lo que te ha cambiado y afectado", apunta. Según la afectada, "cada persona de mi familia ha acudido al psicólogo, hay gente que nunca ha dejado de ir".

En el caso de Curbelo, explica que le ha afectado en su rutina , lo que le ha llevado a hacer cosas que antes no hacía. "He desarrollado un TOC (Trastorno obsesivo-compulsivo) que yo antes no tenía, sobre todo referente a la seguridad", declara. "Por ejemplo, yo he cerrado con llave la puerta de mi casa y tengo que verificar de nuevo que está cerrada. Son cosas que al principio piensas que son una tontería y que iban a desaparecer, pero me he dado cuenta de que no", continúa.

La superviviente también ha desarrollado miedos que antes no tenía, como el simple hecho de estar trabajando y asustarse porque alguien la salude tocándole la espalda. 

 

Un crucero por Noruega como terapia de choque

Las secuelas originadas por la tragedia ha llevado a la afectada y a su familia a tener que volver a confiar en algo tan simple como un medio de transporte. Al vivir en Canarias, esto es algo inevitable porque para viajar tenemos que hacerlo en barco o avión. "Yo siempre he dicho que nunca he tenido miedo a nada, para mí viajar en avión era como estar en el salón de mi casa, pero después de lo que ocurrió, se me remueve todo cuando me subo a uno, sobre todo cuando hay turbulencias", cuenta.

En cuanto al barco, su psicóloga le recomendó que una terapia de choque sería volver a viajar en un crucero y enfrentarse de lleno a sus miedos, aunque desvela que "si lo hacía, tenía que ser espectacular y que se saliera de lo normal". "El año pasado, después de 13 años, fui a un crucero pequeño por Noruega desde el sur hasta el Polo Norte", relata.

Durante una de las noches de este viaje, hubo una tormenta en la que se esperaban olas de hasta seis metros, pero finalmente alcanzaron los trece. "El capitán nos mandó a los camarotes y a estar en posición horizontal, yo estaba en la quinta planta y comenzaron a caerse algunas cosas... esto me devolvió a aquella noche del Costa Concordia pero aún peor, ya que estábamos en el camarote y pensaba que si el barco se hundía no podría salir", recuerda.

Echando la vista atrás recuerda esa trágica noche del 2012, donde perdió a su marido y su hijo durante dos horas y vio morir a una persona. "No sabía si estaban vivos o muertos", dice. "No nos atendió nadie y los cargos más importantes del barco (17 personas) se fueron en el bote con el capitán y aquello fue un 'sálvese quien pueda'", prosigue. 

Asimismo, debido a que no les había realizado ningún simulacro de emergencia, no sabía a dónde ir. "Empecé a buscar a mi marido y mi hijo por las cubiertas en la parte que se estaba hundiendo y vi que los botes tenían un número, por lo que a toda la gente que conocí en el barco les dije que si los veían les dijeran que fueran al bote 17 y una pareja consiguió verlos", narra. Poco después, se reunieron en ese bote, que fue el último en salir.

 

Grave comparativo con otros supervivientes

Además, Curbelo critica el "grave comparativo" que ha habido respecto a otros supervivientes de la tragedia. "A unos se les ha valorado de una manera y a otros nunca se nos valoró", asegura. En este sentido, achaca que el motivo de esto puede ser porque "fuimos los únicos que acudimos a la Justicia porque los demás supervivientes siempre llegaron a acuerdos a través de los abogados".

Según relata, el psicólogo de la compañía nunca contactó con ellos para valorarlos. Sin embargo, "cuando se comenzó a llegar a acuerdos con otros afectados sin acudir a la Justicia, sí se les valoró a ellos y, pasado un año, el psicólogo los valoró como moderados, lo que supone una mayor indemnización para ellos".

Teresa Curbelo y su familia fueron indemnizados en su momento con un total 52.500 euros, 17.500 por persona. La afectada subraya que durante estos últimos 14 años no han dejado de luchar "a pesar de que los medios no se hayan hecho eco de ello".

Ahora, el objetivo es conseguir una indemnización mayor por los problemas de salud crónicos ocasionados por el naufragio aportando los informes médicos que demuestren este agravamiento. "No solo aportamos los informes que tenemos, sino que queremos que la propia compañía nos valore", defiende.

En el crucero viajaban 4.229 personas a bordo y naufragó tras colisionar con un escollo frente a las costas de la isla italiana del Giglio. Hubo 25 muertos y siete desaparecidos, y la tragedia se produjo después de que el capitán del barco, Francesco Schettino, se acercara a la costa de la isla variando la ruta establecida.